Magdalena está en el asunto de su bienestar, recostada en un sofá que parece cómodo,

con las piernas bonitas y bien puestas, peinada hacia atrás y a grandes rizos, con un vestido

completo de mangas y cerrado hasta el cuello y con unos zapatos de sangre y oro que son

como instrumentos de tortura, con unas púas apropiadas para desollar a la víctima.

¿Qué hace una persona cuando no hace concretamente nada más que estar?

¿Cómo le pasan las cosas que le pasan, si es que le pasan cosas?

Tal vez hay un placer numérico, cuantitativo, en estar estando, sabiendo que el cabello crece

y crece, o que se puede pedir un cordero lechal bien asado y comérselo despacio, dejando

sólo los huesos.

Desocupada, astrosa, espeluznante, a Magdalena puede brotarle en cualquier momento

la conciencia como una idea fija y cargada de melancolía. O desierta y áspera como una hectárea

yerma. O como un magazine de moda que se hojea sin mirarlo y se tira.

Nos queda, humanamente, el acto universal del sexo, que nos abastece de personas vivas:

¿qué podemos hacer ante él sino cambiar de llanto?

 

 

 


 

 

 

 

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