manuel vilas: calor: fraternidad

 

2008

 

 

 

fraternidad

 

 

 

 

      Me gustan las calles iluminadas de la ciudad el sábado por
la noche, cuando llega el invierno y la gente decide vivir.
      Me seduce el olor a mozzarella y a orégano de las pizzerías.
      Me enloquecen los billetes de 500 euros. Todas las formas
de la vida son buenas. Me encanta el traje de Capitán General
del Rey de España cuando va de maniobras.
      Me encantan los nadadores que nadan desnudos, en mitad
del Pacífico, bajo un sol compasivo, esperando la caída del
cielo sobre sus hombros ateridos.
      Me encantan las ganas de nadar.
      Amé a las nadadoras comunistas porque ganaban todas las
medallas de oro de los Juegos Olímpicos y no hablaban inglés
y vivían en pisos grises y tenían coches de madera. Adoraba
sus bañadores, sus gorros de agua, cómo saludaban desde el
podium a la patria comunista. Quise con locura a la
desaparecida Unión Soviética y a la República Democrática
de Alemania. Adoré al General Jaruzelsky, sus grandes gafas
antiguas.
      Adoraba a los comunistas, sus rojos atuendos, su estrella
roja en la frente de mármol, su espíritu fortificado. Soy un
buitre enamorado. Ningún problema conmigo, sólo soy
encantamiento, oyes, ningún problema con un tipo como yo.
      Soy el mejor de los hombres.
      Si te deja tu mujer, beberé contigo toda la noche y te
devolveré la serenidad, porque soy un buen tipo y te quiero.
Porque os quiero a todos y a todas. Me encanta estar aquí,
como un árbol duro. Con vosotros. Estar con vosotros es
suficiente, ha sido la felicidad. Me encantan los coches
oficiales que salen en la televisión. Me enloquecen los zapatos
siempre nuevos del Presidente. Amo los peinados y las
colonias y los collares y los bolsos babilónicos de las ministras.
Eh, adoro Babilonia.
      Beso este mundo bueno. Porque este mundo es bueno.
Porque este mundo está bien, de verdad. No hay ironía en
mí, tío, sólo amor, te lo juro, tío, sólo amor a todo. Soy sólo
adoración. De día y de noche, adoro la vida. Adoración
legendaria.
      Adoro la materia de que está hecha la vida santa.
      Adoro las ciudades, las casas, los muebles, los niños, las
avenidas.
       No quiero morir, no quiero irme, todo sucede en mi
honor.
      Me dejaría cortar el cuello por ti, porque estás vivo y
quiero que sigas vivo. Porque te adoro.
      Me enamoro de las ciudades. Hablo con vivos y muertos.
No quiero el conocimiento, no. No conozco la paz, no quiero
conocer nada. Qué bien decir no al conocimiento. Es el amor
lo que yo busco. Muy distinto, claro que sí. Suerte. Suerte.
Suerte. Qué bien.
      Me enamoro de los ascensores de los hoteles de lujo, de
una limpieza insuperable, oliendo a abundante y sereno
perfume industrial categoría A a las ocho y media de la
mañana y pienso en las manos torturadas de las chicas de la
limpieza, cobrando miseria, en sus alianzas, en sus pulseras.
      Me enamoro de las camareras, torturadas, ofendidas.
      Me encanta el sol, las calles con sol.
      Qué bien que exista el sol, yo te concibo.
      Qué bien que existan las estrellas, yo las concibo, yo perdono
su lejanía, yo las perdono, yo perdono su incomparecencia en
esta mano, en esta carne.
      Adoro a las camareras y su protagonismo en la historia
universal. Me encantan las escaleras mecánicas: estar en ellas,
subido allí, meditando, como un sultán tetrapléjico. Adoro a
los tetrapléjicos. Adoro a los paralíticos cerebrales. Adoro a
los ciegos. Amo a los inválidos, a los deficientes, a los que este
mundo o cualquier otro mundo destruyó. Me encantan las
nuevas terminales de los cajeros automáticos, esos números
verdes, grandiosos, emitiendo luz, sacando dinero, mucho
dinero, todo el dinero.
      No tengo paz, no la conozco.
      Adoro a Frankenstein —ese superdotado—, mi hermano,
mi semejante. Me encantan los ancianos. Me encantan las
Residencias de la Tercera Edad construidas en las
circunvalaciones que cercan Madrid, Sevilla, Barcelona, Bilbao,
Málaga, Valencia y Zaragoza.
      Amo las ciudades porque amo cualquier cosa que sea más
grande que mi cuerpo.
      No tengo paz, claro que no la tengo, qué bien. No
conozco la paz, no sé qué es la paz, no tuve el gusto de
conocerla. Suerte de no haberla conocido. Suerte de no
conocer nada: ceguera de los que están vivos, claro que si.
      Amé Estambul, allí también fui un neurótico como lo fui
en Nueva York, y comí mucha carne especiada y gasté toallas
en el hotel, frotándolas contra mi piel hasta desmembrarlas,
hasta mezclar piel y algodón.
      Me encantaba desayunar rigurosamente desnudo el luto
del aire— en una terraza frente al Bósforo y quise con locura
convertirme al Islam porque ya estaba aburrido de ser católico
y me dejé barba y me decoré con anillos y pulseras compradas
en el Gran Bazar.
      De haber nacido en Estambul, también hubiera sido
pobre, hubiera tenido que arrastrarme detrás de los turistas,
vendiendo cucharas de madera y colonias falsas, vendiendo
pulseras y relojes y camisetas y cinturones y ropa interior
falsificada. Adoro las falsificaciones. El mundo es una
falsificación permanente.
      Sólo la pobreza es grande como el sol, la nieve y la sangre.
      He adorado la comida de los pobres, adoré los peces
asados que vendían por un euro a la orilla del Cuerno de Oro
y me daba igual tragarme las espinas que arañaban mi lengua
siempre en sed con todo.
      Y me bañé, enamorado de nadie, en el Mar de Mármara
y otra vez pedí morir ahogado, pero Estambul no quiso mi
muerte: somos gloriosos y ubicuos, no tengas miedo de estar solo,
si sólo eres lujuria porque todo fue lujuria desde el primer átomo
de oxigeno antes de la vida. Y comí otro pez asado, por un
euro. Era tan barato, y eran aquellos peces robustos delicia
comida por el fuego, junto al agua.
      Desde hace cuarenta y cuatro años, veo a Dios en las
ciudades lleno de nubes, de barro caliente, de sol, de odio,
de amor, con el rostro de hierro. Hablo con las ciudades en
largas conversaciones. Hablé con Estambul, sentados los dos
en las escaleras de Santa Sofía, húmedos y humildes los dos,
contemplando los escudos sobre las columnas.
      No tengo paz, no conozco la paz.
      Y amé Sevilla, y me bañé en el Guadalquivir, nadando a
la vera del aceite industrial, de residuos hipertóxicos. Amo la
basura, porque !a poesía vive ya con la basura. Amé el aire de
Chernobyl como amaré las vísceras blancas de la última
ballena en Canadá.
      Adoro la carne que tiran a la basura en los restaurantes de
lujo: voluminosos cubos negros de basura con gigantescas
bolsas azules, donde se amontonan los solomillos y las
langostas, que la gente rica abandona en sus platos grandes y
brillantes. Me conmueve la comida que sobra en París todos
los días: diez mil kilos de inocente vacuno importado de
Argentina, muerto en vano.
      Todo cuanto viene de los hombres, la guerra, la
enfermedad, la ciencia, el amor, la historia, los cosméticos,
los bañadores, yo lo amo.
      Sólo sé amar. No sé juzgar. Sólo soy encantamiento. Un
amante, un amante que ha amado a hombres y mujeres que
no influyen en el río de la historia, que no tienen poder ni
riqueza ni prestigio ni astucia ni inteligencia.
      Deja que bese tu frente de acero.
      No tengo paz, no la conozco.
      Adoro a los que no merecieron ser adorados mientras
estuvieron vivos y tampoco lo merecieron ahora, que ya están
muertos, porque nadie merece nada.
      No tengo paz, no la conozco.
      Me encantan las palomas del Pilar, hediondas, subidas a
las torres más altas, sin ganas de bajar, presidiendo la estúpida
luz planetaria que arde para vivos y muertos. Sin ganas de
descender.
      Me encantan las Ray Ban doradas y verdes con que protejo
mis ojos de la radiación de la vida. Me encanta mirar el flujo
venenoso de las cosas y el beso raro de la luna.
      Me siento hermanado con todo. Hermano de los que
murieron odiando. Hermano de los que fueron asesinados.
Hermano de los que murieron sin haber vivido. Hermano de
África y de Asia.
      Hermano de los negros, los chinos y los indios.
      Tenéis suerte de tenerme como hermano porque soy el
mejor. Hermano de los pueblos oprimidos y con ganas de
oprimirlos aún mis, hasta convertir esos pueblos en
huracanes y tempestades y tifones y catástrofes.
      Mi corazón es un escaparate lleno de baratijas de Oriente
y de Occidente.
      Mi corazón es una estepa rusa con armas automáticas.
      Mi corazón es una revolución llena de ahorcamientos,
fusilamientos, millones de golpes contra los inocentes.
      Beso a los inocentes.
      Amo a los inocentes.
      Moriría por ellos sin pensarlo una milésima de segundo.
      No juzgaré la vida.
      Amaré y no seré responsable.
      Beso a quienes no tienen nada.
      Beso a quienes han perdido.
      Beso a quienes nadie besará.

 

      Beso la luz.

 

      Deja que bese tus labios de mármol.
      Beso a los inocentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

manuel vilas
poesía completa
1980-2018

volumen MLIX de la colección Visor de Poesía
2ª edición, enero 2019
3ª edición, noviembre 2019

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