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Al mediodía, las ásperas magnolias y las peras, los topacios con patas y con alas; azucenones, claros, rojos, semiabiertos; la casa de siempre, el patio familiar,
parecían el paraíso, por el brillo de las ramas, los racimos, las estrellas en las hojas, cuyas figuras de cinco picos se reflejaban por los suelos.
Y el bebé con sus plumas. No se sabía si era niño o era niña. 
El bebé entre las cremas. 
Blanco, celeste, color rosa. 
Si era mujer o era hombre. 
El bebé entre sus tules, sus claras y sus yemas, las «coronas de novia».
El deseo estuvo, allí, servido.
Era eso, exactamente.
Tocaron las campanas a rebato. 
Cuando el asesinato, la violación del bebé; la devoración, la consunción. 
Sonaron las campanas a rebato, cuando la visitación al bebé, y todo lo demás.
Las frutas desaparecieron. La casa quedó gris, chiquitita. Como antes, más que antes.
Pasó un minuto.
No sé si pasó un día, pasaron años.
Y Dios perdonó. 
Se sintió el rumor de sus alas bajando por las uvas.
Dios quemó el pecado.
Lo borró.
Lo quemó.
Lo dejó blanco, como nieve, como espuma.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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