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Así que ése era el jardín de mandrágoras. Estaba allí y no me había dado cuenta.

Ése es el jardín de los ahorcados. Tironeé una mata, y sí, vi la raíz en forma de hombre.

Corrí, loca de terror, al interior de las habitaciones, de donde por cierto, nunca me había movido.

Así que ése era el jardín de los ahorcados.

Por cada ahorcado, una mata. Pero, hurgué en mi memoria y no había señas.

Busqué papel y pluma, mas los parientes demoraban tres años en contestar.

Di un grito y fue inútil. Corrí hasta el fichero, el armario, y sólo había cajas de dulce y quesos de color rosa, o celestes,

cada uno con un ratón en el interior.

¿Los periódicos? Nunca trajeron nada verdadero.

Entonces, llamé a las empleadas: —Aline. Todas se llamaban Aline y tenían un par de alas minúsculas cerca del hombro.

Les dije: —Díganme, ¿es verdad que los ahorcaron?

Ellas se cubrieron el rostro, volaban, se deslizaban, sigilosamente, a ras del suelo.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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