marosa di giorgio

 

 

misales

 

 

relatos eróticos

1a ed. buenos aires –

el cuenco de plata,

2005

misa final arriba de un hongo

 

 

El Rubio era de cuerpo angosto y tenía en ese cuerpo dos hileras de dientes; éstos se reproducían en su alma o ánimo.

Parecían, los dientes, tramados con piolines. Eran forzudos y labrados. Su madre, también madre de los dientes, así los gestó.

Muchas veces fue llamado Dentudo. Los peces Dentudo vivían, abundaban, en la laguna de abajo de la casa, adonde se

bajaba por unas piedras, o de un salto, lo que producía terror. Esa laguna era el subconsciente de la casa. En ella había

objetos y deseos, muchos. Retorcidos, grandes.

La mujer era rubia también y él le decía Ester. Mujer Ester. La halló parada cerca. La enlazó con un lazo, envolviéndole la cintura.

Y de pie se realizó la nupcia. Como era a la caída de la tarde, los vecinos no se dieron cuenta. La rubia atravesó el jardín,

pálido, las herrerías; vio la laguna, y entró a la casa. Venían ella y el embarazo, que se ampolló como un pompón diminuto.

Y esa fue también la época de Laura la madona.

Laura la madona era grande, melena negra, inflada, piel oscura, color de rosa.

En su casa, los familiares parecían potes, seres chicos, terracotas, y andar por aparadores y por el piso. Había muchos frascos

con fetas de origen oscurísimo. El Rubio la vio un día y enfermó. Sintió un punzón en el páncreas y pulmones. Se corrió un telón

de niebla, grueso como raso. Y la madona se perfiló bien.

 

Ella ya iba de caza. Al inevitable Roberto de los Bosques. Después de algunas otras andanzas intensas breves iba hacia él

como una estrella con pecho, uñas, cola.

El Rubio espió bien el atavío del Roberto ese de los Bosques: sombrero alado, torera y cadenillas, flecos, botas. Cosas

que él jamás tendría, nunca.

El enamoramiento se realizó con mucha calma. Él espiaba, hirviendo, airado.

Volvió a su casa. Llamó a Ester.

 

-Mujer Ester.

 

Contó lo visto. Ella escuchaba, ansiosa.

Después, ambos robaron sin parar el rumor del mundo y otras novedades. Un lobo les avisó del cohecho. Había visto a la

madona y al hombre de los pinos, solos, regios; ni hacían caso del lobo ni nada; al contrario; el próximo peligro les hacía

perder el miedo, doblar el goce; se refocilaban al borde de la suerte.

El lobo alterado, pálido, empezó a ser reflejo, empezó a ser espejo. Devolvía los gritos de ambos, aumentados.

Se volvió un testigo minucioso y un megáfono.

El rubio y la rubia, alertas, lloraban por distinta causa similar. Se besaban con la punta negra de la lengua. Pero, estaban

separados, pendientes de los gritos y la guerra.

 

Pasaron otras cosas. Otros días. Una especie de sombra medio cubrió el jardín. No había forma de quitarla. El Rubio dejó

de golpear los hierros y tomó unas tijeras de podar; cortó las negras parras de los diablos, pero persistía abajo, tenaz,

aquella sombra. Tenían una molestia, fueron a las duchas. Éstas bajaban por las rocas sin parar. A ver si esto les curaba la

demencia. Salieron muy mojados, sin curar.

 

Ella carpió a ver si había algo abajo de esa tierra. Sacó papas que nadie había plantado, tocó varias, muchas, más.

Las papas, puestas en montículos empezaron a cambiarse. Se volvieron Popes, Papas, en sus oscuros trajes.

 

Algunos, pocos, fueron vendidos como pequeños religiosos. ‘Se daban cuenta· de que, sólo, eran tubérculos.

Venían parejas de las vecindades. Una pareció reírse, hizo un baile; hacía bailar la compra. Una rata intervino queriendo

comer todo. Apareció un zapallo. Mujer Ester lo partió. Adentro tenía las semillas, pobres, quietas y mal puestas.

Eso era su sexo! La mujer lo tapó.

 

El Rubio fue subiendo por el cono de la sombra larga, muda, mientras ocurrían otras cosas, felices, desgraciadas, tontas.

Se cruzó un caballo.

Apareció otra laguna, se formó en un rato.

El embarazo de Mujer Ester estaba casi quieto, esperaba muchos sucesos más, pero, ahí adentro. Hubo unos encuentros

rápidos del Rubio con la Rubia. El embarazo, durante ellos, daba pequeños «¡Y…! ¡Y…!».

Mujer Ester tenía celos, tenía ortigas, unas sabrosas y otras ríspidas. Hablaba como sordomuda para hacerlo ver.

En medio de estos aconteceres, vagos, casi nulos, ocurrió el redescubrimiento de Laura, la madona. Ella era el anuncio,

ella era aquella sombra. Estaba reclinada en la colina ¡Y no la había ahí visto antes! Y tomaba una ilusión por la verdad.

 

Vio su anchura. La sometió a examen; afligido y loco el Rubio, le miró la pierna. Otra, luego. Qué potentes. Los brazos.

Una y una. Uno y uno. Pero parecían ser distintos, no del todo iguales. Les pegó un poco. Aumentaba su desesperación

aquella diferencia. La cintura, el cordón umbilical y el de la castidad, rotos, por supuesto. El ombligo, como la mitad de

un coco ansioso, tenía incrustada una perlita.

Y la grosella trágica, más abajo, con todos sus íncubos y súcubos. Estos bajaban y salían como arañas. Los pechos del

tamaño de sandías. Al sacudirla un poco, como pudo, echaron unas semillas y gotitas de sangre oscura. Vio todo esto

antes de sacarle vestiduras, varias faldas, brillantes delantales, paños de lienzo, manchados de su sangre, entre las piernas.

La cara oscura y color de rosa era muy bella, e igualmente los ojos, la melena, y las formas que la rodeaban como si de

algún modo ella estuviese en un abierto frasco y en conserva.

Volvió a mirarla y a contarla, varias veces.

Le decía, le gritaba y susurraba:

 

-Soy su Robin Hood, madona, soy el que ya con usted bailó!

 

 

Y quería ser sí, el Robin Hood que ya con ella había bailado, y aún parecía entre las arboledas hacer tangos mágicos,

echar calientes rosas de seda por todos lados.

El Rubio se arrolló en una grieta, triste de ser feo. Pasaron más cosas en muchos o un mismo día.

Hubo nuevas visitas avanzantes. Todas parecían de primera mano. Se fijó dónde ella era acostada.

Madona Laura estaba sobre un hongo. Él vio y lo prosiguió. Sí, era hongo. Inmenso. Está muerto (se sabe, esa cáfila),

está vivo. Fofo, lúbrico, reproductivo.

 

Unas víboras de cabezas almendradas borbotean desde él. Está húmedo, liso, hueco, unido al jardín de papas por cuerdas

que partían de él mismo. Así, se podía tironear al hongo desde la propia casa?

Tiene rayas, años muchos. Estos, oscuros, negros, secos; se los sigue con un palo, los abre y prosigue con un palo, investiga eso.

¡Hasta que encuentra abajo una entraña gruesa, carne viva!

 

Así queda loco de ganas, pero calla, disimula y grita:

 

-¡Hongo! ¡Ajá! ¡Le voy a dar, Pícaro! ¡Ajá! ¡Le voy a dar, picarón! ¡Ajá!

 

Y a ella:

 

-¡Dónde se acostó! ¡Hozar sobre este hongo…!

 

Murmura sobre el hongo, lo encubre, lo descubre, lo calumnia. Hasta que se asusta y se arrodilla, corre arriba del hongo que

suena como un tambor.

Dice:

 

-Lo voy a matar. Hongo, lo voy a arar. Le voy a dar. (El otro contestó Te espero.) Lo voy a rajar. Va a ver. Lo voy a matar! Lo voy a…

 

Ve las herrerías, ve el lago abajo de la casa.

Entra. Mujer Ester escucha, medio dolorosa y medio grávida. Da su parecer. (Mientras él a oscuras apunta la dirección del hongo.)

Y está muy celosa.

 

Se reclina sobre una lana, en el jardín, lo nombra, lo llama, sobre los restos de la papa, esa papa fantasmática; la trenza rígida,

piernas secas, muy abiertas como una Popeye derruida, el calzón. delgado, un poco abierto hacia delante; se veía el mechón rojo.

 

Él se arrodilla al lado. Reza, hace un gesto. Silbaba de costado.Y torna a la colina.

Habla a Laura, le cuenta lo del lobo, como si ella no lo supiera bien. Conoce bien su coito, eh. Se oyó de lejos. Da vueltas.

Hasta que se decide y muestra el látigo, el suyo, íntimo, cargado, fino; parecía un piolín y quedó tenso, con lengüeta ofídica

y un diente como anzuelo. Hubo una vibración. Y fue derecho al paño, al foso.

 

Así, enganchó a un pequeño ser, lo que había. Era un lobato. Lo extrae, lo ve bien, es perfecto ya; castaño; orejas; dentadura

hermosa, nació con dientes. Sonrió. Y murió.

 

Se lo puso aliado. Sírvase, madona, Laura. Es de usted. Lo envolvió en un delantal brillante y se lo puso al lado. Bajó corriendo,

cayéndose, a través de las sombras granates y moradas, diciendo ambigüedades hacia el hongo.

 

Hacía como si lo de la madona fuese cierto. Dijo a Ester, que se arrodilló para escuchar y abrió la boca:

 

 

-Estaba todo arrepollada.

 

Del hongo no le habló.

 

-Estaba… con lobito y todo. La saqué del paso.

Venga Ester.

 

 

 

 

 

 

 

 

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