metrop

la pared amarilla

 

El poeta dijo que del rojo al verde todo el amarillo se muere. La mujer de la foto puede, parece haber caído en una mirada perpleja, en la perplejidad,

que es la pura pregunta, la pregunta sin respuesta, como quedarse pulsando el timbre con el dedo: qué hacemos aquí, quiénes somos, por qué.

Con estas preguntas se llega de inmediato al extrañamiento general, masivo, espeluznante: qué absurdo es todo, cuál es el sentido de la vida.

Entonces conviene relativizar las cosas y decirse aquello de que la vida es demasiado seria para tomársela en serio y a otra cosa, que son dos días.

Como hija del rigor, la mujer está absorta, como hipnotizada por el amarillo de las semiesferas, o por la forma semiesférica del amarillo, o por las

sombras que le dan la vuelta amarilla al color y a la forma, o por ese amarillo -que también se muere- del blanco al negro.

En esto de la vida, acabamos encontrando un esquema que nos funciona, con el que funcionamos, y hasta tenemos confianza en que el esquema

es justo –o, por lo menos, en que no es injusto, o que tiene algo de justicia-. Y un día cualquiera nos detenemos por pura casualidad –si es que la

casualidad existe y, encima, puede ser pura- ante una pared amarilla: en un instante que está fuera del tiempo, pasamos de estar en el centro del

centro a vagar sin referencias por lo más externo del espacio sideral.

Ella, la mujer del amarillo, necesita sentirse: necesita un anestésico, una desinformación urgente, un susto de amor, un desayuno con diamantes.

Ha entrado en sobreestimulación y va derechita a la catástrofe: Pero –debería saberlo- no se tira una vida entera por la borda sólo porque esté un

poco magullada: que nos muestre algo presuntamente perfecto y le enseñaremos todos los fallos que tiene.

Las cosas no son secuenciales: el bien no lleva al bien, ni el mal al mal, hay quien roba con total impunidad, otros mienten, engañan, otros se paran

para ayudar a alguien en la carretera y un camión los atropella en un descuido: no hay explicación para todo esto. Aunque no veamos amenazas,

hay amenazas por todas partes, especialmente en las fascinantes paredes amarillas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Narciso de Alfonso

© Fotografía de Servando Gotor Sangil

Merodeos urbanos y suburbanos


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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