diario de un intemperie

 

 

 

11 de junio de 2023

 

 

 

El problema del yo es como una anestesia o tal vez como ver unos ciervos a lo lejos,
sabiendo que cada uno de los ciervos y todos ellos —junto al paisaje donde están,
y el clima de la escena—, todo ese conjunto es el yo, soy yo, aunque de entrada pueda
parecer extraño o inexplicable.

 

Debe comprenderse con precisión: no se trata de que yo esté aquí, dentro de mí mismo,
y además vea a lo lejos a unos ciervos que también son yo, como si los ciervos fueran
una extensión mía o algo parecido. Yo soy solamente los ciervos a lo lejos –a lo lejos de mí–
de manera que no hay algo más próximo a mí que esté viendo a los ciervos y que sea el yo,
mi yo. Sólo hay ciervos a lo lejos, ya está, y esos ciervos, cada uno y todos, en un paisaje,
con un clima, son yo, soy yo.

 

No hay ningún yo que esté dentro de mí, no hay nadie detrás de los ojos o de la mirada
que vea a los ciervos a lo lejos. El asunto se comprende mejor si uno se expulsa o se echa
fuera de sí mismo, de manera completa, y dentro no queda nadie, sino que todo, incluyéndose
a uno mismo, es exterior, está fuera, es los ciervos en un paisaje con un clima.

 

Aunque en los primeros instantes pueda sentirse un extrañamiento o un titubeo, enseguida
se acepta que esta manera o modalidad del yo es, en algunos aspectos, en ciertos sentidos,
más adecuada que la habitual y tiene, tal vez, una mayor congruencia, es más real y más
verdadera que la modalidad cotidiana del yo, que siempre está, tristemente, incluida en
uno mismo, como si uno mismo fuese la localización preferida del yo.

 

Este asunto del yo tampoco se explica por una transmigración o por un teletransporte
o telepatía de uno mismo hasta los ciervos, allá a lo lejos. Hay que repetirlo: para entender
el yo sólo cuentan los ciervos a lo lejos, de manera que la pregunta: ¿cómo me he transportado
hasta estos ciervos? es, improcedente, sin más, porque no se tiene, no se dispone, no se cuenta
con una instancia previa que se desplace o se transporte, sino que todo –el yo– empieza allí,
a lo lejos, donde están los ciervos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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