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límites


Todo el día disparándoles a los gansos

desde un escondite en la cima

de la barranca. Reventando una bandada

tras otra, hasta que el cañón de las escopetas

nos quemaba al tocarlo. Los gansos

llenaban el frío plomizo del aire. Pero

no nos quedamos en nuestro límite.

El viento desviaba los disparos

a cualquier sitio. A media tarde,

teníamos cuatro. Dos nos sacaron

del límite. Sedientos, nos sacaron

del escondite y nos llevaron por una sucia carretera

junto al río.

Hasta una granja de mala pinta

rodeada de áridas extensiones de

cebada. Donde, casi al atardecer,

un hombre al que le faltaban trozos de piel

en las manos nos permitió refrescarnos

con un balde en el porche.

Luego nos preguntó si queríamos ver

una cosa – un ganso canadiense que tenía

vivo en un barril al lado

del granero. El barril tapado

con alambre, revestido por dentro

como una pequeña celda. Le había roto

el ala con un disparo desde lejos,

dijo, luego lo atrapó

y lo metió en el barril.

¡Había tenido una idea genial!

Utilizaría aquel ganso como reclamo.

Con el tiempo lograría

la cosa más endemoniada que él hubiera visto.

Atraería a otros gansos

que revolotearían a la altura de su cabeza.

Tan cerca que casi podría tocarlos

antes de dispararles.

A este hombre nunca le faltarían los gansos.

Y por eso le da al suyo

todo el maíz y la cebada

que pueda comer, y un barril

para vivir en él, y para cagar en él.

Me quedé mirándole largo rato y,

sin moverse, el ganso me devolvió la mirada.

Con su mirada me decía

que estaba a salvo. Luego nos fuimos

mi amigo y yo. Todavía

con ganas de matar cualquier cosa

que se moviera o que alzara

el vuelo. No

recuerdo si cazamos algo más

aquel día. Lo dudo.

Era casi de noche.

No importa, ahora. Pero durante años

y años grapados

por la amargura, no

me olvidé de aquel ganso.

Lo diferenciaba de todos los demás,

vivos o muertos. Llegué a comprender

cómo uno puede ser utilizado para algo

y llegar a convertirse en un extraño.

Entendí que la traición es otra forma de nombrar

la derrota, el hambre.

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limits


All that day we banged at geese

from a blind at the top

of the bluff. Busted one flock

after the other, until our gun barrels

grew hot to the touch. Geese

filled the cold, grey air. But we still

didn’t kill our limits.

The wind driving our shot

every which way. Late afternoon,

and we had four. Two shy

of our limits. Thirst drove us

off the bluff and down a dirt road

alongside the river.

To an evil-looking farm

surrounded by dead fields of

barley. Where, almost evening,

a man with patches of skin

gone from his hands let us dip water

from a bucket on his porch.

Then asked if we wanted to see

something – a Canada goose he kept

alive in a barrel beside

the barn. The barrel covered over

with screen wire, rigged inside

like a little cell. He’d broken

the bird’s wing with a long shot,

he said, then chased it down

and stuffed it in the barrel.

He’d had a brainstorm!

He’d use that goose as a live decoy.

In time it turned out to be

the damnedest thing he’d ever seen.

It would bring other geese

right down on your head.

So close you could almost touch them

before you killed them.

This man, he never wanted for geese.

And for this his goose was given

all the corn and barely

it could eat, and a barrel

to live in, and shit in.

I took a good long look and,

unmoving, the goose looked back.

Only it eyes telling me

it was alive. Then we left,

my friend and I. Still

willing to kill anything

that moved, anything that rose

over our sights. I don’t

recall if we got anything else

that day. I doubt it.

It was almost dark anyhow.

No matter, now. But for years

and years afterwards, living

on a staple of bitterness, I

didn’t forget that goose.

I set it apart from all the others,

living and dead. Came to understand

one can get used to anything,

and become a stranger to nothing.

Saw that betrayal is just another word

for loss, for

hunger.

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Raymond Carver

Límites

Todos nosotros

Poesía reunida

S. L. Bartleby Editores

2006, 3ª edición

Velilla de San Antonio

Selección, traducción y prólogo de Jaime Priede

Original: Collected poems

The Harvill Press

Londres 1996

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carver

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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