presentación del impresentable

 

 

 

Tal vez seas otro, más mortal que los demás mortales, con un aire fatigado o falso;

tal vez hayas perdido el átomo enorme de largas pestañas; o te preguntes para qué, para cómo,

para cuándo.

Sólo tu dolor sigue siendo joven y te gusta escuchar cómo chupa tu alma por los agujeros más sucios,

cómo la escupe en el barro desde tu pronombre universal.

Te descubres calculando en centímetros blandos el tamaño en huevos de la tortilla que no vas a compartir

con tu hijo, y ya no sabes cuál de tus tres manos es más impura.

Aunque te hayas comido el traje negro tienes un suelo que es tuyo todavía, de las estupendas medidas de

un calcetín: algo para ir tirando hasta el verano, hasta que vuelva la abundancia en siete bandejas.

¿Y ellos, los demás, los otros, con sus grandes racimos de uva azul y la forma cruel de sus bocas?

Es tanto el silencio aquí, es tanto el miedo. Y la belleza, es tanta la belleza. Y el dolor, y la soledad:

tal vez el amor no sea suficiente aunque tenga el cutis inmediato y sean veintidós sus presencias y golpee

con un látigo vertebral, prodigioso.

Analfabeto de ti, tan descalzo con tu cordero, tan cordero con tus últimas lanas.

Estábamos con el amor, que viene a ser lo que queda cuando se vacía el mar, con sus cohetes y sus

niños eternos y las madres infinitas. El amor, que tiene las manos enormes, como un ferroviario resucitado.

El amor, que lucha con todas sus fuerzas, con todos sus pedazos, siempre cerca ya de todo.

El amor y sus palabrotas, su peligro especial de alto voltaje, su tiempo audaz, y sus dolores a granel,

con la colonia incluida. Tal vez flaco y laborioso, entre los vientos.

Estábamos con el amor, el de la pata enorme y el pelo lleno de explosivos, pero no sabemos si será suficiente

aunque tenga unos huevos poderosos y la energía del reino animal con toda su fauna loca.

Es tanta la soledad aquí, es tánto el dolor. Y la belleza, es tanta la belleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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