samuel beckett

 

primeras páginas de mercier et camier

 

 

 

 

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Le voyage de Mercier et Camier, je peux le raconter si je veux, car j’étais avec eux tout le temps.

Ce fut un voyage matériellement assez facile, sans mers ni frontiéres á franchir, a travers des régions peu accidentées, quoique désertiques par endroits. Jis restérent chez eux, Mercier et Camier, ils eurent cette chance inestimable. Jis n’eurent pas a affronter, avec plus ou moms de bonheur, des moeurs étrangères, une langue, un code, un climat et une cuisine bizarres, dans un décor n’ayant que peu de rapport, au point de vue de la ressemblance, avec celui auquel tendre d’abord, ensuite múr, les avaient endurcis. Le temps, quoique souvent inclément (mais jis en avaient l’habitude), ne sortit jamais des limites du tempéré, c’est-á-dire de ce que peut supporter, sans dan­ger sinon sans désagrément, un homme de chez eux convenablement vétu et chaussé. Quant á Pargent, s’ils n’en avaient pas assez pour voyager en premiere classe et pour des-cendre dans les palaces, us en avaient assez pour aller et venir, sans tendre la main. On peut donc affirmer qu’á ce point de vue les conditions leur étaient favorables, modéré-ment. Jis eurent á lutter, mais moms que beaucoup de gens, moms peutétre que la plupart des gens qui s’en vont, poussés par un besoin tantót chair, tantót obscur.

Ils s’étaient longuement consultés avant d’entreprendre ce voyage, pesant avec tout le calme dont jis étaient capables les avantages et désavantages qui pouvaient en résulter, pour eux. Le noir, le rose, ils les soutenaient á tour de role. La seule certitude gulls tiraient de ces débats était celle de ne pas se lancer á la légére dans l’aventure. 

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Camier arriva le premier au rendez-vous. C’est-á-dire qu’á son arrivée Mercier n’y était pas. En réalité, Mercier l’avait devancé de dix bonnes minutes. Ce fut donc Mercier, et non Camier, qui arriva le premier au rendez-vous. Ayant patienté pendant cinq minutes, en scrutant les &verses voies d’accés que pouvait emprunter son ami, Mercier partit faire un tour qui devait durer un quart d’heure. Gamier á son tour, ne voyant pas Mercier venir, partit au bout de cinq minu­tes faire un petit tour. Revenu au rendez­vous un quart d’heure plus tard, ce fut en vain gull chercha Mercier des yeux. Et cela se comprend. Car Mercier, ayant patienté encore cinq minutes á l’endroit convenu, était reparti se dérouiller les jambes, pour employer une expression qui lui était chére. Camier donc, aprés cinq minutes d’une attente hébétée, s’en alla de nouveau, en se disant,

Peutétre tomberai-je sur lui dans les rues avoisinantes. C’est á cet instant que Mercier, de retour de sa petite promenade, qui cette fois-ci ne s’était pas prolongée audelá de dix minutes, vit s’éloigner une sil­houette qui dans les brumes du matin ressemblait vaguement á celle de Gamier, et qui l’était en effet. Malheureusement elle disparut, corame engloutie par le payé, et Mercier reprit sa station. Mais aprés les cinq minutes en voie apparemment de devenir réglementaires ii l’abandonna, ayant besoin de mouvernent. Leur joie fut donc pendant un instant extreme, celle de Mercier et celle de Camier, lorsque aprés cinq et dix minutes respectivement d’inquiéte musardise, débouchant simultanément sur la place, ils se trouvérent face á face, pour la premiere fois depuis la veille au soir. Ii était neuf heures cinquante.

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Soit :

Arr. Dép. Arr. Dép. Arr. Dép. Arr.

Mercier .. 9.05 9.10 9.25 9.30 9.40 9.45 9.50 Camier . . 9.15 9.20 9.35 9.40 9.50

Que cela pue l’artifice.

Pendant qu’ils s’embrassaient la pluie se mit á tomber, avec une soudaineté toute orientale. Ils se précipiterent donc dans l’abri en forme de pagode que l’on avait construit á cet endroit, pour servir d’abri contre la pluie et autres intempéries, contre le temps quoi. Sombre et abondant en coins et alcoves, il convenait également aux amoureux et aux personnes ágées, hommes et fern-mes. En méme temps que nos deux pigeons un chien s’y engouffra, suivi peu aprés d’un autre. Mercier et Camier se regardérent, irrésolus. Ils ne s’étaient pas embrassés jusqu’au bout et pourtant cela les génait de recommencer. Quant aux chiens, ils faisaient déjà l’amour, avec un naturel parfait.

 

 

 

 

 

 

I

 

[ezcol_1half] EL VIAJE DE Mercier y Camier es algo de lo que si quiero puedo hablar, porque estuve con ellos todo el tiempo. Fue bastante llevadero en cuanto a esfuerzo físico se refiere, sin mares ni fronteras que cruzar, a través de regiones accesibles en conjunto aunque inhóspitas en al­gunos tramos. Mercier y Camier no salieron del país, en eso tuvieron mucha suerte. No tuvieron que enfrentarse con mayor o menor fortuna a caminos, idiomas, leyes, cielos o alimentos que les fueran extraños, en entornos que se parecieran poco a los que primero de niños, des­pués de jóvenes y finalmente de adultos ya estuvieran acostumbrados. El tiempo, aunque a menudo desapa­cible (pero no conocían otra cosa), nunca excedía unos límites moderados; esto es, lo que un lugareño debida­mente abrigado y calzado podría soportar sin peligro aunque no sin fastidio. En cuanto al dinero, si bien no les llegaba para viajar en primera clase o para quedarse en los mejores hoteles, aun así era suficiente para ir tirando de aquí para allá, sin tener que pedir limosna. En este sentido, por tanto, se puede decir que hasta cierto punto también tuvieron suerte. Pasaron penalidades, sin duda, pero menos de las que muchos tienen que pasar, menos quizá que la mayoría de los que se arriesgan a partir, empujados por una necesidad a veces imperiosa y a veces menos evidente.

Lo habían hablado largo y tendido antes de embarcar­se en este viaje, sopesando con toda la calma de la que eran capaces los beneficios que podrían esperar, así como los perjuicios que les podría ocasionar, alternando las consideraciones más sombrías con las más halagüeñas. Lo único que sacaron en claro de estos debates fue la certeza de no lanzarse a la ligera hacia lo desconocido. 

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Camier fue el primero en llegar al sitio acordado. Eso quiere decir que cuando llegó, Mercier no estaba allí. En realidad Mercier se le había anticipado sus buenos diez minutos. No fue Camier, por tanto, sino Mercier, el primero en llegar. Este se dispuso a esperarle pacien­temente durante cinco minutos, atento a las diferentes vías de acercamiento disponibles para su amigo, hasta que se fue a dar un paseo que duraría quince minutos largos. Mientras tanto Camier, pasados cinco minutos sin noticias ni señales de Mercier, decidió él también darse una vuelta. Cuando volvió al lugar quince minutos más tarde, en vano miró a su alrededor buscándolo, y con razón: Mercier, después de enfriar las suelas otros cinco minutos, había vuelto a irse para, según él, estirar las piernas un poco. Camier remoloneó cinco minutos más y volvió a ponerse en marcha pensando para sí:

«Quizá me tropiece con él por la calle». Justo en este momento Mercier, de vuelta de su caminata, que por lo que fuera esta vez no había durado más de diez mi­nutos, atisbó, casi difuminada entre la niebla matutina, una forma que podía ser la de Camier y que, en efecto, correspondía a aquel. Desgraciadamente, desapareció como si se la hubieran tragado los adoquines y no le quedó otra opción que continuar con la vigilia. Pero al acabar lo que está empezando a parecer los cinco minutos de rigor, abandonó de nuevo la espera, pues sentía la necesidad de moverse un poco. Su alegría, la de Mercier y la de Camier, fue inconmensurable en el instante en que, después de merodear sin rumbo durante cinco y diez minutos respectivamente, al desembocar ambos a la vez en la plaza, se encontraron frente a frente por primera vez desde la noche anterior. Eran las nueve cincuenta de la mañana.

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Resumiendo:

Lleg. Sal. Lleg. Sal. Lleg. Sal. Lleg.

Mercier 9.05 9.10 9.25 9.30 9.40 9.45 9.50 Camier 9.15 9.20 9.35 9.40 9.50

¡Qué embrollo más apestoso!

 

Estaban todavía en los abrazos cuando empezó a llo­ver con una brusquedad harto oriental. Se dirigieron por tanto a toda prisa al refugio que en forma de pagoda se levantaba allí mismo con la función de proteger de la lluvia y de otras inclemencias; en resumidas cuentas, del mal tiempo. Plagado de sombras y recovecos, era un sitio frecuentado por amantes y también por viejos sin distinción de sexo. Allí, en el mismo instante en el que lo hacían nuestros héroes, se metió un perro, seguido a corta distancia de otro. Mercier y Camier, indecisos, intercambiaron miradas. No habían acabado de darse sus abrazos, pero les resultaba extraño continuar. Los perros por su parte ya estaban copulando con la más absoluta naturalidad.

 

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