Viendo, mirando a Sara, que parece haber encontrado en la bañera su posición preferida,

su descanso promiscuo, el lugar donde encontrarse o escapar de sí misma, uno se plantea

si Sara tiene el efecto mujer, que es por completo independiente de la belleza.

Ella es de hueso y carne, frente al tipo, al modelo contrario, que es de carne y hueso.

Tiene una actualidad seca y un esqueleto triste, quizá esté cansada o le duelan los cuchillos,

con el dolor de una cocina a oscuras o de la miseria del amor.

A veces el tedio enfrascado zumba como un moscardón dentro de una botella, o la difícil línea

quebrada de la felicidad se rompe o se tuerce.

El baño viene a ser la trastienda de uno mismo, la zona de limpieza y relajación, ajena al precio

del dinero y a la cosecha de zanahorias, donde lo deseable es permanecer hasta que el cuerpo

se canse de tanto descansar y de tanta agua tonta.

Sus piernas hacen un ruido rojo, tal vez no pueda salir todavía de la sombra de su sangre.

No sabemos si está próxima al remojo y al chapoteo o más bien ‘espera a que se le pase la verdad

para restablecerse nula y ficticia, inteligente y natural’.

Tiene una extraña mirada fija, más bien vacía, como de un insomnio prolongado, cuando más

que mirada se tienen los ojos abiertos pero ya muy cansados por dentro.

En suma: está con la conciencia a tropezones, arrumbada, casi dislocada en la bañera, lo que

viene a ser como ir a la deriva en una nave espacial, sin cereales, por la pureza del espacio,

como una iguana transparente.

Qué escasa es la vida: unas pocas puertas, unas pocas piedras, el agua que pasa y las aves

que vuelan, ya está.

 

 

 


 

 

 

 

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