Jean-Paul Sartre

Baudelaire

«No tuvo la vida que merecía.» De esta máxima consoladora, la vida de Baudelaire parece una magnífica ilustración. No merecía, por cierto, aquella madre,

aquella perpetua estrechez, aquel consejo de familia, aquella querida avara, ni aquella sífilis; ¿y hay algo más injusto que su fin prematuro? Sin embargo,

con la reflexión surge una duda: si se considera al hombre mismo, no carece de fallas y, en apariencia, de contradicciones: aquel perverso adoptó de

una vez por todas la moral más vulgar y rigurosa, aquel refinado frecuenta las prostitutas más miserables, el gusto por la miseria es lo que lo retiene junto

al flaco cuerpo de Louchette, y su amor a «la horrorosa judía» es como una prefiguración del que más tarde le inspirará Jeanne Duval; aquel solitario tiene

un miedo horrible a la soledad, nunca sale sin compañía, aspira a un hogar, a una vida familiar; aquel apologista del esfuerzo es un «abúlico» incapaz de

someterse a un trabajo regular; lanzó invitaciones al viaje, reclamó destierros, soñó con países desconocidos, pero vacilaba seis meses antes de marcharse a

Honfleur y el único viaje que hizo le pareció un largo suplicio; ostentaba desprecio y aun odio por los graves personajes encargados de su tutela; sin embargo,

jamás trató de librarse de ellos ni perdió ocasión de soportar sus paternales amonestaciones.

¿Es, pues, tan diferente de la existencia que llevó? ¿Y si hubiera merecido su vida? ¿Si, al contrario de las ideas recibidas, los hombres nunca tuvieran sino

la vida que merecen? Es preciso mirar esto de más cerca.

Cuando murió su padre, Baudelaire tenía seis años, vivía adorando a su madre; fascinado, envuelto en consideraciones y cuidados, aún ignoraba que existía

como persona, se sentía unido al cuerpo y al corazón de su madre por una especie de participación primitiva y mística; se perdía en la dulce tibieza del amor

recíproco; aquello era un hogar, una familia, una pareja incestuosa. «Yo estaba siempre vivo en ti, le escribirá más tarde, tú eras únicamente mía. Eras un ídolo

y un camarada a la vez.»

No podría expresarse mejor el carácter sagrado de esta unión: la madre es un ídolo, el hijo está consagrado por el afecto que ella le profesa; lejos de sentirse

una existencia errante, vaga y superflua, se piensa como hijo de derecho divino. Está siempre vivo en ella: esto significa que se ha puesto al abrigo en un santuario;

no es, no quiere ser sino una emanación de la divinidad, un pequeño pensamiento constante de su alma. Y precisamente porque se absorbe entero en un ser que

le parece existir por necesidad y por derecho, está protegido contra toda inquietud, se funde con lo absoluto, está justificado.

En noviembre de 1828 aquella mujer tan querida vuelve a casarse con un soldado; a Baudelaire lo interna en un colegio. De esta época data su famosa «grieta».

Crépet cita a este respecto una nota significativa de Buisson: «Baudelaire era un alma muy delicada, muy fina, original y tierna, que se agrietó al primer choque

de la vida». Hubo en su existencia un acontecimiento que no pudo soportar: el segundo casamiento de su madre. Sobre este tema era inagotable y su terrible

lógica siempre se resumía así: «Cuando se tiene un hijo como yo —el como yo quedaba sobreentendido— uno no vuelve a casarse».

Esta brusca ruptura y la pena consiguiente lo lanzaron sin transición a la existencia personal. Poco antes estaba penetrado por la vida unánime y religiosa de la

pareja que formaba con su madre. Esa vida se retira como la marea, dejándolo solo y seco; ha perdido sus justificaciones, descubre con vergüenza que es uno,

que ha recibido la existencia para nada. Al furor de verse echado se mezcla un sentimiento de profunda decadencia. Escribirá en Mon coeur mis á nu pensando

en esta época: «Sentimiento de soledad desde la infancia. A pesar de la familia —y en medio de mis camaradas, sobre todo—, sentimiento de destino enteramente

solitario». Ya piensa este aislamiento como un destino. Esto significa que no se limita a soportarlo pasivamente concibiendo el deseo de que sea temporario: por el

contrario, se precipita en él con rabia, en él se encierra y, ya que lo han condenado, por lo menos quiere que la condena sea definitiva.

Llegamos aquí a la elección original que Baudelaire hizo de sí mismo, a ese compromiso absoluto por el cual cada uno de nosotros decide en una situación particular

lo que será y lo que es. Abandonado, rechazado, Baudelaire quiso tomar a su cargo este aislamiento. Reivindicó su soledad para que por lo menos le viniera de sí

mismo, para no tener que soportarla. Experimentó que era otro por el brusco descubrimiento de su existencia individual, pero al mismo tiempo afirmó y tomó a su cargo

esta alteridad, con humillación, rencor y orgullo.

Desde entonces, con violencia terca y desolada, se hizo otro: otro distinto de su madre, con quien sólo era uno y que lo había rechazado, otro distinto de sus camaradas

despreocupados y groseros; se siente y quiere sentirse único hasta el extremo goce solitario, único hasta el terror.

Pero esta experiencia del abandono y la separación no tiene como contrapartida positiva el descubrimiento de alguna virtud particularísima que lo ponga enseguida

en una situación sin par. Por lo menos el mirlo blanco, vilipendiado por todos los mirlos negros, puede consolarse contemplando con el rabillo del ojo la blancura de

sus alas. Los hombres nunca son mirlos blancos. Lo que habita en ese niño abandonado es el sentimiento de una alteridad totalmente formal: esta experiencia ni

siquiera podría distinguirlo de los demás. Cada uno ha podido observar en su infancia la aparición fortuita y desconcertante de la conciencia de sí.

Gide la notó en Si le grain ne meurt; después de él, la señora Marie Le Hardouin en La voile noire. Pero nadie lo ha dicho mejor que Hughes en Un cyclone á la

Jamaïque: [Emily] había jugado a hacerse una casa en un rincón, en la delantera del navío . . . fatigada de este juego, caminaba sin rumbo hacia la parte posterior,

cuando se le ocurrió de pronto el pensamiento fulgurante de que ella era ella… Una vez plenamente convencida del hecho asombroso de que ella era ahora Emily

Bas-Thornton . . . se puso a examinar seriamente lo que tal hecho implicaba. ¿Qué voluntad había decidido que entre todos los seres del mundo ella sería ese ser

particular, Emily, nacida en tal año entre todos los que compone el tiempo. . . ? ¿Había elegido ella? ¿Había elegido Dios . . .?

Pero quizá ella era Dios . . . Estaba su familia, cierto número de hermanos y hermanas de los cuales hasta entonces nunca se había disociado por completo; pero

ahora que de manera tan repentina había adquirido el sentimiento de ser una persona distinta, le parecían tan extraños como el mismo barco . . . La invadió un súbito

terror: ¿qué sabían ellos? ¿Sabían —esto es lo que quería decir— que era un ser particular, Emily —quizá Dios mismo — ( no cualquier niñita)? Sin que supiera decir

por qué, esta idea la aterrorizaba. . . A toda costa aquello debía permanecer en secreto.

 

Jean-Paul Sartre

Baudelaire

Editorial Losada S. A. Buenos Aires

3ª edición

Traducción de Aurora Bernárdez

1968

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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