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Hay días en que se me aparece Baudelaire
Hay una elección que todos tenemos pendiente: la elección de la paz o de la guerra, la elección de la luz o de la sombra, la elección del ángel o el demonio, que son la misma cosa: sólo se trata de elegirnos ángeles o demonios. Uno tarda en hacer la elección, pero se hace sola
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Mayo. Domingo, 27
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Hay días en que se me aparece Baudelaire. Trae el aire cumplido y algo menesteroso. O está sobre un armario, como un busto doliente que siempre estuvo allí y es doblemente familiar porque es de la familia. O le veo en un espejo. Es como si el espejo fuera su despacho, el sitio donde escribe sus versos musicales. Baudelaire, aparecido, sólo puede habitar en un espejo. Se mueve, se levanta, se sienta, sonríe solo, escribe. Pero basta un ladrido, basta un grito en la calle para que el espejo sea otra vez espejo. Todo desaparece, Baudelaire y el despacho. Tarda mucho en volver, muy largos meses, pero no meses del calendario sino meses del cielo o el infierno, meses de muerto, no meses de vivo.
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Paseaba por la casa silencioso y la gata le seguía, porque los gatos reconocen a sus dueños. Y no era una gata de espejo sino que era ella, Loewe. Días de Baudelaire, felices días, tristes jornadas de fantasma gris, el fantasma ha venido a hacerme compañía. Hace tiempo que no veo a Baudelaire, no le frecuento demasiado ahora, pero no es necesaria ni una cita en un libro (seguro que él ya no lee libros), para que el poeta venga, esté conmigo y me envuelva en su música y me haga compañía. Qué inmensa soledad la triste compañía de Baudelaire.
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Junio, lunes, 11
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El vaso de agua. Es la huella de un ángel o una moneda con revés de nube. Sólo es el vaso de agua, transparente, donde se ve más agua de la que hay, donde se ve más vaso del que hay. Puro vaso de agua, su limpísimo beso con la sed.Alguien inventó el ángel y luego el vaso de agua. O al revés. “La transparencia, dios, la transparencia” del místico Juan Ramón, no era más que un vaso de agua. El poeta tenía sed.
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En el imaginario de lo blanco no hay ángeles ni dioses ni demonios: es un imaginario transparente donde viven monóculos de agua. Es el zoo de cristal. “Sencillez última del universo”, como dijo Guillén, mi buen maestro. Ajenjo de Azorín, el vaso de agua, yo también soy agüista, amo lo real, y veo lo que se ve y lo digo tal cual.
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Embriagueces tardías del vaso de agua. “Prefiero embriagarme de mi propia lucidez” (Gide)”. Seamos gideanos, seamos juanramonianos, seamos guillenianos, seamos azorinianos, seamos de la legión de los malditos blancos, de los embriagados en limpio, de los voladores de eucaristías. Hay una elección que todos tenemos pendiente: la elección de la paz o de la guerra, la elección de la luz o de la sombra, la elección del ángel o el demonio, que son la misma cosa: sólo se trata de elegirnos ángeles o demonios. Uno tarda en hacer la elección, pero se hace sola. Pasaron las juveniles embriagueces de pecado. Aquello era la trampa de la religión. Ahora empiezan las límpidas embriagueces de lucidez. “Lo tan real, hoy lunes”.
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Martes, 12
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Una niña y un perro. La niña tiene orejas de gato y ojos de mentira, ojos persas en las sienes, una adolescencia efébica y una cosa dramática y tediosa. El Mal vive en ella, si creemos a los profetas del Mal, tan denunciados por Sartre. El perro es grande, largo, alto, mortuorio y curioso. El perro, como un abuelo de toda la familia, quiere verlo todo, asistir a todo, y su repertorio de olores le va dando la flor abierta de la tarde, como a un ciego, aunque el perro no es ciego, ni mucho menos, sino que los ojos le llegan hasta el límite turbio de su edad (me resisto a escribir “de su vida”, que ya va corta).
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La niña es el Mal con coletas pueriles y el perro es el Bien con canas en el bigote que no tiene. No creemos en el Mal ni en el Bien, como categorías, pero sí con minúscula, como acontecimientos, o más bien como cosas. Alguien escribió que la vida está tejida de hechos y la Historia de acontecimientos. En la tarde alta y gloriosa de julio, por sobre los tejados de Madrid, el perro reúne toda la intensidad del día, del instante, toda la belleza del ser y del no ser.
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La niña se va a ir al cine.
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Por las noches, cuando la niña no vuelve, el perro, que la espera, despierta cada dos horas al padre. Que la cama está vacía. El perro es la conciencia perruna de toda la familia, puntual y doméstico, y los quiere a todos en torno de sí. La niña vendrá por la mañana, con sus orejas de gato mordidas. Y entonces el perro dormirá en su trapo, viejo patriarca de una paz antigua y perdida.
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Francisco Umbral
Publicado en El Cultural de El Mundo

20 de junio de 2001

 


 

 

 

 

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