francisco umbral

 

diccionario cheli

 

1983

 

A las púberes canéforas de la acracia,
que me han ofrendado cada noche el acanto
de una palabra nueva, espuria y perfumada.

 

 

 

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Cuando el propio nombre se pone a brillar como un pseudónimo, puede considerarse que uno ha llegado. Y es el momento de escribir un diccionario, mayormente por aparentar que uno no tiene los conocimientos dispersos, perdidos, desabrochados, que es como los tenemos todos. Por darles, ya que no otra, la sencilla coherencia del orden alfabético.
Diccionarios no he consultado nunca ninguno. El de la Academia no lo he visto jamás. En una papeleta de este libro pongo un ejemplo de lo que es el Espasa: pendón: insignia cargada de historia, batallas y nobleza (dos apretadas columnas). Pendonear: putear. Así, más o menos, sin transición. No han pagado a nadie para que explique la intangibilidad de la cosa y la degradación de la palabra. Visto que se hacen así los diccionarios, empiezo y termino los míos por uno muy modesto, este diccionario cheli, ya que se puede empezar a escribir por cualquier parte y de cualquier cosa, como han observado Sartre/Hemingway y otros. La escritura tiene leyes propias y tan poderosas que ya nos llevará adonde ella quiera y deba.

Uno, por otra parte, siempre ha preferido entrarle a los grandes temas por un costado, a traición. El Sistema obliga a un sistema. El ensayo no compromete a nada. Lo que aquí salga sobre el castellano todo, será casual/causal, ya que ese regato suburbano del cheli se mueve dentro de sus leyes y de las leyes poéticas generales. Sólo hablamos poéticamente.

 

Dedico el libro a las «púberes canéforas de la acracia» porque el cheli es un lenguaje verbal, no escrito, o apenas, como los mensajes de Sócrates y Cristo. Y porque uno siempre habla más con las mujeres, o las escucha más, aunque, como también digo en este libro, el cheli es un argot casto. El cheli es un argot casto porque es una empalizada de palabras, un sistema de señales (el verdadero dialecto de la juventud es la música), una jerga guerrera, ofensiva/defensiva, creada y utilizada por la generación marginal que se enfrenta a la ciudad adulta y metropolitana desde fuera o desde dentro: rebeldía de clase o rebeldía familiar.

El cheli, en este sentido, es una camaradería, una clave de hombres, y por eso apenas encuentro en él palabras sexuales (las pocas que encuentro las enumero, naturalmente), aunque sí un trato deferente hacia la mujer/jai (jai: mujer joven y atractiva, no cualquier mujer), propio de los provenzales, y un culto de la hembra única propio de los surrealistas: Bretón/Nadja, Dalí/Gala, Aragon/Elsa Triolet. Mucho hay del surrealismo en las creaciones verbales del cheli (audaz distanciamiento entre palabra y cosa: zapatos/calcos), que reformula una ley surrealista: a mayor distanciamiento, más intensidad poética cuando la palabra y la cosa se reúnen en el poema. O en el cheli. Por todo esto abro el diccionario con una vieja cita de Gómez de la Serna, que no cree en la palabra como etimología, sino como milagro. La etimología es el expediente que a posteriori le abrimos al milagro.

Ningún estructuralista (en este libro salen muchos) pudo probar otra cosa. Dice Nicolás Ruwet que la lingüística americana (en cabeza de la mundial), después de un largo desprecio respecto del lenguaje poético, volvió a él. Ahora, con Skinner, ese fascista blanco (respaldado, como toda USA, por algún fascismo negro del Cono Sur o de donde sea), lo poético vuelve a ser una conducta «racionalizable». Esto tiene algo que ver con el lenguaje como conducta, que también ha sido estudiado en los últimos años, y de cuyos estudios saca uno la conclusión de que sólo son lenguajes calientes los que antes o después que lenguajes son conductas: el slang, el spanglish, el cheli, el castellano de Sudamérica (que yo he llamado, en cheli, latinoché), las lenguas periféricas españolas, ahora renacientes con las autonomías.
En cambio, el gran inglés, el gran castellano, el gran francés, van siendo lenguas muertas, porque ya no tienen nada urgente que comunicar, porque no podemos somatizarlos como conducta los hablantes respectivos.
El inglés muere con el Imperio. El alemán, con la filosofía. El francés, con la diplomacia. El castellano, con cuarenta años de censura. Mientras las grandes lenguas se enfrían, los dialectos, los argots, las jergas calientes de la revolución, la marginalidad, la juventud, la droga, el sexo, las neonacionalidades y la delincuencia afloran por todas partes o influyen y revitalizan el habla oficial y cotidiana, y crean nuevas literaturas.
No otro me parece el boom de la novela sudamericana, en los 60/70, en Europa: se trata de un discurso caliente, de un idioma como conducta, erigido en unas áreas del planeta donde todavía «pasan cosas». Poco después, los grandes europeos comienzan a mimetizar el discurso irracional y caliente de ese castellano traducido y trasatlántico: Günter Grass hace El rodaballo. Lindsay Kemp monta a Genet y García-Lorca: busca discursos calientes y mediterráneos para escenificarlos mediante el barroquismo, el expresionismo alemán de su origen y su arte personal. Su texto teatral es mudo porque está lleno de palabras visuales. Por lo que se refiere al inglés, hubo en Bloomsbury un enfrentamiento mudo y crudo, que desmiente el tópico de aquella Arcadia intelectual donde reinaba Virginia Woolf.

 

Bloomsbury vivía regido por el racionalismo insuficiente de Moore y el positivismo brillante de Bertrand Russell. El idioma inglés, olvidando que venía de Shakespeare y Marlowe, quería ser allí imparcial y preciso como el alemán. (Un victorianismo intelectual que creía enfrentarse al victorianismo, por las costumbres, pero que iba a su favor: este puritanismo trasladado del significado al significante es lo que da la sequedad de Faulkner y Henry James.
La escritura no puede ser un ludismo —ni la lectura—, sino un esfuerzo: mística del trabajo). Virginia Woolf, con su inglés impreciso, intuitivo, arborescente, dubitativo, bellísimo, ambiguo, ondeante, es mirada como «ridícula» en Bloomsbury. Y ella lo acusa y esto contribuye a su locura y su muerte. Está nada menos que reactualizando el inglés elisabethtiano, con todo su ruido y su furia. Virginia Woolf son los dos polos tácitos, enfrentados, irreductibles, cruentos, de Bloomsbury.
Hoy sabemos que tenía el poder la debilísima Virginia Woolf.
Henry Miller, Kerouac, Mailer, Wolfe, Warhol, Borroughs, en la otra orilla del inglés, recogen el mensaje lírico y riquísimo de Virginia. Dice Anthony Burgess que «si no hay nombres no hay castigo». Por eso doy aquí unos cuantos, entre tantos.

El núcleo del cheli, como el de un dialecto griego o una lengua imperial, es la guturalidad, lo que en un poeta llamaríamos la voz personal, el estilo inconfundible, el son, que «hace la canción». En este libro hablo de la guturalidad como generadora de significantes que revierten, al fin, sobre ella, convirtiéndola en el gran significado. Toda lengua, al fin, se dice a sí misma. Esa guturalidad rica y generatriz se abre hoy paso como puede entre la fosilización de nuestras grandes lenguas, que comienzan a estar muertas. Por lo que se refiere al castellano, la llamaríamos cheli y latinoché. Retomando lo que he dicho del lenguaje como conducta, y previniendo lo que diré en alguna ficha de este diccionario, recuerdo que el gran poeta Jorge Guillén se negaba a admitir «pintada», alegando que él siempre había dicho letrero, y rematando con esta explicación: —Sólo uso palabras que he vivido. No se le ocurrió pensar que los jóvenes de hoy han vivido pintada —y han hecho pintadas— seguramente con mucha más intensidad que letreros. En todo caso, he aquí un gran poeta propugnando el lenguaje como conducta: «Sólo uso palabras que he vivido». (Y esto nada tiene que ver, claro, con el otro plano del lenguaje como «conducta gestual», que tiene el mismo valor que cocinar o tocar el piano.)

Dice André Glucksmann que el capitalismo es el instante cínico del imperialismo. Ese instante dura ya dos siglos y viene conociendo dos respuestas alternativas o simultáneas: la proletaria y la juvenil. Los jóvenes de la última generación ni siquiera se proponen darle la vuelta a la pirámide social, sino neutralizar la burocracia mediante la acracia.
La primera letra/palabra que trato en este diccionario es esa circundada de «los muros del postfranquismo», anagrama, logotipo o pictograma de las mocedades occidentales de hoy. Los comentaristas confunden acracia con apoliticismo apresuradamente o interesadamente. Lo que hace la acracia es desmilitarizar la filosofía. Todas las filosofías entran en filas cuando comienzan a generar una política. Y comienzan a generar una política mucho antes de entrar en política.

Pasotismo es hacer política por omisión. Una crítica de la Historia que consiste en huir de la Historia (del presente), como el que se sale ostensiblemente del concierto. Sociólogos y periodistas han puesto mucho la atención en los objetores de conciencia y los tránsfugas. La verdad es que varias generaciones, en el mundo entero, han desmilitarizado la vida, o cuando menos sus vidas, de manera mucho más profunda, aun cuando hayan cumplido el servicio militar o estado en alguna guerra. Han desmilitarizado, como digo, la filosofía, todos los principios que informan la vida: patria, familia, raza, casta, etc. La acracia, pues, no es sólo una privatización del yo, sino una desmilitarización de todas las revoluciones.

 

En seguida se ve que todos los ideales utópicos y revolucionarios emergen, disueltos y realizados al mismo tiempo, en la vida de cualquier ácrata. Acracia, en este sentido, es revolución ya consumada, con mayor o menor perímetro, según se pueda, pero «aquí y ahora». En este prólogo creo haber dicho, y luego se verá en la papeleta Trullo, que la cárcel es el modelo libertario de la juventud, y explico por qué. La otra cara de esta verdad, puesto que la vida es alternativa, pudiera consistir en ese posteriori que están viviendo los jóvenes. La revolución ya está hecha, o como si lo estuviese. He aplicado al cheli un casi continuo paralelismo con la poesía lírica, porque me parece que la lírica es la situación límite del lenguaje, y la marginalidad es la situación límite de la sociedad.

De dos situaciones límite nacen dos hablas paralelas en su «extremosidad». Dos hablas en las cuales está fresca y visible la guturalidad. La personal en el poeta, la colectiva en el cheli. Por más que el poeta es, asimismo, esa boca afortunada por la que se expresa la guturalidad original de todo un idioma. Creo, por otra parte, como se explica en diversos momentos de este libro, que toda creación idiomática —una obra literaria o un idioma completo— responde siempre, no diré a las mismas estructuras («el estructuralismo ha muerto», Chomsky), pero sí a una guturalidad original, propia, que hace todos los significantes afines, convergentes sobre el significante matinal, que acaba siendo el único significado, mientras los significados de uso quedan en torno, dispersos. El cheli, como el alemán (con perdón), como cualquier lengua, dialecto, argot o jerga, se dice finalmente a sí mismo. Esa guturalidad que yo he escuchado sobre el pecho adolescente del cheli (como, con mayores entusiasmos, lo habría hecho sobre el castellano todo o sobre un escritor vasto y complejo) es suburbial, casi infantil, pegamoide, rockera, pinchota, nueva, temible como una agresión inmóvil, porque la generación siguiente es la que nos juzga y nos deja ahí como muertos sin sepultura. Pasará el cheli y el individuo que lo habla. Quedará el impulso inicial. El salto adelante que da una nueva generación ya nunca se desanda, aunque la generación se haga soluble en «lo generacional». Uno se enriquece de estas somatizaciones como otros del gerovital, que asimismo queda denunciado en este diccionario (aquí hay un poco de todo) como procedimiento científico y socialista/capitalista de drogar a los viejos, mientras se persigue y denuncia la droga de los jóvenes.

 

Termino con la voz zumbado (de conducta irregular, loco o tonto, incluso a los ojos del pasota, o precisamente a los suyos), porque había que terminar en la zeta, como todos los diccionarios, y porque uno iba ya pasando un poco de Diccionario con mayúscula, pues lo más atroz sería que, a lo chorra a lo chorra, me hubiese salido un Diccionario así, con mayúscula. He compuesto este libro con una estructura «abierta», como decíamos los pedantes de hace diez años (la pedantería sólo se cura por cansancio y edad, o sea que nos vamos curando), a manera de collage, alternando el ensayismo incipiente sobre el idioma o la sociedad con la noticia de periódico, que tiene tanto valor informativo como de ilustración tipográfica (siempre la dubitación entre «sonido y sentido»). Que el libro, con sus roturas, pintadas y desgarrones, se lea como una pared. Algunas papeletas, las menos, me han llevado al tratamiento narrativo o lírico, como aquellas capitulares altas con que los monjes medievales ilustraban sus códices, que Mallarmé hubiera dejado en blanco, sólo con la capitular, y yo también, pero uno —ay— no es Mallarmé.
Ni esperanzas, ya, de llegar a serlo.

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Madrid/agosto/82

 

Francisco UMBRAL

 

 

 

 

 

 

 

Diccionario cheli (Narrativa 80)

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