Caroline suele seguir -sin pensárselo mucho- los dictados, las indicaciones,

las insinuaciones de su alma, que la tiene inspirada y ocurrente, rápida para

la acción y apasionada de naturaleza.

Se ha pintado el antifaz de una mariposa con cuatro alas: azul eléctrico cinabrio

las mayores y plata brillante las menores, y se inclina para que podamos verle

el mariposón que se ha puesto, satisfecha y coquetona como una niña.

Enseguida parece que los ojos azules son de la mariposa en vez de ser de

Caroline, que nos mira desde el centro de las alas con ese poder especial que

le da tener unos ojos alados, asunto que tiene que divertir enormemente a

Caroline.

Está sentada en el suelo de madera de la terraza o del porche, posiblemente

esperando sin esperar a que alguien pase o se acerque a ella para mostrarle

de pronto el antifaz y observar la respuesta, la reacción que le provoca.

Si las respuestas que consigue provocar en el personal son estruendosas

de juego, de susto o de admiración, Caroline seguirá incansable, sorprendiendo

a todo transeúnte con su mariposón, excitándose de travesura con cada reacción

de gozo o de susto que provoque.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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