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Annalynne tiene unas piernas de las que no se piden por catálogo, tal vez son de treinta y dos cables y sus múltiples.

Más los tres tomos de las obras completas, todas las hojas anchas y las válvulas que se abren hacia una posición suculenta.

Está hermosa así, con alma y todo, tocándose un dedo con la punta del dedo como enroscándose en su destino: reuniendo

principio y final. Annalynne es una mujer hembra de las que puede remolcarse: kantiana por su hermosa condición de sujeta

trascendental y por el imperativo categórico que le gusta lucir.

Tiene las posaderas sentadas hacia arriba con una facilidad que sólo puede provenir de la evolución de las especies y, tal vez,

de la gimnasia negra: dos posaderas que con el viento van y que vuelven con el viento, sombra a sombra.

Por sus cuatro rincones arrancan, importantes, sus cuatro extremidades y su condición excelente para el placer, para saciar sus

esquinas y para utilizar sus puntos delicados, deliciosos como un hoyuelo.

Por la inusual posición de su cabeza, la mirada a uno de sus ojos a dos nos llega trenzada con su bonito cabello claro, y ya no

sabemos si el vaivén, si la ondulación, provienen de su melena o de su mirada, como una campana sola con dos badajos.

Uno espera sin esperar a que Annalynne, hermosísima ayudante del mago o, tal vez, reina del trapecio, se interne entre los

cortinajes duros y ya no volvamos a verla hasta la próxima sesión, vida adentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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