clarice lispector

 

revelación de un mundo

a descoberta do mundo

 

 

traducción: Amalia Sato

Adriana Hidalgo editora

octubre de 2005

Buenos Aires

 

 

 

 

bichos (conclusión)

 

 

 

 

La mudez del conejo, su modo de comer rapidito-rapidito las zanahorias, su desinhibida relación sexual

tan frecuente como veloz —no sé por qué encuentro esas relaciones mutuas de los conejos de una gran

futilidad, no parecen tener raíces profundas.

El conejo me provoca un vacío meditativo: es que simplemente nada tengo que ver con él, somos extraños,

mi raza no se lleva con la de él. Lo curioso es que puede ser encerrado y que hasta parece conforme

pero no es domesticable: su resignación no es más que aparente. En verdad, fútil y asustadizo como es,

él es libre, lo cual no concuerda con su superficialidad.

En cuanto a los caballos, ya escribí mucho sobre caballos sueltos en el morro de pastura (A cidade sitiada),

donde de noche el caballo blanco, rey de la naturaleza, lanzaba al aire su prolongado relincho de gloria.

Y ya tuve perfectas relaciones con ellos.

Me recuerdo adolescente, de pie, con la misma altivez del caballo, pasando la mano por su pelo aterciopelado,

por su crin agreste. Yo me sentía así: “la muchacha y el caballo”.

Los peces en el acuario no paran ni un segundo de nadar. Eso me inquieta. Además creo que el pez de acuario

es un ser vacío y liso. Pero debe ser un error mío, pues no sólo ellos devoran comida sino que procrean: y

es necesario ser materia viva para eso.

Lo que me intriga es que, por lo menos en los peces de acuario, el instinto falla: ellos comen hasta reventar,

no saben parar, y helos pez muerto.

Son seres aterrorizados de pequeños, peligrosos de grandes. Además de pertenecer a un reino que no me

es familiar, lo cual me inquieta nuevamente.

Conozco una historia muy linda. Un español amigo mío, Jaime Vilaseca, me contó que vivió un tiempo con

parte de su familia que vivía en una pequeña aldea en un valle de los altos y nevados Pirineos.

En invierno los lobos hambrientos descendían de las montañas hasta la aldea, olisqueando la presa, y

todos los habitantes se encerraban atentos en las casas, cobijando en la sala ovejas, caballos, perros,

cabras, calor humano y calor animal, todos alerta oyendo el rasguño de las garras de los lobos en

las puertas cerradas, escuchando, escuchando…

Pero conozco la historia de una rosa. Parece raro que me ocupe de ella cuando estoy tratando de bichos.

Pero es que obró de tal modo que recuerda los misterios instintivos e intuitivos del animal.

Un médico amigo mío, el Dr. Azulay, psicoanalista, autor de Um Deus esquecido, cada dos días llevaba

a su consultorio una rosa que ponía en agua dentro de uno de esos floreros muy estrechos, especialmente

hechos para contener el largo tallo de una sola flor. Cada dos días la rosa se marchitaba y mi amigo la

cambiaba por otra.

Pero hubo una determinada Rosa. Era de color rosa, no con artificio de colorantes o injertos, sino del

más primoroso rosa de la naturaleza misma. Su belleza ensanchaba el corazón en amplitudes. Y

parecía tan orgullosa de la turgencia de su corola toda abierta, de los propios pétalos gruesos y suaves,

que era con una linda altivez que se mantenía casi erecta. Pues no quedaba totalmente erecta; con infinita

gracia se inclinaba levemente sobre el tallo que era fino.

Y una relación íntima se estableció entre el hombre y la flor: él la admiraba y ella parecía sentirse admirada.

Y tan gloriosa se puso, y con tanto amor era observada, que pasaban los días y ella no se marchitaba:

seguía con la corola abierta y turgente y fresca como una flor fresca.

Duró con belleza y vida una semana entera. Recién entonces empezó a dar muestras de algún cansancio.

Después murió. Reacio mi amigo la cambió por otra. Y nunca la olvidó. Lo curioso es que una paciente

suya que frecuentaba el consultorio le preguntó a boca de jarro: “¿Y aquella rosa?”. Él ni preguntó,

sabía a cuál se refería la paciente.

Esa rosa, que había prolongado su vida por amor, era recordada porque la paciente, habiendo visto

el modo en que el médico miraba la flor, transmitiéndole en ondas la propia energía vital, había

intuido ciegamente que algo pasaba entre él y la rosa.

Ésta —y me dieron ganas de llamarla “joya de la vida”— tenía tal instinto de naturaleza que el

médico y ella habían podido vivirse uno al otro profundamente, como sólo sucede entre bichos y

hombres.

Y ahora mismo de repente estoy con saudade de Dilermando, mi perro, con una saudade aguda y

dolorosa e inconsolable, la misma que estoy segura él sintió cuando se vio obligado a vivir con otra

familia porque yo me iba a vivir a Suiza y me habían informado erróneamente que allá los

hoteles, donde tendríamos que permanecer algún tiempo, no permitían la entrada de animales.

Recuerdo, y el recuerdo me hace sonreír, que una vez, viviendo todavía en Italia, vine a Brasil,

y dejé a Dilermando con una amiga.

Cuando volví, fui a lo de mi amiga a buscarlo. Pero sucede que en el ínterin había llegado el invierno

y yo estaba con un abrigo de pieles.

El perro se quedó parado mirándome, petrificado. Después se arriesgó cautelosamente a acercarse

y percibió el olor del abrigo, tal vez de algún animal amenazador.

Y al mismo tiempo, para su confusión, olisqueaba mi aroma. Se puso muy inquieto, empezó a dar

vueltas sobre sí mismo. Y yo inmóvil, esperando que viniera a mí, y me sintiera: si yo me lanzaba

a él, se asustaría.

Cuando empecé a sentir calor en la sala calefaccionada, me quité el abrigo y de lejos lo lancé a

un diván. Dilermando, al olerme pura, se tiró de repente sobre mí con un gran salto, con un envión

fantástico del piso a mi pecho, completamente alborozado, fuera de sí, haciéndome tanta fiesta loca

que me dejó muy arañada en los brazos y la cara, pero yo reía de placer, y sonreía a las fingidas

y rápidas mordidas leves que él alocadamente me daba, no dolían, eran mordidas de amor.

No haber nacido bicho parece ser una de mis secretas nostalgias.

Ellos a veces claman desde la lejanía de muchas generaciones y yo no puedo responder sino

sintiendo desasosiego. Es el llamado.

 

 

 

 

 

 

 

 

bichos (conclusão)

 

 

 

A mudez do coelho, seu modo de comer depressinha-depressinha as cenouras, sua desinibida

relação sexual tão frequente quanto veloz – não sei por que acho as relações mútuas dos coelhos de

uma grande futilidade, nem parecem ter raízes profundas. O coelho faz-me ficar de um meditativo

vazio: é que simplesmente nada tenho a ver com ele, somos estranhos, minha raça não vai com a

dele. O curioso é que pode ser aprisionado e parece até conformado mas não é domesticável:

apenas aparente é a sua resignação. Em verdade, fútil e assustado como é, ele é um livre, o que não

combina com sua superficialidade.

Quanto a cavalos, já escrevi muito sobre cavalos soltos no morro do pasto (A cidade sitiada),

onde de noite o cavalo branco, rei da natureza, lançava para o ar o seu longo relincho de glória. E

já tive perfeitas relações com eles. Lembro-me de mim adolescente, de pé, com a mesma altivez do

cavalo, passando a mão pelo seu pelo aveludado, pela sua crina agreste. Eu me sentia assim: “a

moça e o cavalo”.

Os peixes no aquário não param nem um segundo de nadar. Isso me inquieta. Além do

mais acho esse peixe de aquário um ser vazio e raso. Mas deve ser engano meu, pois não só eles

devoram comida como procriam: e é preciso ser matéria viva para isso. O que me intriga é que,

pelo menos nos peixes de aquário, o instinto falha: eles comem até estourar, não sabem parar, eis

um peixe morto. São seres aterrorizados quando pequenos, perigosos quando grandes. Além de

pertencerem a um reino que não me é familiar, o que de novo me inquieta.

Sei de uma história muito bonita. Um espanhol amigo meu, Jaime Vilaseca, contou-me

que morou uns tempos com parte de sua família que vivia em pequena aldeia num vale dos altos e

nevados Pireneus. No inverno os lobos esfaimados terminavam descendo das montanhas até a

aldeia, farejando presa, e todos os habitantes se trancavam atentos em casa, abrigando na sala

ovelhas, cavalos, cães, cabras, calor humano e calor animal, todos alertas ouvindo o arranhar das

garras dos lobos nas portas cerradas, escutando, escutando…

Mas sei da história de uma rosa. Parece estranho falar nela quando estou me ocupando de

bichos. Mas é que agiu de um modo tal que lembra os mistérios instintivos e intuitivos do animal.

Um médico amigo meu, Dr. Azulay, psicanalista, autor de Um Deus esquecido, de dois em dois dias

trazia para o consultório uma rosa que ele punha na água dentro de uma dessas jarras muito

estreitas, feitas especialmente para abrigar o longo talo de uma só flor. De dois em dois dias a rosa

murchava e meu amigo a trocava por outra. Mas houve uma determinada Rosa. Era cor-de-rosa,

não por artifícios de corantes ou enxertos, porém do mais requintado rosa pela natureza mesmo.

Sua beleza alargava o coração em amplidões. E parecia tão orgulhosa da turgidez de sua corola

toda aberta, das próprias pétalas grossas e macias, que era com uma altivez linda que se mantinha

quase ereta. Pois não ficava totalmente ereta: com infinita graciosidade inclinava-se bem

levemente sobre o talo que era fino. E uma relação íntima estabeleceu-se entre o homem e a flor:

ele a admirava e ela parecia sentir-se admirada. E tão gloriosa ficou, e com tanto amor era

observada, que se passavam os dias e ela não murchava: continuava de corola toda aberta e túmida

e fresca como flor nova. Durou em beleza uma semana inteira. Só depois começou a dar mostras

de algum cansaço. Depois morreu. Foi com relutância que meu amigo a trocou por outra. E nunca

a esqueceu. O curioso é que uma paciente sua que frequentava o consultório perguntou-lhe sem

mais nem menos: “E aquela rosa?” Ele nem perguntou qual, sabia da que a paciente falava. Essa

rosa, que viveu mais longamente por amor, era lembrada porque a paciente, tendo visto o modo

como o médico olhava a flor, transmitindo-lhe em ondas a própria energia vital, intuíra cegamente

que algo se passava entre ele e a rosa. Esta – e deu-me vontade de chamá-la de “joia da vida” –

tinha tanto instinto de natureza que o médico e ela haviam podido se viverem um ao outro

profundamente, como só acontece entre bichos e homens.

E eis que de repente fiquei agora mesmo com saudade de Dilermando, meu cão, uma

saudade aguda e dolorida e desconsolável, a mesma que tenho certeza ele sentiu quando foi

obrigado a viver com outra família porque eu ia morar na Suíça e haviam me informado

erradamente que lá os hotéis, onde teríamos que permanecer algum tempo, não permitiam a

entrada de animais. Lembro-me, e a lembrança ainda me faz sorrir, de que uma vez, morando

ainda na Itália, vim ao Brasil, deixando Dilermando com uma amiga. Quando voltei, fui à minha

amiga para buscá-lo para casa. Mas acontece que nesse ínterim se tornara inverno e eu estava com

um casaco de peles. O cão ficou parado me olhando, petrificado. Depois aventurou cautelosamente

aproximar-se e sentiu o odor do casaco, talvez de algum animal ameaçador. E ao mesmo tempo,

para a sua confusão, farejava meu cheiro. Tornou-se inquietíssimo, chegava a rodar em torno de si

mesmo. E eu imóvel, esperando que ele viesse a mim, e me sentisse: se eu me precipitasse, ele se

assustaria. Quando comecei a sentir calor na sala aquecida, tirei o casaco e da distância mesmo

joguei-o longe num divã. Dilermando, ao me farejar puramente, atirou-se de repente num grande

salto sobre mim, um pulo fantástico do chão ao meu peito, inteiramente alvoroçado, fora de si, me

fazendo tanta festa doida que me deixou arranhada nos braços e no rosto, mas eu ria de prazer, e

sorria às fingidas e rápidas mordidas leves que ele aloucadamente me dava, não doíam, eram

mordidas de amor.

Não ter nascido bicho parece ser uma de minhas secretas nostalgias. Eles às vezes clamam

do longe de muitas gerações e eu não posso responder senão ficando desassossegada. É o chamado.