francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

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El niño es una luz que se extingue en su propio humo, una llama que se sopla a sí misma. El niño desaparece un día en el hombre. ¿Qué queda de una infancia? Quedan fotografías, rastros, cintas, alambres, pero la niñez es fragancia que desaparece al aspirarla.

El hombre empieza siendo sólo perfume. La vida se inicia como aroma.

Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. Quizá sea ése el significado de los cuentos infantiles. La niñez está perpetuamente amenazada, destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado, adulto y oscuro.

Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí.

El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás —ay— eso basta.

Algo le brillaba al niño: un tenedor o el alma. Y su adhesión incondicional a la vida. ¿Y yo, el resumen de mi felicidad? Si hago ahora recuento, si destilo en la memoria lo que ha sido mi vida, la luz que ha dado, los momentos dichosos, todo es una gota de sol melancólica, exasperada a veces, violenta, pero vuelta otra vez al oro triste.

En una tarde que no sé, en un cuerpo de mujer, en el esquife loco de una mañana adolescente. He sido feliz, digo. Y veo un cuerpo de mujer, una instantánea de mar, una luz. Nada. Sabemos que tenemos perdidas por algún sitio unas monedas de felicidad, que nos resta una calderilla de luz, un recuerdo.

Pero seguramente tampoco fue así.

He enterrado muy profundo un tesoro que sólo lo es por eso, por estar enterrado. En cuanto lo saque a la luz no será nada.

La brisa, el brillo del día, algo tiene de pronto el olor y el recuerdo de no sé qué paraísos.

La música nos inventa un pasado que no conocemos, dijo alguien.

El aroma, la primavera, las nubes también nos llevan de pronto a un pasado que no conocemos. Basta aspirar profundamente para que suba del fondo de la tierra o del fondo de la memoria un tiempo que no está en el tiempo, una felicidad irrecordable.

De la dicha sólo tenemos el recuerdo: nunca hemos tenido la experiencia. El hombre conoce la felicidad de referencias. De oscuras referencias interiores. La felicidad no puede estar en el futuro, porque la tomamos siempre del recuerdo, llevamos su imagen en la memoria. La felicidad es algo que ocurrió una vez. La recordamos tan intensa y lejanamente que sin duda pertenece al pasado de la especie.

Pero eso se confunde de manera automática y lo que sólo es un vago recuerdo lo trasladamos a un hipotético futuro. La dicha es inasequible precisamente porque la estamos recordando. Fue.

 

 

 

Parece instintivamente que la felicidad está por venir. Que la palabra felicidad remite al futuro.

Pero remite realmente a un pasado remoto, del que la extrapolamos al futuro remoto con un movimiento mecánico de autodefensa. Se ha dicho que la literatura de ciencia-ficción está llena de añoranzas prehistóricas. Eso es. Sólo se puede soñar el pasado. El futuro es un pasado actuante.

Un pasado que actúa como futuro. Confío en que seré feliz porque alguna vez lo fui. Y creo que alguna vez lo fui porque entonces, aquella vez, creía asimismo haberlo sido en otro tiempo. Todo instante de felicidad no es sino la confirmación de que tenemos un pasado. Sólo la memoria goza.

¿Y mi nombre, y mi aura, y lo que he creado en torno de mí? Un nombre de escritor. Todo el que vive confortablemente dentro de su renombre, debe salir al campo, a la naturaleza, y decirlo en voz alta: «Soy escritor, soy importante, soy…». No creo que pueda terminar. Eso no suena a nada entre los montes, frente al mar. La gloria no va más allá del término municipal.

La perdemos en el campo, de viaje. Hay que llegar a otro término para reencontrarla, en el mejor de los casos. Me siento importante en la ciudad, entre las cuatro cosas de siempre. Lugares, gentes, periódicos, cosas que me devuelven mi imagen. En cuanto salgo a unos kilómetros del centro ya estoy perdido. He perdido mi imagen. He de llegar a otra ciudad para recobrarla, para recobrarme, para que otros periódicos, otras gentes, otros espejos me reflejen. La gloria, la fama, la popularidad, el renombre, el simple prestigio se acaban a la vuelta de la esquina.

No soportan un trayecto de autobús del extrarradio, el viaje de un tren de cercanías.

Uno es importante a condición de no moverse del sitio. En cuanto cruzas la calle estás perdido. Se desea llegar a otra ciudad para recobrar todo lo que hemos ido perdiendo por los campos inmensos, verdaderos y ajenos.

Por eso los escritores salen poco al campo. La solemnidad. He renunciado a la solemnidad. No lucha uno por llegar a ser profundo, verídico, útil o mejor. Se lucha por llegar a ser solemne. Nunca creí en mi propia solemnidad, eso es lo cierto, pero de pronto se encuentra uno con que sí, con que tiene derecho a la solemnidad. Sería el momento de componer el rostro y la ropa, de envarar el cuerpo y sustentar la voz.

A los cuarenta años, si uno ha trabajado y no ha hecho demasiadas locuras, si uno ha perdido su vida por delicadeza —como lamentaba Rimbaud—, ya se puede ser solemne.

Tengo derecho. He escrito unos libros, he impuesto un nombre, he repartido mi firma por todas partes. Sería llegado el momento de la solemnidad. Otros llegan a ella mucho antes. Antes de tiempo. Les hay que nacen solemnes, que empiezan por la solemnidad. Luego, escriben los libros o no los escriben, les dan honores o no se los dan, pero ellos, de momento, se han conferido a sí mismos la solemnidad.

Yo nunca supe. Y ahora que puedo, no quiero.

Algunas mañanas lo intento. Me imagino ante el espejo del armario, vestido solemnemente, saliendo a la calle con los monóculos de la impertinencia, las chisteras de la reverencia, los finos bastones inquisitivos de la edad, los guantes hipotéticos de la gala. Solemne. Pero luego vuelvo a la pana, al cuero, a las botas, a la lana, a las camisas abiertas, a la ropa vieja.

Sé que dentro de mí hay un hombre solemne, como dentro de todo escritor, de todo político, de todo intelectual.

El hombre solemne ha querido hacer su aparición en algún momento, dominar la situación, elegir sombreros de fino orillo. Pero se ha retirado a tiempo. Hay en mí, también, un golfo callejero que le ha silbado.

Veo en torno a los solemnes, a mis colegas, envejecidos por la solemnidad, satisfechos e inseguros, como presidentes de sí mismos, y comprendo que ya nunca llegaré a solemne, que nunca sabré eso que se llama vestir el cargo, vestir el nombre, vestir el prestigio. Ay.

Por el contrario, quisiera conquistar el olvido. Ni siquiera un olvido injusto, claro. Eso es otra forma de gloria. No un olvido panteónico, sino un olvido pequeño. Quedar para siempre en la cripta enigmática de un nombre poco frecuentado. Ser el día de mañana un muerto sin señas de identidad.

Casi todo el que escribe quiere quedar como estatua municipal, como rotonda pública, como salvador de la Patria. Hay que resistirse a ser una lección de provecho. Y para eso lo mejor es el escándalo, como pensé a veces. El escritor, el artista, por muy maldito y escandaloso que haya sido, por muy inconveniente que resulte a sus contemporáneos, es reasumido en una posteridad inmediata, es aprovechado, taxidermizado.

Se le positiviza y ya sirve para aprender métrica o moral.

Hay grandes ejemplos de esto. Toda la historia de la cultura, en realidad, es eso. La transvaloración de todos los valores, que diría Nietzsche, pero entendido al revés. Lo que en su día fue subversivo con el tiempo se torna instructivo. La cultura es una domesticación.

 

 

 

 

No, no sirve de nada defenderse con el escándalo o la rebeldía. Al final te aprovechan.

Al final te vacían en bronce, que es lo que quieren. Por eso es mejor el olvido. Pero tampoco, como digo, un olvido grandioso, una injusticia panteónica, un más allá del que se vuelve un día con la solemnidad y el laurel de los muertos. No. Un olvido pequeño. Quedar, no como una estatua o una farola de la cultura, sino como un enigma, como un nombre que suena no se sabe dónde ni de qué.

Como alguien a quien nadie ha leído de verdad, y que una muchacha, una estudiante, descubre un día en bibliotecas amarillas. Pero tampoco se trata de que eso sea el descubrimiento de su vida ni de que se enamore del muerto. No. Un descubrimiento pequeño que le lleve a ella a decir, mientras se aparta el flequillo de los ojos para leer lo que ahora estoy escribiendo: «No estaba mal este señor. Era interesante lo que decía. Debió dejar poca obra. Lástima». Y nada más. Que pase la hoja y nada más. Que crea efectivamente que dejé poca obra, y que me olvide.

Esto lo he vivido, de alguna manera, con la muchacha que viene a verme para hacer una tesis, una tesina, un trabajo, algo. Siempre hay una muchacha, en algún lugar del mundo, que está escribiendo una cosa sobre nosotros, sobre nuestros libros, sin que ella misma sepa muy bien por qué, seguramente.

Me deleito en la idea de saber que vivo en su intimidad, que mezcla mis libros a su lencería, en los cajones revueltos, que deja sobre mis páginas el aliento de su vida y el cansancio de su desvelo. Me ha elegido al azar, quién sabe por qué, eso no significa nada. Quizás me ha elegido precisamente por desconocido, por raro. Eso es lo que yo quisiera ser, un raro, un ejemplar difícil de encontrar, un incunable, un anónimo.

Y la muchacha trabaja en lo mío. Por carta o personalmente, me hace preguntas insaciables.

Quiere saber de mí cosas que yo no sé, me obliga a plantearme mi propia obra, que a mí me parece casual, esporádica, caprichosa e irreflexiva, y que su fe convierte en algo sistematizado, coherente, evolutivo y responsable. Y qué le digo yo a esta señorita. La chica de la tesis es siempre como un jardinero que viene a cuidarnos y remozarnos un jardín olvidado. Cómo decirle que por ese jardín ya no paseamos nunca, que da igual. Su fe le ha salvado, su fe la ha salvado. Pero a nosotros no hay quien nos salve.

Las tesis, las traducciones, los trabajos que quieren hacer de uno un sistema cerrado y ejemplar.

No sé cómo se las arreglarán. Espero que las traducciones, que nunca leo, estén llenas de confusiones y aporten cierto surrealismo y dadaísmo a lo que yo he escrito, seguramente demasiado claro, sospechosamente claro. Me gusta, ya digo, haber llegado a esa forma de intimidad casta con la muchacha que trabaja sobre mis libros. Seguramente huelen ya a ella, a su perfume, a su pelo. Lo demás no importa. Ni yo puedo añadirle nada a ella ni ella puede añadirme nada a mí. La cultura es un círculo cerrado.

Importa eso, en cambio, importa, para mí, el saber que una mujer está haciendo su dobladillo, su labor de vainica, su tarea de agujas, con lo que yo he escrito, con lo que yo he vivido, con mi vida y mi obra, que trata de una manera respetuosa e inquisitiva. La cosa no tiene ningún valor cultural.

Tiene un pequeño valor humano, una cierta gracia absurda y consabida. Una señorita de ésas me reprocha, en su libro, el no hablar nunca de Dios.

Dios sí que es un problema. Dios no me ha tomado nunca en serio. Dice Sartre que Dios es la soledad de los hombres. Yo debo ser más solitario que los demás, porque ni así.

¿Un vacío en mi obra, señorita? Mi obra está hecha de vacíos. ¿Un vacío en mi vida? Vivimos en el vacío. Dios o los cazadores de Arkansas, los tramperos. Dos temas que no me van. No los he tocado nunca. No pienso tocarlos. Hay quien se ha pasado la vida escribiendo de Dios, como Kierkegaard o Pascal, porque le va como tema, porque tiene pluma para eso. No es una cuestión de fe o de falta de fe. Es una cuestión de pluma.

Aparte la falta de fe, creo que se puede escribir de Dios sin fe, como se puede escribir de la India sin haber estado, como escribe Julio Verne de la luna. No es un problema de conocimiento, la literatura. Es un problema de pluma.

 

 

 

Si usted tiene pluma mística, escribirá de Dios toda su vida, aunque no crea ni profese. Es el caso de Dostoiewski, de Unamuno y de otros pelmas. Si no tiene usted pluma mística, escribirá de las mozas, aunque sea arcipreste, y ahí está el de Hita.

Hay plumas que se encandilan con el tema. La mía no.

Hay plumas eróticas, plumas místicas, plumas líricas. Nunca se sabe. La pluma no tiene mucho que ver con el hombre.

Eso lo sabe bien cualquiera que haya escrito cinco folios. Otro instrumento es quien tira de la pluma. Lo mismo pasa con lo social. Hay quien se pasa la vida escribiendo de lo social sin sentirlo, sin vivirlo. Pero no por eso escribe en falso. Escribe lo que quiere su pluma. Si tiene usted pluma política, la pluma le arrastrará a la política. Si un tema nos sale, nos va, hay que tirar de él. Qué se le va a hacer. Aunque sea a la fuerza. Y el que se rebela contra su pluma está perdido. Nunca escribirá nada que lo valga.

Hay que dejarse llevar. Larra se rebelaba contra su pluma satírica, quevedesca, y quería hacer teatro y novela, que le salían muy mal. El propio Quevedo se rebela contra su pluma barroca y escatológica, y quiere hacer clasicismo y moral. Resulta ilegible.

Darle gusto a la pluma, dice el pueblo de la tarea de escribir. Sí. Hay que darle gusto a la pluma.

A la pluma no se la puede disgustar. A mi pluma no le va el tema trascendente. El que no me vaya tampoco a mí es pura coincidencia. Si a mi pluma le hubiese ido, yo me habría pasado la vida haciendo trascendencia. De eso que se han librado ustedes. En todo caso, Dios es un problema de estilo. Con un estilo literario adecuado se puede defender la existencia de Dios, se puede probar.

Bueno, con un estilo literario adecuado, con un buen estilo, la verdad es que se puede probar y desmentir todo lo que haga falta. Dios, pues, necesita de los teólogos como el imperativo categórico necesita de Kant.

Dios y el imperativo categórico existen en cuanto que se habla de ellos y sobre todo mientras se habla de ellos. Las teologías —tantas a través de los tiempos— ¿son una explicación o una construcción de Dios? Dios, ya digo, es una cuestión de estilo, y a mí, en eso, me ha fallado el estilo. En algo tenía que fallarme.

A veces necesitaría a Dios para culparle de lo que me pasa, del dolor de mi hijo. Pero eso sería otra forma de fe. Los dioses viven en gran medida de la indignación de los hombres. El dolor humano parece una negación de Dios, pero en realidad es su más firme sustento. Sin el dolor, Dios no sería tan necesario como consuelo, y sobre todo como indignación. La indignación superada, asumida, sublimada, es ya la fe.

Yo, de momento, no he necesitado a Dios para desesperarme.

Eso sería un mezquino empleo de Dios. Pero la humanidad no conoce otro. Ni Dios ni la sobrenaturalidad. A la gente, más o menos, a lo largo de toda una vida, acaba por ocurrirle algo sobrenatural. A mí nunca. Ni un fantasma, ni una aparición, ni una premonición, nada. He procurado siempre ponerme en las corrientes de aire mágico, en los entrecruces de caminos secretos. Pero nunca me ha cogido al vuelo ningún viento misterioso.

¿Quién no ha tenido un golpe de corazón, quién no ha visto sombras en una noche de lluvia, quién no ha respirado el olor de la muerte en la bodega de su casa? Yo nada.

Estoy siempre propicio al trance, presto a la levitación, dispuesto al milagro, espero por todas las esquinas a la fantasma, miro en todas las habitaciones, cortejo al misterio en largos pasillos, me asomo debajo de las camas. Nunca un muerto vivo ni un aparecido, nunca una sombra del pasado ni una música del más allá. Soy insoportablemente terrestre. Todo lo que me pasa le pasa a cualquiera.

¿Para cuándo el misterio?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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