giuseppe ungaretti

testamento lírico

 

 

revista Poesía

nº 13-14

julio-octubre de 1973

     

 

 

 

Hace tres anos, en junio de 1970, moría Giuseppe Ungaretti.

Además de su magna obra poética, de sus escri­tos críticos y polémicos, dispersos en periódicos y revis­tas, teorizó también como lo han hecho otros poetas (She­lley, Poe, T. S. Eliot y su contemporáneo Quasimodo, en el “Discurso sobre la poesía”) acerca de lo que es para el escritor su instrumento de trabajo, la palabra, y consig­nó sus ideas sobre la libertad expresiva que ha de ser pro­pia del creador, del artista.

Traducimos aquí unas páginas de su ‘Declaración de Principio’, nacidas durante un encuentro literario, que luego desarrolló hasta llevarlas a constituir una suerte de testamento.

En esta celosa defensa del poeta y de su función ex­presiva en el mundo, como mensajero ético y estético, Un­garetti ha confiado su más entrañable meditación sobre la Poesía.

 

[Extraídas de Poesía Italiana Contemporánea, a cargo de G. Spanoletti, Ed.

Guanda, 1961.]

 

testamento lírico

 

 

    

No sé si se puede definir la poesía.

Creo y profeso que es indefinible y se manifiesta en aquel momento de nuestra expresión en el cual las cosas que más queremos, que más nos inquietan y atormentan nuestro pensamiento, que más estrechamente pertenecen a la razón misma de nuestra vida, se nos presentan en su más humana verdad, pero con una vibración tal que casi parece sobrepasar la fuerza del hombre, y no puede ser nunca conquista de tradiciones ni de estudio, aun cuando se alimente sustancialmente de ambas.

La poesía es por tanto un don, como se considera normalmente, o, mejor dicho, es fruto de un momento de gracia al cual no ha sido extraña, especialmente en las lenguas de la vieja cultura, una paciente, desesperada solicitud.

Esto me lleva a considerar también el hecho de que los modos de la poesía son numerosos, al igual que los poetas de todos los tiempos tanto como los venideros.

Son modos innumerables aun cuando el discurso se limite a considerar la poesía oral o verbalmente transmitida, de la cual venga a quedar huella; de otra forma no po­dría decirse que cada ser humano tiene sus momentos de efusión poética.

He fijado así ya tres puntos: que la poesía es de todos, que brota de una experiencia estrictamente personal, y que por tanto ella debe llevar en su expresión el rasgo inconfundible de la individualidad de quien la expresa.

Y debe tener al mismo tiempo esos caracteres de anonimato por los cuales es poesía, y por los cuales no es extraña a ningún ser humano.

Eran todos los puntos que llegaron a constituir para mí un propósito claro desde los inicios de mi trabajo.

 

 

En esos años se desarrollaba históricamente un período de incertidumbre y confusión, y con esto no quiero decir que el actual sea más ordenado y estable; pero hoy quizás en Europa se sepa mejor dónde se encuentra la poesía y cuáles son sus metas.

 

Se tenía en aquel entonces la impresión, entre los jóvenes, de que después de Fóscolo, Leopardi y Manzoni no habían existido poetas entre nosotros, de que se había roto una tradición, de que los poetas que siguieron no tenían nada en común aparte de las palabras, con nuestra civilización.

 

Eramos injustos, exagerábamos; sin embargo, forma parte del orden de la naturaleza el hecho de que los hijos se afirmen rebelándose contra los padres. De todas formas, nos repugnaba hasta las raíces mismas de nuestras almas el decadentismo, esa escuela cuyos maestros y ridículos epígonos se consideraban los últimos sobrevivientes de una sociedad que era preciso exaltar, como la vida misma, con poses neronianas.

 

    

Hay que tomar muy en cuenta este hecho: era justo que los jóvenes de entonces sintiesen que había que reanudar el discurso desde el principio, que todo estaba por rehacer.

Los futuristas en cierta forma habrían podido lograrlo, si no hubiesen prestado tanta atención a los medios que los adelantos científicos dieron al hombre cuando por el contrario la conciencia del hombre debía dominar moralmente esos medios.

Se engañaron sobre todo porque habían tomado como propias las más absurdas ilusiones del Decadentismo, y creyeron que de la guerra y la destrucción podrían brotar una nueva fuerza y una nueva dignidad. Hasta pensaron en destruir la lengua, para devolverle eficacia y gloria.

 

Sin presumir sobre la importancia de mis primeros esfuerzos, ni subestimar a mis coetáneos Futuristas, Crepusculares o Vociani [Grupo literario formado alrededor de lo revista “La Voce”. N d. T.] entre los cuales di mis primeros pasos, no creo pueda contradecirse lo que la crítica ha reconocido: comprendí claramente que la palabra estaba llamada a nacer por una tensión expresiva que la colmara de la plenitud de su significado.

 

La palabra atropellada por las ostentosas vacuidades de una oratoria, detenida en caprichos decorativos y estéticos, aprisionada entre bosquejos pintorescos, o sensuales melancolías, tras fines no puramente subjetivos y universales, me parecía fallar en su objetivo poético.

 

     

 

Pero fue durante la guerra, fue la vida mezclada al gran sufrimiento de la guerra, fue aquel primitivismo, sentimiento inmediato y sin velos, horror de la naturaleza y generosidad otra vez hecha instintivamente por la naturaleza, espontánea e inquieta identificación con la esencia cósmica de las cosas; fue lo que de cada soldado en lucha contra la ceguera de las cosas, el caos y la muerte, hada un ser que en un instante se remontaba a los orígenes, obligado a erguirse en medio de la soledad y de la fragilidad del destino humano; fue lo que perturbaba a aquellos seres, lo que les hacía sentir hacia sus semejantes a la vez miedo, angustia y una solidaridad paterna; fue ese estado de extrema lucidez y de extrema pasión, lo que arraigó en mi alma la necesidad de la misión ya presentida, si es que debía atribuirme alguna misión, si una misión debía yo atribuirme, y siempre y cuando fuese capaz de cumplirla en nuestras letras.

Si la palabra fue desnuda, si se detuvo en cada cadencia del ritmo, en cada latido del corazón, si se aisló momento por momento en su verdad, fue porque antes que nada el hombre se sintió hombre, religiosamente hombre, y le pareció ser aquélla la revolución que necesariamente, en esas circunstancias históricas, debía brotar de las palabras.

 

 

Las condiciones de nuestra poesía y de la poesía de otros países, en aquel momento, no exigían otras reformas, sino ésta fundamental.

Durante los años siguientes a la primera guerra mundial se originó una extraña teoría que tuvo amplia acogida. Fueron algunos escritores, mis colegas de la revista La Ronda, quienes la sostuvieron: para ellos el verso estaba muerto y enterrado, la poesía moderna no podía encontrar su forma sino en una prosa copiosa.

Me quedé solo, durante casi dos lustros, en el intento de demostrar polémicamente, y con las pruebas de mi trabajo, que el canto tenía aún y siempre exigencias métricas mucho más rigurosas.

Fueron las preocupaciones de aquel momento las que me llevaron, desde la búsqueda de una perfecta coincidencia entre la tensión rítmica del vocablo y su calidad expresiva, mi principal anhelo durante la composición de Alegría, a búsquedas más complejas de unidad verbal.

Habiéndole devuelto al ritmo su función, creí que también el verso podría reconquistar la suya, tal como le había sido indicada al oído italiano por la naturaleza fónica de nuestras palabras y por la tradición sintáctica y armónica transmitida a las formas por siglos de una experiencia sin par.

Fue tarea dificilísima y obstinada, tan corrompido estaba nuestro oído.

 

 

   

Pero tengo que decir que yo no procedía desde lo externo, que no bastaba aplicar a las palabras un esquema métrico: se trataba de lograr que las palabras tomasen en forma natural aquella desenvoltura del movimiento rítmico, que las uniese métricamente en forma armoniosa, es decir, en forma tal que su significado alcanzase la mayor fuerza emotiva y el mayor relieve de exactitud expresiva.

Tampoco la métrica es académica, está vinculada a la vida de las palabras, y ya conocemos la profunda reforma que se operó desde Dante a Petrarca, es decir, en el lapso de pocos años.

Más aún, sabemos que a Leopardi, que utilizaba la Canción petrarquista, se le presentó la necesidad de tener que descomponer por completo tal esquema, {y lo logró, por

ejemplo, en La Retama), para alcanzar cabalmente la elocuencia inspirada por su singular genio.

 

La métrica es un hecho de considerable función en la poesía; pero un hecho que, en relación al discurso humano, tendrá siempre un valor subordinado. El hecho capital en el discurso humano son las cosas que se deben afirmar, para formación de todos, para conocerse a sí mismo.

Si yo, en aquel momento, medité sobre la memoria, no fue tanto porque me estimulasen los progresos técnicos por alcanzar, sino más bien por la plenitud de significado que ella debía otorgar a la palabra, dándole peso, extendiendo y profundizando sus perspectivas.

 

Una palabra que posee vida de siglos, que en tan larga historia refleja tantas cosas diferentes. que nos pone en comunicación con tantas personas cuya presencia física sobre la tierra ha desaparecido, pero no la espiritual, pues dentro de nosotros obran todavía sus voces; una palabra que puede en su vida transmitirnos historia, para dolor o consuelo nuestro, el milenario acontecer del dramático pueblo al que pertenecemos; tal palabra, que ya había atraído con tanta verdad y belleza de efectos a Leopardi, podría aún sugerir a un poeta moderno el camino mejor para enriquecerse moralmente y enriquecer sus expresiones líricas.

 

Fue en tal forma como llegué a sentir que mi poesía tenía que compenetrarse siempre más de la memoria como tema sustancial.

 

La misma antinomia del individuo frente a la sociedad moderna, la misma posición del hombre frente a Dios. la misma humanidad del hombre, un ser por naturaleza y por su voluntad tan grande y tan frágil, la misma causalidad y la misma finalidad que desde el comienzo hasta la consunción de los siglos unen al hombre en la misma tragedia, -infinitas veces repetidas en los nacimientos, en las muertes, en la inquietud, en el odio y en el amor- todo se me presentaba como algo único en mi meditación sobre la memoria.

Los paisajes mismos cobraban vida dentro de mí a la luz del recuerdo.

El presentimiento de catástrofe que experimentaba reflexionando sobre la crisis polhica y social de nuestros tiempos, sobre la irremediable insensatez de los hombres; mi propio batallar contra la incertidumbre frente a la idea de lo sobrenatural, mis mismos pasos de un error a una ilusión antes d e entrever la verdad suprema que todo asevera, todo absorbía para mi el ímpetu y el sufrimiento de la facultad de recordar que posee el hombre. por la cual el hombre es hombre.

 

    

Sin embargo, si la memoria no encerrase en sí una antítesis que la mueve y la hace, a pesar de todo, placentera, sería desesperación y llevaría al suicidio, no a la poesía.

La memoria conduce a la poesía porque lleva al hombre y a la palabra a ese acto de renovación del universo por el cual la humanidad hace en la tierra su largo viaje de expiación.

Extrema aspiración de la poesía es la de cumplir, en las palabras, el milagro de un mundo resucitado en su fuerza originaria y resplandeciente de felicidad. Alcanzan a veces las palabras, en los más elevados momentos de los más elevados poetas, esa belleza perfecta que fue la idea divina del hombre y del mundo en el acto de amor en el cual fueron creados.

Hace años, alguien me preguntó cuál era mi posición frente a aquellos escritores que quieren establecer un equilibrio entre expresión artística y actividad social.

Contesté: ‘No son los hechos externos los que hacen al escritor: es el escritor quien juzga a través de su obra hechos por los cuales, si es un verdadero escritor, nunca podrá ser determinado’.

Es verdad natural el hecho de cada hombre, y también el escritor está dentro de la historia y no fuera de ella; pero aquel escritor que no logra expresar la historia en su obra, infundiéndole aliento y dándole el sello de su propio existir, es un escritor menor a quien dicha historia no tomará en cuenta.

    

Un escritor, un poeta, está siempre, en mi opinión, comprometido en hacer reencontrar al hombre las fuentes de la vida moral que las estructuras sociales, sea cual fuere su constitución, tienden

a corromper o distanciar.

 

En otros términos, yo quería sugerir que el poeta, cuando logra expresarse, está enraizado en la historia, y no puede, si es poeta, ignorar el sufrimiento humano que lo rodea; pero, y sobre todo quería señalar que al poeta le es imposible, si logra expresarse, no sentirse naturalmente llevado a dar a sus palabras por los caminos que le son propios y no le pueden ser impuestos, un sentido de fractura con los límites de la historia, de liberación de las condiciones y determinaciones de la historia.

El anhelo de libertad está en la esencia misma de la poesía, y me apoyaré para ser comprendido mejor en el pasaje más hermoso del Diálogo de Timandro y Leandro, de Leopardi:

 

“Si algún libro moral nos pudiese ayudar, pienso que ayudarían mucho los poéticos: digo los poéticos en sentido amplio, o sea los libros destinados a poner en movimiento la imaginación, y entiendo tanto los de prosa como los de versos. Pues bien, yo estimo muy poco aquella poesía que leída y meditada no deja en el alma del lector un sentimiento de nobleza tal, que no le impida durante media hora concebir un vil pensamiento o cometer una acción indigna”.

 

 

En esta reflexión de Leopardi está definido exactamente el poder de liberación al cual yo aludía, y que en mi opinión posee la verdadera poesía. Otro punto también vinculado a mis convicciones personales, es el siguiente: es un error hablar de decadentismo al referirse al arte de hoy en Occidente.

 

Las experimentaciones del decadentismo se remontan a la segunda mitad de siglo XVIII y se cierran con el Coup de dés, de Mallarmé, y con las últimas pinturas de Cézanne, en las cuales aparece el cubismo; se cierran abriendo el camino a nuestras inquietudes.

El sentimiento de la decadencia está vinculado casi exclusivamente a los sentidos, es un sentimiento que da un peso determinante a la historia, al envejecimiento al cual también ella está sujeta, a la historia biológicamente entendida.

En el arte de Occidente, hoy, la percepción del poder de la materia es lo que constituye el resorte de la inspiración. Sentimos que la materia nos aplasta, que los medios de la siempre creciente y aterradora potencia que el saber humano extrae sin cesar de la materia también nos aplastan, haciéndonos parecer cada día más aplastante la materia.

 

 

En sus búsquedas de lenguaje, el poeta ha creído bien dedicarse a encontrar formas en las cuales un equilibrio de liberación, un equilibrio moral pudiese alcanzarse, frente a la opresión de la materia.

No me adentraré a explicar de qué modo en Occidente la música, la poesía y la pintura han tratado de resolver, en sus experimentaciones, tan ordinaria crisis de lenguaje. Además, me parece que también en el campo de la ciencia el lenguaje se enfrenta con una crisis no menor, y podríamos hablar, por ejemplo, del golpe dado a las matemáticas clásicas por la microfísica, debido a lo cual quien siguió los momentos y los desarrollos del debate llamado del determinismo, que empezó hace cincuenta años, y en el cual han participado o participan hombres ilustres como Bohn y Heisenberg, Einstein y Schoedinger, Louis de Broglie y Max Born, sabe que las matemáticas clásicas, y con ellas el determinismo admitido por la antigua física y ligado a la posibilidad de darnos una imagen precisa de la .realidad física dentro del cuadro del espacio y del tiempo, se han vuelto instrumentos de sueños irrealizables.

 

¿Se ha derrumbado entonces aquel monumento de la lógica, honra de la mente humana, que eran las matemáticas clásicas?

 

No, es un instrumento que prestará todavía grandes servicios, y a pesar de todo lo aproximativo que se ha vuelto, en mi opinión quedará en determinados casos como el lenguaje del cual, al tener que expresarse, no pueden prescindir ni siquiera los cultores de la microfísica. En todo caso no se trataría de una crisis de la ciencia, lo que sería algo inconcebible; podría quizás estar en crisis el lenguaje científico, indispensable para razonar con exactitud sobre los datos que posee el saber experimental de hoy día.

 

Pero el lenguaje no es la ciencia, el lenguaje no es tampoco la poesía, y en la poesía la superación de la crisis, la liberación, se da continuamente, cada día, también hoy. Ha habido siempre crisis de lenguaje, aunque quizás no tan asombrosas como la actual: la crisis es continua, pero también continua, en la poesía, puede ser la liberación. En poesía el lenguaje está en incesante formación, e incesantemente da como fruto la poesía.

 

Hay liberación, fruto, cuando a través de cierras formas del arte el hombre, cualquier hombre, llega a dominar moralmente su tiempo, a tal punto que aún reflejando de él los aspectos terribles y los áridos, aún reflejando la cultura y las polémicas que ésta engendra, logra desatar silenciosamente su canto en los arrebatos secretos de su corazón, con un vocabulario esencial, con un ritmo individual y acorde con su tiempo que se pueda comparar al ritmo tradicional.

Así se van remontando en un grito las eras pasadas, hasta el más remoto origen la voz humana; así se supera en la luz de un instante la historia que se hace presente en su nacer, en sus fines, en su cerco, hasta cumplirse.