mi filosofía de vida

 

 

Justo cuando pensé que no había espacio bastante

para otro pensamiento en mi cabeza, tuve esta idea estupenda–

llámalo una filosofía de vida, si te parece. En síntesis,

implicaba vivir como viven los filósofos,

según ciertos principios. Ok, ¿pero cuáles?

Esto resultó lo más difícil, me doy cuenta, pero tenía

cierto tipo de oscura presciencia de lo que sería.

Todo, desde comer melón, o ir al baño,

o quedarse parado en una plataforma del subte, perdido en pensamiento

unos minutos, o preocupándose por las selvas,

estaría afectado, o más precisamente, modulado

por mi nueva actitud. No daría sermones

ni me preocuparía acerca de los niños y los viejos, excepto

de un modo general prescrito por nuestro universo de reloj.

En vez de lo cual, dejaría las cosas ser lo que son,

inyectándoles el serum del nuevo clima moral

en que pensaba haber penetrado, como un extranjero

por accidente empuja un panel y una estantería se desliza,

revelando una escalera de caracol con una luz verdosa

que viene desde abajo, y automáticamente traspasa el umbral

y la estantería se cierra de nuevo, como suele suceder en esas ocasiones.

De repente lo colma una fragancia–no azafrán, no lavanda,

pero algo entre los dos. Piensa en almohadones, como aquél

donde el bull terrier de su tío Boston solía echarse, observándolo

inquisitivo, las puntas de las orejas dobladas hacia delante. Y entonces

empieza el gran apuro. Ninguna idea sale de ahí. Esto alcanza

para que te repugne el pensamiento. Pero luego recuerdas algo que

William James

escribió en alguno de sus libros que nunca leíste–estaba bien,

tenía fineza,

el polvo de la vida, que lo cubría, limpiado por casualidad, sin duda

sin embargo concernido aún

por la evidencia de huellas digitales. Algún otro ya lo había manejado antes de que él lo formulase,

aunque el pensamiento fuese suyo y

sólo suyo.

Está bien, en verano, visitar la costa.

Hay muchos trayectos para hacer allí.

Un monte de pichones de álamos plateados acoge al viajero. Cerca

quedan los mingitorios públicos donde fatigados peregrinos grabaron

sus nombres y direcciones, mensajes también quizá,

mensajes al mundo, mientras permanecían sentados

pensando acerca de lo que harían después de usar el baño

y lavándose las manos en la pileta, antes de salir otra vez

al parque. ¿Habían sido gobernados por principios,

y eran sus palabras filosofía, aunque cruda?

Confieso que no puedo ir más lejos por esta línea de pensamiento–

algo la bloquea. Algo, que no soy suficientemente grande

como para mirarlo desde arriba. O tal vez estoy francamente asustado.

¿Qué había de malo en la manera en que actuaba antes?

Pero tal vez pueda lograr un compromiso–dejaré

que las cosas sean lo que son, de algún modo. En otoño apilaré jaleas

y confituras contra el frío del invierno y la futilidad,

y esto será algo humano, e inteligente asimismo.

No me avergonzarán las observaciones tontas de mis amigos,

ni siquiera las mías propias, aunque por cierto ésta es la parte más difícil,

como cuando estás en un teatro lleno y algo que dices

enfurece al espectador delante de ti, a quien no le gusta siquiera la idea

de que dos personas pximas a él estén conversando. Bueno, hay

que tirarlo por el inodoro, para que los cazadores se venguen de él–

ya que esto funciona en dos direcciones, ¿entiendes? No puedes estar

siempre preocupándote por los otros y concentrarte en ti mismo

a la vez. Eso resultaría abusivo, y tan poco ameno

como asistir a la boda de dos personas que no conoces.

Igual, es muy divertido considerar las lagunas entre las ideas.

¡Están hechas para eso! Ahora quiero que salgas ahí fuera

y disfrutes; y sí, disfruta de tu filosofía de vida, además.

No aparecen todos los días. ¡Mira! Allí hay una grande…

 

 

my philosophy of life

 

 

Just when I thought there wasn’t room enough

for another thought in my head, I had this great idea–

call it a philosophy of life, if you will.Briefly,

it involved living the way philosophers live,

according to a set of principles. OK, but which ones?

That was the hardest part, I admit, but I had a

kind of dark foreknowledge of what it would be like.

Everything, from eating watermelon or going to the bathroom

or just standing on a subway platform, lost in thought

for a few minutes, or worrying about rain forests,

would be affected, or more precisely, inflected

by my new attitude.I wouldn’t be preachy,

or worry about children and old people, except

in the general way prescribed by our clockwork universe.

Instead I’d sort of let things be what they are

while injecting them with the serum of the new moral climate

I thought I’d stumbled into, as a stranger

accidentally presses against a panel and a bookcase slides back,

revealing a winding staircase with greenish light

somewhere down below, and he automatically steps inside

and the bookcase slides shut, as is customary on such occasions.

At once a fragrance overwhelms him–not saffron, not lavender,

but something in between.He thinks of cushions, like the one

his uncle’s Boston bull terrier used to lie on watching him

quizzically, pointed ear-tips folded over. And then the great rush

is on.Not a single idea emerges from it.It’s enough

to disgust you with thought.But then you remember something

William James

wrote in some book of his you never read–it was fine, it had the

fineness,

the powder of life dusted over it, by chance, of course, yet

still looking

for evidence of fingerprints. Someone had handled it

even before he formulated it, though the thought was his and

his alone.

It’s fine, in summer, to visit the seashore.

There are lots of little trips to be made.

A grove of fledgling aspens welcomes the traveler.Nearby

are the public toilets where weary pilgrims have carved

their names and addresses, and perhaps messages as well,

messages to the world, as they sat

and thought about what they’d do after using the toilet

and washing their hands at the sink, prior to stepping out

into the open again.Had they been coaxed in by principles,

and were their words philosophy, of however crude a sort?

I confess I can move no farther along this train of thought–

something’s blocking it.Something I’m

not big enough to see over.Or maybe I’m frankly scared.

What was the matter with how I acted before?

But maybe I can come up with a compromise–I’ll let

things be what they are, sort of.In the autumn I’ll put up jellies

and preserves, against the winter cold and futility,

and that will be a human thing, and intelligent as well.

I won’t be embarrassed by my friends’ dumb remarks,

or even my own, though admittedly that’s the hardest part,

as when you are in a crowded theater and something you say

riles the spectator in front of you, who doesn’t even like the idea

of two people near him talking together. Well he’s

got to be flushed out so the hunters can have a crack at him–

this thing works both ways, you know. You can’t always

be worrying about others and keeping track of yourself

at the same time.That would be abusive, and about as much fun

as attending the wedding of two people you don’t know.

Still, there’s a lot of fun to be had in the gaps between ideas.

That’s what they’re made for!Now I want you to go out there

and enjoy yourself, and yes, enjoy your philosophy of life, too.

They don’t come along every day. Look out!There’s a big one…

 

 

 

 

versión de roberto echevarren

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario