El delirio

 

El sol está alto y fuerte cuando se levanta. Busca las pantuflas debajo de la cama, palpando con los pies,

mientras se abriga en el pijama de franela. El sol empieza a cubrir el ropero, reflejando en el suelo el

amplio cuadrado de la ventana.

Siente la cabeza endurecida en la nuca, los movimientos tan difíciles. Los dedos de los pies son

cualquier cosa helada, impersonal. Y los maxilares sujetos, cerrados. Va hasta el lavabo, llena las manos

de agua, bebe ávidamente y ésta se menea dentro de él como en un frasco vacío. Se moja la cabeza y

respira desahogado.

Desde la ventana observa la calle clara y con movimiento. Los chiquillos juegan a las canicas a la

puerta de la Confitería Mascote, un carro toca el claxon junto al bar. Las mujeres, con la bolsa en la

mano, sudadas, vienen del mercado. Pedazos de nabos y lechugas se mezclan con el polvo de la calle

estrecha. Y el sol, puro y cruel, extendido por encima de todo.

Se aleja con disgusto. Vuelve hacia dentro, mira la cama revuelta, tan familiar después de la noche

insomne… La Virgen Madre destaca ahora, nítida y dominante, bajo la luz del día. Con las sombras, ella

también como un bulto, es más fácil no creer. Va caminando despacio, arrastrando las piernas

desganadas, levanta las sábanas, golpea la almohada grande y se mete de nuevo, con un suspiro. Se

vuelve tan humilde delante de la calle viva y del sol indiferente… En su cama, en su cuarto, con los ojos

cerrados, él es rey.

Se encoge profundamente, como si en el exterior lloviera, lloviera, y aquí unos brazos silenciosos y

tibios lo atrajeran y lo transformaran en un niño pequeño, pequeño y muerto. Muerto. Ah, es el delirio…

Es el delirio. Una luz muy suave se expande sobre la Tierra como un perfume. La luna se diluye

lentamente y un sol-niño se despereza con los brazos translúcidos… Frescos murmullos de aguas puras

que se abandonan a los declives. Un par de alas danza en la atmósfera rosada. Silencio, mis amigos. El

día va a nacer.

Un quejido lejano viene subiendo desde el cuerpo de la Tierra… Hay un pájaro que huye, como

siempre. Y ésta, jadeante, se rompe de repente con un estruendo, en una amplia herida… ¡Ancha como el

océano Atlántico y no como un río loco! Vomita borbotones de barro a cada grito.

Entonces el sol endereza el tronco y surge entero, poderoso, sangriento. Silencio, amigos. Mis

grandes y nobles amigos, vais a asistir a una lucha milenaria. Silencio. Shhh…

De la tierra rasgada y negra, surgen uno a uno, ligeros como un soplo de un niño dormido, pequeños

seres de luz pura, apenas tocando en el suelo los pies transparentes… Colores lilas flotan en el espacio

como mariposas. Delgadas flautas se levantan hacia el cielo y melodías frágiles revientan en el aire como

burbujas. Las formas róseas continúan brotando de la tierra herida.

De repente, un nuevo rugido. ¿La Tierra está teniendo hijos? Las formas se disuelven en el aire,

asustadas. Las corolas se marchitan y los colores oscurecen. Y la Tierra, con los brazos contraídos de

dolor, se abre con nuevas grietas negras. Un fuerte olor a barro triturado se arrastra en una densa

humareda.

Un siglo de silencio. Y las luces reaparecen tímidas, todavía trémulas. De las grutas jadeantes y

sangrientas nacen otros seres, ininterrumpidamente. El sol desgaja las nubes y salpica un tibio brillo. Las

flautas deshilan cantos agudos como suaves carcajadas y las criaturas ensayan una danza ligerísima…

Sobre las heridas oscuras pululan flores menudas y olorosas…

La Tierra continuamente agotada se marchita, se marchita en dobleces y arrugas de carne muerta. La

alegría de los nacidos está en su auge y el aire es puro sonido. Y la Tierra envejece rápida… Nuevos

colores emergen de las desgarraduras profundas. El globo gira ahora lentamente, lentamente, cansado.

Muriendo. Un pequeño ser de luz nace todavía, como un suspiro. Y la Tierra se sume.

Sus hijos se asustan… Interrumpen las melodías y las danzas ligeras… Aletean en el aire las alas

finas en un zumbido confuso.

Todavía brillan un momento. Después desfallecen exhaustos y, en una ciega línea recta, se sumergen

vertiginosamente en el Espacio…

¿De quién fue la victoria? Se yergue un hombre pequeñito, desde la última fila. Dice, con la voz en

eco, extrañamente perdida:

—Yo puedo informar quién ganó.

Todos gritan, repentinamente furiosos.

—¡La jaula no se manifiesta! ¡La jaula no se manifiesta!

El hombrecito se intimida; no obstante, continúa:

—¡Pero yo sé! Yo sé: la victoria fue de la Tierra. Fue su venganza, fue la venganza…

Todos lloran. «Fue la venganza» se aproxima, se aproxima, se agiganta cerca de todos los oídos

hasta que revienta en un rabioso fragor. Y en el silencio brusco, el espacio está repentinamente gris y

muerto.

Abre los ojos. La primera cosa que ve es un pedazo de madera blanca. Mirando hacia delante observa

nuevas tablas, todas iguales. Y en medio de todo, colgando, un animal raro que brilla, brilla y mete las

uñas largas y centelleantes en sus pupilas, hasta alcanzar la nuca. Es verdad que si baja los párpados, la

araña recoge las uñas y se reduce a una mancha roja e inmóvil. Pero es una cuestión de honor. Quien se

debe retirar es el monstruo. Grita y apunta:

—¡Salte! ¡Tú eres de oro, pero salte!

La muchacha morena, con vestido claro, se levanta y dice:

—Pobrecito. La luz lo está molestando.

La apaga. Él se siente humillado, profundamente humillado. ¿Entonces? Sería tan fácil explicar que

era un foco… Sólo para herirlo. Vuelve la cabeza hacia la pared y empieza a llorar. La muchacha morena

da un pequeño grito:

—¡Pero no haga eso, mi bien!

Pasa la mano por su cabeza, la alisa despacio. Mano fresca, pequeña, que va dejando tras de sí una

porción donde ya no permanece el pensamiento. Todo estaría bien si las puertas no golpearan tanto. Él

dice:

—La Tierra se marchitó, muchacha, se marchitó. Yo ni sabía que dentro de ella hubiera tanta luz…

—Pero ya la he apagado… Vea si puede dormir.

—¿La has apagado? —procura mirarla a través de la oscuridad—. No, se apagó por sí misma.

Ahora tan sólo quisiera saber esto: si la Tierra pudiera haber escogido, ¿se negaría a crear, solamente

para no morir?

—Pobre… Está pero con mucha fiebre. Si durmiera, estoy segura de que mejoraba.

—Después se vengó. Porque los seres creados se sentían tan superiores, tan libres, que imaginaron

poder pasar sin ella. Pero siempre se venga.

La muchacha morena ahora mezcla sus dedos con sus cabellos húmedos, le revuelve las ideas con

movimientos suaves. Él la toma del brazo, recorre sus dedos por aquellos dedos finos. La palma es

blanda. Junto a la uña, un poco áspera. Recarga la boca en su dorso y la va pasando por todos los

caminos, minuciosamente, con los ojos muy abiertos en la oscuridad. La mano procura huir. Él la retiene.

Ésta permanece. El pulso, fino y tierno, hace tic tic tic. Es una palomita que él ha aprisionado. La

palomita está asustada y su corazón hace tic tic tic.

—¿Éste es un momento? —pregunta en voz muy alta—. No, no lo es ya. ¿Y éste? Ahora ya tampoco.

Sólo se tiene el momento que viene. El presente ya es pasado. Estira los cadáveres de los momentos

muertos encima de la cama. Cúbrelos con una sábana blanca, ponlos en un ataúd de niño. Ellos murieron

chiquitos todavía, sin pecado. ¡Yo quiero los momentos adultos!… Muchacha, aproxímate, yo quiero

confiarte un secreto: muchacha, ¿qué es lo que hago? Ayúdame, que mi tierra se está marchitando…

¿Después qué va a ser de mi luz?

El cuarto está tan oscuro. ¿Dónde está la Virgen Madre que la tía le metió en la maleta, antes de

venirse? ¿Dónde está? Siente al principio algo moviéndose junto a él. Entonces en su boca enjuta dos

labios frescos se posan levemente, después con más firmeza. Ahora sus ojos ya no queman. Ahora sus

sienes dejan de latir porque dos mariposas húmedas flotan sobre ellas. Vuelan en seguida.

Él se siente bien, con mucho, mucho sueño…

—Muchacha…

Se duerme.

Está ahora en la terraza de la habitación de doña Marta, la que da hacia el huerto grande. Lo

llevaron para allá, lo sentaron sobre una silla de descanso de mimbre, con una manta enrollada en los

pies. A pesar de haber sido cargado como un bebé, se cansó. Piensa que incluso un incendio no lo haría

levantarse ahora. Doña Marta se seca las manos con el delantal.

—Entonces, joven, ¿cómo sigue de sus piernas? La pensión es mía, tengo el gusto de que usted viva

aquí. Pero, negocio aparte, yo le aconsejaría volver al Norte. Únicamente su familia cuidaría de su

reposo, de la hora exacta para dormir y comer… Al doctor no le gustó cuando le conté que usted se

quedaba con la luz encendida hasta la madrugada, leyendo y escribiendo… No es debido a la

electricidad, pero, válgame Dios, eso no es vida de gente…

Él apenas pone atención. No puede pensar mucho, la cabeza queda hueca de repente. Los ojos se

sumen, cansados.

Doña Marta guiña un ojo.

—Mi ahijada ha venido a hacerle otra pequeña visita…

La muchacha entra. Él la mira. Ella se confunde, se ruboriza. ¿Qué ha habido, entonces? El siente en

las manos el toque de una piel medio áspera. En la cabeza… En los labios… La mira fijamente. ¿Qué

sucedió? Su corazón se acelera, late con fuerza. La muchacha sonríe. Permanecen callados y se sienten

bien.

Su presencia fue como una suave sacudida. Ahora ya la melancolía lo abandona y, más ligero, tiene

el placer de estirarse sobre la silla. Estira las piernas, aparta la manta. Ya no hace frío y la cabeza no

está tan vacía. Es verdad que también siente la fatiga que lo sujeta al asiento, blandamente, en la misma

posición. Pero se abandona a ésta voluptuosamente, observando con benevolencia ese deseo confuso de

respirar mucho, muy fuerte, de descubrirse al sol, de tomar la mano de la muchacha.

Hace tanto tiempo no se observa, nada se concede… Está joven, viéndolo bien, está joven… Sonríe,

de pura alegría, casi infantil. Algo suave brota del pecho en ondas concéntricas y se esparce por todo el

cuerpo como ondas musicales. Y el buen cansancio… Le sonríe a la muchacha, la mira reconocido, la

desea ligeramente. ¿Por qué no? Una aventura, sí… Doña Marta tiene razón. Su cuerpo también reclama

sus derechos…

—¿Tú me hiciste antes otra visita? —arriesga.

Ella dice que sí. Se comprenden. Sonríen.

El respira más profundamente, contento consigo mismo. Pregunta animado:

—¿Te acuerdas de cuando el hombrecito de la última fila se levantó y dijo: «Lo sé… y…»?

Se detiene asustado. ¿Qué está diciendo? Frases locas que se escaparon, sin raíces… ¿Entonces? Los

dos se quedan serios. Ella, ahora retraída, dice cortésmente, con frialdad:

—No se asuste. Usted tuvo mucha fiebre, deliró… Es natural que no se acuerde del delirio… ni de

otra cosa.

Él depara en ella desilusionado.

—Ah, el delirio. Disculpa, al final uno no sabe lo que sucedió realmente y lo que fue mentira…

Ella ahora es una extraña. Fracaso. La mira por detrás, observa su perfil común, delicado.

Pero esa desgana en el cuerpo… El calor.

—Pues yo me acuerdo de todo —dice de repente, resuelto a intentar la aventura de cualquier

manera.

Ella se perturba, enrojece de nuevo.

—¿Cómo…?

—Sí —dice más calmado y repentinamente casi con indiferencia—. Me acuerdo de todo.

Ella sonríe. Apenas sabe, piensa él, cuánto significa esta sonrisa: una ayuda para que él entre por un

camino más cómodo, en el que se permita más… Doña Marta tal vez tenga razón y, con la suavidad de la

convalecencia, concuerda con ella. Sí, piensa un poco reluctante, ser más humano, despreocuparse, vivir.

Corresponde a la mirada de la muchacha.

Sin embargo, no experimenta un alivio especial después de la resolución de seguir una vida más

fácil. Al contrario, siente una ligera impaciencia, unas ganas de esquivarse como si lo estuvieran

empujando. Invoca un pensamiento poderoso que lo haga posar sosegado sobre la idea de modificarse:

otra enfermedad de éstas y tal vez quede inutilizado.

Continúa, no obstante, inquieto, con una fatiga previa por lo que seguirá. Busca el paisaje,

insatisfecho de repente, sin saber por qué. La terraza se llena de sombras. ¿Dónde está el sol? Todo se ha

oscurecido, hace frío. Hay un momento en que siente la oscuridad incluso dentro de él, un vago deseo de

diluirse, de desaparecer. No desea pensar, no puede pensar. Sobre todo, no decidir nada mientras tanto.

Pospone, cobarde. Aún está enfermo.

La terraza da hacia la arboleda densa. A media luz, los árboles se balancean y gimen como

viejecitas resignadas. Ah, se sumirá en la silla infinitamente, sus piernas se irán a deshacer, nada quedará

de él…

El sol reaparece. Sale lentamente por detrás de la nube y surge entero, poderoso, sangriento…

Salpica su brillo sobre el bosquecito. Y ahora su susurro es el canto suavísimo de una flauta transparente,

levantada hacia el cielo…

Se endereza sobre la silla, un poco sorprendido, deslumbrado. Pensamientos de alborozo se

entrecruzan de repente en su cabeza… Sí, ¿por qué no? Incluso el hecho de que la muchacha morena…

¿Todo el delirio le surge ante los ojos? Como un cuadro… Sí, sí… Se anima. Pero qué material poético

encierra… «La Tierra está teniendo hijos.» ¿Y la danza de los seres sobre las heridas abiertas? El calor

le vuelve al cuerpo en leves ondas.

—Hazme un favor —dice ávidamente—, llama a doña Marta…

Ella viene.

—¿Me quiere traer un cuaderno que está encima de mi mesa? Y un lápiz también…

—Pero… Usted no puede trabajar ahora… Apenas se levantó de la cama… Está flaco, pálido, parece

que le chuparon toda la sangre de adentro…

Él se detiene, de repente pensativo. Y principalmente si ella supiera el esfuerzo que le costaba

escribir… Cuando empezaba, todas sus fibras se erizaban, irritadas y magníficas. Y mientras cubría el

papel con letras nerviosas, mientras no sentía que éstas eran su prolongación, no cesaba, extenuándose

hasta el fin… «La Tierra, los brazos contraídos de dolor…» Sí, su cabeza ya se siente dolorida, pesada.

Pero podría contener su luz, ¿para preservarse?

Sonríe con una sonrisa triste, una nadita de orgullo tal vez, pidiendo disculpas a doña Marta. A la

muchacha, por la aventura frustrada. A sí mismo, sobre todo.

—No, la Tierra no puede escoger —concluye ambiguamente—. Pero después se venga.

Doña Marta menea la cabeza. Va a traer papel y lápiz.

 

 

 

 

O Delírio

 

O dia está alto e forte quando se levanta. Procura os chinelos embaixo da cama, tateando

com os pés, enquanto se aconchega no pijama de flanela. O sol começa a cobrir o guarda-roupa,

refletindo no chão o largo quadrado da janela.

Sente a cabeça endurecida na nuca, os movimentos tão difíceis. Os dedos dos pés são

qualquer coisa gelada, impessoal. E os maxilares presos, cerrados. Vai até a pia, enche as mãos de

água, bebe avidamente e ela se balança dentro dele como num frasco vazio. Molha a testa e respira

desafogado.

Da janela enxerga a rua clara e movimentada. Guris brincam de botão à porta da

Confeitaria Mascote, um carro buzina junto ao botequim. As mulheres, de sacola na mão, suadas,

vêm da feira. Pedaços de nabos e alfaces se misturam à poeira da rua estreita. E o sol, puro e cruel,

espalhado por cima de tudo.

Afasta-se com desgosto. Volta para dentro, olha a cama desfeita, tão familiar após a noite

insone… a Virgem-Mãe agora se destaca, nítida e dominadora, sob a luz do dia. Com as sombras,

ela também um vulto, é mais fácil descrer. Vai andando devagar, arrastando as pernas moles, levanta

os lençóis, bate no travesseiro e mete-se lá dentro, com um suspiro. Torna-se tão humilde diante da

rua viva e do sol indiferente… Na sua cama, no seu quarto, os olhos fechados, ele é rei.

Encolhe-se profundamente, como se lá fora chovesse, chovesse, e aqui uns braços

silenciosos e mornos atraíssem-no e o transformassem num menino pequeno, pequeno e morto.

Morto. Ah, é o delírio… É o delírio. Uma luz muito doce se espalha sobre a Terra como um

perfume. A lua dilui-se lentamente e um sol-menino espreguiça os braços translúcidos… Frescos

murmúrios de águas puras que se abandonam aos declives. Um par de asas dança na atmosfera

rosada. Silêncio, meus amigos. O dia vai nascer.

Um queixume longínquo vem subindo do corpo da Terra… Há um pássaro que foge, como

sempre. E ela, arquejante, rompe-se de súbito com estrondo, numa ferida larga… Larga como o

Oceano Atlântico e não como um rio louco! Vomita borbotões de barro a cada grito.

Então o sol apruma o tronco e surge inteiro, poderoso, sangrento. Silêncio, amigos. Meus

grandes e nobres amigos, ides assistir a uma luta milenar. Silêncio. S-s-s-s…

Da Terra rasgada e negra, surgem um a um, leves como o sopro de uma criança adormecida,

pequenos seres de luz pura, mal pousando no solo os pés transparentes… Cores lilases flutuam no

espaço como borboletas. Delgadas flautas erguem-se para o céu e melodias frágeis rebentam no ar

como bolhas. As róseas formas continuam a brotar da terra ferida.

De repente, novo rugido. A Terra está tendo filhos? As formas dissolvem-se no ar,

assustadas. Corolas murcham e as cores escurecem. E a Terra, os braços contraídos de dor, abre-se

em novas fendas negras. Um forte cheiro de barro machucado arrasta-se em densa fumaça.

Um século de silêncio. E as luzes reaparecem tímidas, ainda trêmulas. Das grutas

resfolegantes e sangrentas nascem outros seres, ininterruptamente. O sol esgarça as nuvens e

respinga morno brilho. As flautas desfiam cantos agudos como suaves gargalhadas e as criaturas

ensaiam uma dança levíssima… Sobre as feridas escuras pululam flores miúdas e cheirosas…

A Terra continuamente exaurida murcha, murcha em dobras e rugas de carne morta. A

alegria dos nascidos está no auge e o ar é puro som. E a Terra envelhece rápida… Novas cores

emergem dos rasgões profundos. O globo gira agora lentamente, lentamente, cansado. Morrendo.

Um pequeno ser de luz nasce ainda, como um suspiro. E a Terra se some.

Seus filhos se assustam… interrompem as melodias e as danças ligeiras… Esbatem no ar as

asas finas num zumbido confuso.

Um momento ainda brilham. Depois desfalecem exaustos e em cega linha reta afundam

vertiginosamente no Espaço…

A vitória de quem foi? Ergue-se um homem pequenino, da última fila. Diz, a voz em eco,

estranhamente perdida:

– Eu posso informar quem ganhou.

Todos gritam, subitamente furiosos.

– A galeria não se manifesta! A galeria não se manifesta!

O homenzinho intimida-se, porém continua:

– Mas eu sei! Eu sei: a vitória foi da Terra. Foi a sua vingança, foi a vingança…

Todos choram. “Foi a vingança” aproxima-se, aproxima-se, agiganta-se perto de todos os

ouvidos até que, enorme, rebenta em raivoso fragor. e no silêncio brusco, o espaço é subitamente

cinzento e morto.

Abre os olhos. A primeira coisa que vê é um pedaço de madeira branca. Olhando para

adiante enxerga novas tábuas, todas iguais. E no meio de tudo, pendente, um esquisito animal que

brilha, brilha e enfia as unhas compridas e cintilantes pelas suas pupilas, até atingir a nuca. É

verdade que se abaixar as pálpebras, a aranha recolhe as unhas e reduz-se a uma nódoa vermelha e

móvel. Mas é uma questão de honra. Quem deve se retirar é o monstro. Grita e aponta:

– Saia! Você é de ouro, mas saia!

A moça morena, de vestido claro, levanta-se e diz:

– Coitadinho. A luz está incomodando.

Torce o comutador. Ele se sente humilhado, profundamente humilhado. Então? Seria tão

fácil explicar que era um lâmpada… Só para feri-lo. Volta a cabeça para a parede e começa a chorar.

A moça morena dá um gritinho:

– Mas não faça isso, meu bem!

Passa a mão pela sua testa, alisa-a devagar. Mão fresca, pequena, que vai deixando atrás de si

um pedaço onde não fica mais pensamento. Tudo seria bom se as portas não batessem tanto. Ele

diz:

– A Terra murchou, moça, murchou. Eu nem sabia que dentro dela tinha tanta luz…

– Mas eu já apaguei… Veja se dorme.

– Você apagou? – procura enxergá-la através do escuro. – Não, ela apagou-se por si mesma.

Agora eu só queria saber isto: se ela pudesse ter escolhido, negar-se-ia a criar, somente para não

morrer?

– Coitado… Você está mas é com muita febre. Se dormisse na certa melhorava.

– Depois ela se vingou. Porque os seres criados sentiam-se tão superiores, tão livres que

imaginaram poder passar sem ela. Ela sempre se vinga.

A moça morena agora mistura seus dedos com os seus cabelos úmidos, revolve-lhe as ideias

com movimentos suaves. Ele pega-lhe no braço, desfia seus dedos por aqueles dedos finos. A palma

é macia. Junto da unha um pouco áspero. Encosta a boca no seu dorso e vai passando-a por todos

os caminhos, minuciosamente, os olhos muito abertos na escuridão. A mão procura fugir. Ele a

retém. Ela fica. O pulso. Fino e tenro, faz tic-tic-tic. É uma pombinha que ele aprisionou. A

pombinha está assustada e seu coração faz tic-tic-tic.

– Este é um momento? Pergunta em voz bem alta. Não, já não é mais. E este? Já agora

também não. Só se tem o momento que vem. O presente já é passado. Estire os cadáveres dos

momentos mortos em cima da cama. Cubra-os com um lençol alvo, ponha-os num caixão de

menino. Eles morreram crianças ainda, sem pecado. Eu quero momentos adultos!… Moça,

aproxime-se, eu quero lhe confiar um segredo: moça, que é que eu faço? Me ajude, que minha terra

está murchando… Depois o que vai ser de minha luz?

O quarto está tão escuro. Onde a Virgem-Mãe que a tia meteu-lhe na mala, antes da

partida? Onde está? Sente a princípio alguma coisa movendo-se junto dele. Então na sua boca

enxuta dois lábios frescos pousam de leve, depois com mais firmeza. Agora seus olhos já não

queimam. Agora suas têmporas deixam de latejar porque duas borboletas úmidas pairam sobre elas.

Voam em seguida.

Ele se sente bem, com muito, muito sono…

– Moça…

Adormece.

Está agora no terraço do quarto de D. Marta, o que dá para o grande quintal. Levaram-no

para lá, sentaram-no sobre uma espreguiçadeira de vime, um cobertor enrolado nos pés. Apesar de

ter sido carregado como um bebê, cansou-se. Pensa que mesmo um incêncio não o faria levantar-se

agora. D. Marta enxuga as mãos no avental.

– Então, seu moço, como vai de pernas? A pensão é minha, faço gosto em que o senhor

more aqui. Mas, negócio de lado, eu lhe aconselharia a voltar para o Norte. Só a família mesmo

pregaria o senhor do descanso, com hora certa de dormir e de comer… O doutor não gostou

quando eu contei que o senhor ficava de luz acesa até de madrugada, lendo, escrevendo… Não é só

por causa da eletricidade, mas, Deus nos valha, isso não é vida de gente…

Ele mal presta atenção. Não pode pensar muito, a cabeça fica oca de repente. Os olhos se

afundam, cansados.

D. Marta pisca um olho.

– Minha afilhada veio fazer outra visitinha…

A moça entra. Ele olha-a. Ela se confunde, cora. Que houve, então? Ele sente nas mãos o

toque de uma pele meio áspera. Na testa… Nos lábios… Olha-a com fixidez. Que aconteceu? Seu

coração se acelera, pulsa com força. A moça sorri. Ficam calados e sentem-se bem.

Sua presença foi como uma suave sacudidela. Já agora a melancolia o abandona e, mais leve,

tem prazer em se estirar sobre a cadeira. Estende as pernas, afasta o cobertor. Não faz mais frio e a

cabeça não está tão vazia. É verdade que há também a fadiga que o prende ao assento, molemente,

observando com benevolência aquele seu desejo confuso de respirar muito, bem forte, de se

descobrir ao sol, de pegar na mão da moça.

Há tanto tempo não se enxerga, nada se concede… É jovem, afinal, é jovem… Sorri, de pura

alegria, quase infantil. Qualquer coisa suave brota do peito em ondas concêntricas e espalha-se por

todo o corpo como vagas musicais. E o bom cansaço… Sorri para a moça, olha-a reconhecido,

deseja-a levemente. Por que não? Uma aventura, sim… D. Marta tem razão. E seu corpo também

reclama direitos…

– Você me fez antes alguma visita? – arrisca.

Ela diz que sim. Compreendem-se. Sorriem.

Ele respira mais profundamente, contente consigo mesmo. Pergunta animado:

– Você se lembra quando o homenzinho da última fila ergueu-se e disse: “Eu sei… e…”.

Para assustado. O que está dizendo? Frases loucas que lhe escaparam, sem raízes… Então?

Os dois ficam sérios. Ela, agora retraída, diz polidamente, com frieza:

– Não se assuste. O senhor teve muita febre, delirou… É natural que não se lembre do

delírio… nem de nada mais.

Ele a encara desapontado.

– Ah, o delírio. Você desculpe, no fim a gente não sabe o que aconteceu mesmo e o que foi

mentira…

Ela agora é uma estranha. Fracasso. Olha-a de trás, observa seu perfil vulgar, delicado.

Mas aquela moleza no corpo… O calor.

– Pois eu me lembro de tudo – diz de repente, resolvido a tentar a aventura de qualquer

modo.

Ela se perturba, enrubesce de novo.

– Como…?

– Sim – diz mais calmo e subitamente quase com indiferença. – Lembro-me de tudo.

Ela sorri. Mal sabe, pensa ele, quanto significa-lhe este sorriso: uma ajuda para que ele entre

por um caminho mais cômodo, em que se permita mais… D. Marta talvez tenha razão e, com a

suavidade da convalescença, concorda com ela. Sim, pensa um pouco relutante, ser mais humano,

despreocupar-se, viver. Corresponde ao olhar da moça.

No entanto, não experimenta alívio especial após a resolução de seguir uma vida mais fácil.

Sente pelo contrário uma ligeira impaciência, uma vontade de se esgueirar como se o estivessem

empurrando. Invoca um pensamento poderoso que o faça pousar sossegado sobre a ideia de se

modificar: mais uma doença dessas e talvez fique inutilizado.

Continua porém inquieto, numa fadiga prévia pelo que se seguirá. Procura a paisagem,

insatisfeito subitamente, sem saber por quê. O terraço sombreia-se. Onde está o sol? Tudo

escureceu, faz frio. Há um momento em que sente a escuridão mesmo dentro de si, um vago desejo

de se diluir, de desaparecer. Não deseja pensar, não pode pensar. Sobretudo, nada resolver por

enquanto – adia, covarde. Ainda está doente.

O terraço dá para o arvoredo compacto. Na meia-luz, as árvores se balançam e gemem

como velhinhas conformadas. Ah, ele se aprofundará na cadeira infinitamente, suas pernas se

desmancharão, nada restará dele…

O sol reaparece. Sai de trás da nuvem vagarosamente e surge inteiro, poderoso, sangrento…

Respinga brilho sobre o bosquezinho. E agora seu sussurro é o canto suavíssimo de uma flauta

transparente, erguida para o céu…

Endireita-se sobre a cadeira, um pouco surpreendido, deslumbrado. Pensamentos

alvoroçados se entrecruzam de repente em sua cabeça… Sim, por que não? Mesmo o fato de a moça

morena… Todo o delírio surge-lhe ante os olhos? Como um quadro… Sim, sim… Anima-se. Mas

que material poético encerra… “A Terra está tendo filhos.” E a dança dos seres sobre as feridas

abertas? O calor volta-lhe ao corpo em leves ondas.

– Faça-me um favor – diz avidamente -, chame D. Marta.

Ela vem.

– Quer-me trazer um caderno que está em cima de minha mesa? E um lápis também…

– Mas… O senhor agora não pode trabalhar… Mal se levantou da cama… Está magro,

pálido, parece que chuparam todo o sangue de dentro…

Ele para, de súbito pensativo. E principalmente se ela soubesse que esforço lhe custava

escrever… Quando começava, todas as suas fibras eriçavam-se, irritadas e magníficas. E enquanto

não cobria o papel com suas letras nervosas, enquanto não sentia que elas eram o seu

prolongamento, não cessava, esgotando-se até o fim… “A Terra, os braços contraídos de dor…” Sim,

sua cabeça já está dolorida, pesada. Mas poderia conter sua luz, para poupar-se?

Sorri um sorriso triste, um nada orgulhoso talvez, pedindo desculpas a D. Marta. À moça,

pela aventura frustrada. A si mesmo, sobretudo.

– Não, a Terra não pode escolher – conclui ambiguamente. Mas depois se vinga.

D. Marta balança a cabeça. Vai buscar lápis e papel.

 

Julho 1940

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

A Bela e a Fera

Clarice Lispector

Rocco

 

 


 

 

 

 

 

 

clarice-lispector

 

 

 

 


 

 

 

 

1 Comentario

  1. “Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas
    de alma ya formada. Aquellas que saben que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de
    modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima.
    Aquellas personas que, solo ellas, entenderán muy lentamente que este libro nada quita a nadie.
    A mí, por ejemplo, el personaje de G. H. me fue dando poco a poco una alegría difícil; mas alegría, al fin.
    Clarice Lispector”.

    Del prólogo de La pasión según G.H.

    narciso deaa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario