traci brimhall 

 

 

traducción de francisco larios

 

 

 

evangelio de las profundidades

 

 

 

El mar está sediento y la sombra de una ballena

se mueve bajo el barco, furiosa con las anclas, los arpones,

los pechos curtidos de la sirena de proa.

 

Y en la cubierta los marineros arrancan la carne

para llegar a la grasa, cortan la cabeza y drenan

el aceite.  Toda la noche sus manos sobre sus caras.

 

No por vergüenza.  No.  Tienen ampollas de sangre en las palmas,

pero sus muñecas huelen a mujer.  Mientras muere,

la ballena oye a su madre que canta a las dos millas,

 

a una braza de profundidad.  Ahora esto, sobre la estación implacable.

Ahora esto, sobre los sueños que surgen del roto corazón de la ballena,

que gime cánticos de azul zodiacal a los durmientes.

 

Hay tres canales en la oreja, dos ventanas,

Una voz que viene de la bella difunta.  Un himno omega.

Una mente que repasa entre golpes de martillos, la promesa

 

de música piadosa y enemigo común.  Las luces

se alejan cuando los hombres se meten a sus hamacas, con sus corazones traduciendo

el evangelio de las profundidades, preguntándose si en verdad oyen mujeres que cantan

 

verdes canciones de amor en el agua, o ángeles sordos que cantan antes de la guerra.

Mañana matarán a los pájaros porque hay demasiada música.

Mañana se levantarán con las manos llenas de suciedad.

 

 

 

 

 

 

the sunken gospel

 

 

 

The sea is thirsty and the shadow of a whale

moves below the ship, angry at anchors, harpoons,

the weathered breasts of the mermaid on the bow.

 

And the sailors on deck strip the flesh

to find the fat, they sever the head and drain

the oil. All night their hands on their faces.

 

Not from shame. No. There are blood blisters on their palms,

but their wrists smell like women. As it dies,

the whale hears its mother singing two miles away,

 

a fathom deep. Now for the ruthless season.

Now for the dreams rising out of the whale’s split heart,

moaning blue zodiac hymns to the sleepers.

 

There are three canals in the ear, two windows,

one voice from the beautiful dead. One omega anthem.

One mind editing between hammer falls, the promise

 

of a devout music and a common enemy. The lights turn

away as the men turn in their hammocks, their hearts translating

the sunken gospel, wondering if they hear women singing

 

green valentines in the water or deaf angels chanting before the war.

Tomorrow they’ll kill the birds because there’s too much music.

Tomorrow they’ll wake with dirt in their hands.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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