jesús quintero y antonio gala

13 noches

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A Joana Bonet Camprubi

noche séptimalos paraísos

 

 

—¿No será el paraíso el vientre de la madre?

            —Eso es posible, pero no lo sabremos nunca, porque antes de salir de ese paraíso todavía no somos seres humanos en activo.

 

          —¿El único paraíso es la infancia?

            —¿Su infancia fue un paraíso? Yo tengo la impresión de que inventamos un poco el paraíso de la infancia.

            —Sí, es posible.

            —Me da la impresión de que todo lo que nos es arrebatado, antes o después, lo convertimos en un paraíso. El hombre, en su infancia, era el rey, un dios menor que de alguna manera gobernaba el hogar; que tenía armas extrañas, como el llanto, como la exigencia, como el grito, como el pataleo, para imponer su voluntad de pequeño tirano. Luego, ya no. El niño se hace consciente, a esa terrible edad de los siete u ocho años, y ya presiente, ya añora. Se acabó ese fingido paraíso… Yo creo que los adultos ignoran mucho lo que es la infancia: la inventan, sobre todo los que luego no fueron felices y necesitan convencerse de que sí lo fueron. Cae como un telón sobre la infancia y ya se queda allí el paraíso. Pero si investigáramos, yo no estoy nada seguro de que el niño no fuese un ser profundamente infeliz y deseoso de salir de la infancia.

            —¿Usted lo fue?

            —No profundamente infeliz o, por lo menos, no lo recuerdo; pero sí un ser no afortunado. Mi infancia fue una infancia preservada. Pertenecía a una clase social que podía permitírselo. Mi infancia fue una especie de hortus conclusus, un jardín cerrado. Y yo era un niño atento, sobre todo, y alegre y simpático y dicharachero. Es decir, era un niño que hacía el papel del niño que los demás querían que fuese. Era un niño dócil en apariencia y extraordinariamente rebelde en mi interior.

            —¿Y sigue igual?

            —Sospecho que sí, esas cosas no cambian. Yo me he ido perfeccionando por el uso, señor Quintero. Supongo que sigo prácticamente igual, con más elementos para la docilidad, con muchos más elementos para la rebeldía. Sé lo que se puede esperar de mí. Quizá sé hasta lo que ya no espero.

            —Se habla de la inocencia de los niños, pero también el niño puede ser terriblemente cruel, ¿no?

            —Porque es natural. Todo lo natural de alguna forma, para nuestros ojos de adultos, es cruel. Pero ¿es cruel el tigre? Yo no lo creo. El niño puede ser extraordinariamente cruel con los que están debajo, con los que él puede, como los adultos pueden ser extraordinariamente crueles con él. Un niño castigado siempre acaba por castigar a su perrillo. Pero el niño tiene algo que lo separa extraordinariamente de nosotros. Si hace una travesura, si alcanza ese tarro de miel que está en el último estante de la despensa y se le cae encima, o se le cae al suelo y lo rompe, él sabe que llegará alguien, que le dará un azote y aquel asunto habrá terminado. El niño no tiene sensación de culpabilidad. Eso es lo que hermosea probablemente la infancia.

            —Eso y la sensación de inmortalidad, ¿no?

            —No quiero desengañarlo, pero la inmortalidad no existe. Yo estoy convencido de que usted, como Jesús Quintero, llegará un momento en que desaparezca. Lo que Jesús Quintero tiene de ser vital, de impulso vital, no va a desaparecer, pero sí la individualidad que en este momento existe como Jesús Quintero. La inmortalidad no existe ni en el paraíso. Porque, sencillamente, el paraíso no existe.

            —Pero todos sentimos, de algún modo, que hemos sido arrojados de un paraíso, al que deseamos volver. ¿Cuándo se sintió usted expulsado del paraíso?

            —Yo creo que si hay una expulsión personal del paraíso, yo he nacido expulsado. No le puedo decir por qué me he sentido siempre fuera del paraíso. Aún hoy me parece como si yo fuese el habitante de la casa de los caseros que está a la entrada del paraíso, pero no dentro. Y con eso me contento.

            —¿No será el paraíso el vientre de la madre?

            —Eso es posible, pero no lo sabremos nunca, porque antes de salir de ese paraíso todavía no somos seres humanos en activo.

            —¿Comprende que nuestros primeros padres se jugaran el paraíso por morder una manzana?

            —Pues sí, lo comprendo perfectamente. Yo hubiera hecho lo mismo. Creo que el hombre sólo lo es cuando es libre de obrar o de no obrar, de amar, de desamar o de ensimismarse, de elegir o no elegir. Hay muchas religiones que confunden la libertad con el pecado y con excesiva frecuencia rebelarse y ser libre es una especie de sublevación que el poder suele castigar con rigurosidad… Y el hombre sólo lo es cuando posee la razón, o sea la discriminación entre el bien y el mal, que fue lo que sobrevino al rebelarse (toda razón y toda libertad comienzan con una insumisión) y comer el fruto del árbol del conocimiento.

            —Todas las religiones nos prometen el paraíso, ¿no?

            —Es natural, es un buen gancho, un banderín de enganche fabuloso. Para ser perfectamente feliz, la felicidad tiene que ser eterna, tiene que durar, y la felicidad de este mundo es racheada, son efluvios, presentimientos. Entonces, el hecho de prometer una eternidad feliz, un bien sin mezcla de mal alguno, como el paraíso, por una parte, es un buen estímulo para hacer el bien más o menos organizado por los poderosos. O, al que haga el mal, prometerle el mal sin mezcla de bien alguno, que es el infierno.

            —Porque el paraíso es esencialmente la ausencia de dolor, ¿no?, no sufrir, no sentir, no pagar deudas…

            —Todo eso junto y, no sé, una habitabilidad especialmente desinteresada, especialmente satisfecha, especialmente preternatural, quizá, gozando de la visión beatífica de Dios. Una especie de iluminación armoniosa, tan difícil de imaginar como el infierno, me parece.

            —Algo así como el nirvana…

            —Probablemente. Pero, por lo menos, el nirvana es el más modesto y el menos grandilocuente de los paraísos, el menos prometedor. A mí me parece que ser absorbido por el espíritu universal, borrar las espinas, las congojas del yo, no es un mal final. No me parece mal ese paraíso.

            —Pues a mí sí, porque si existe el paraíso yo quiero disfrutarlo con mi yo, conscientemente, en alma y, si no es pedir mucho, también en cuerpo.

            —La resurrección de la carne (que para la Iglesia católica no deja de ser una confirmación del mantenimiento de la individualidad: es decir, que cada uno va a seguir siendo cada uno, distinto de los demás, en la otra vida) va a ser taxativa en el paraíso cristiano; resucitamos hasta con los órganos genitales; que no sé exactamente para qué servirán, me temo que no para mucho.

            —No sólo las religiones nos prometen paraísos. También la política nos tienta o nos ha tentado con el paraíso capitalista o el paraíso comunista, ¿no?

            —Sí, hay una gran variedad, y el hombre sabe que todos, poco más o menos, son falsos.

            —¿Seguro que el hombre lo sabe?

            —El hombre lo sabe. Lo que sucede es que no quiere decírselo, porque no quiere amargarse y no quiere ponerse triste. El hombre siempre prefiere estar andando camino de uno o de otro paraíso, pero él sabe que el paraíso al que aspira probablemente lo lleva consigo. Es como esas urbanizaciones con piscina, chalets adosados, cancha de tenis de los paraísos consumistas y capitalistas. Los habitantes de ellos ya saben que lo que ellos no llevaban no existe allí, y enseguida quieren mudarse a otro.

            —Porque el hombre siempre está intentando regresar al paraíso.

            —De alguna forma, sí. De alguna forma, el hombre se engaña, es olvidadizo, necesita tener ese consuelo, necesita creer que hay una felicidad eterna que él ha intuido y anhela, algo que explica la inexplicable desgracia, las contradicciones de la vida, la finitud de la vida, la soledad: ese juego cuyas reglas desconocemos y cuya clave sólo se nos da al final, cuando ya nos hemos levantado de la mesa en que lo jugábamos.

            —Algo que explique también la injusticia, las diferencias sociales, el hecho de que unos nazcan para sufrir y otros para gozar. Algo que, aunque sea en la otra vida, compense a los hombres de buena voluntad que han pasado pisoteados por esta vida; que les toque disfrutar a ellos y sufrir a los canallas que los han hecho sufrir.

            —¿No existe en esta vida la compensación?

            —Yo no la veo.

            —Mire usted bien. Quítese las legañas y las vendas de los ojos y verá que la vida es un puro alboroto. La vida tiene sus normas, la vida tiene su gozo, la vida tiene su satisfacción diaria.

            —Si usted lo dice, que es el maestro, será verdad, pero yo sigo sin verlo. A propósito, para no creer en el paraíso, ¿no le parece que ha escrito bastante sobre el paraíso?

            —Bueno, hay mucha parte de mi obra que es la añoranza de un paraíso, el recuerdo activo de un paraíso, como un extraño viaje de ida y vuelta: en Los buenos días perdidos el paraíso sería Orleans; el Edén mismo, en Los verdes campos del Edén; y en una de las últimas comedias mías, que lleva ese título, Samarkanda…

            —Samarkanda…, suena bien.

            —Samarkanda, para mí, fue una palabra talismán. De niño, cuando me pasaba algo malo, yo decía: Samarkanda, creyendo que eso lo iba a arreglar todo. Para mí, Samarkanda era un extraño paraíso en el que cada uno era igual que como su madre quiso que fuese al nacer. Cada uno era como fuese, pero, en cualquier caso, bello, hermoso… Todos éramos absolutamente respetables y absolutamente iguales. Sucedió que, cuando tuve ocasión de visitar Samarkanda, estuve a punto de volverme en la escalerilla del avión, porque era una de las pocas ilusiones que me quedaban: ver Samarkanda, la azul Samarkanda. Pero decidí bajar la escalerilla y Samarkanda no me desilusionó.

            —¿De todos los lugares que ha visitado, en cuál se ha sentido más cerca del paraíso?

            —El Caribe es una hermosa tierra para paraísos, y Andalucía también. Andalucía tiene la posibilidad, tiene el clima, la indolencia y la gracia; tiene lo previo: la hermosura, la variedad, la fertilidad. Quizá lo malo del paraíso andaluz lo hemos puesto nosotros. Pero verdaderamente Andalucía pudo ser el paraíso y, en efecto, Estrabón y Posidonio hablan de los tartessos como si habitasen un paraíso; el Jardín de las Hespérides, donde las manzanas eran de oro, quizá se referían a las naranjas. Y hablaban del viejo rey Gerión y de sus rojos toros que levantaban a la luna la frente, y de Argantonio, y del estaño, y de gentes pacíficas y hospitalarias que sonreían como reyes, y de un pueblo cuyas leyes estaban escritas en verso. En realidad, eso es muy próximo a la idea del paraíso. Hay otros paraísos mucho más domésticos y mucho más humildes. Para una tierra como Castilla, por ejemplo, Jauja no deja de ser uno.

            —¿Qué es Jauja?

            —Pues el sitio donde se atan los perros con longaniza. Es el paraíso de los hambrientos… Y para los pobres de nuestros siglos XVI y XVII El Dorado era el paraíso. Empezaron aquellas larguísimas aventuras, llenas de fatigas, y era necesario que tuviesen un paraíso para justificarlas. Ellos eran pobres y, para un pobre, el paraíso es lo que no tiene; es decir, el oro, El Dorado.

            —¿Los ecologistas son hoy los grandes buscadores del paraíso?

            —Yo no sé si los ecologistas buscan de verdad el paraíso o son más humildes. Quizá a lo que aspiramos no es a lo que hubo un día, sino a conservar y mejorar lo que todavía tenemos: este mundo. Yo creo que el hombre por aspirar a la superhumanidad está dejándose ir de las manos la humanidad. A mí me parece extraordinariamente grave que el hombre pueda y quiera visitar otros astros; que se sepa el sexo de los hijos y se curen las enfermedades prenatales; que las mujeres fértiles no quieran tener hijos pero las estériles sí; que no haya ni inviernos ni veranos y que queramos tomar las frutas y las verduras de todo el año durante todo el año; que alcancemos la velocidad casi de la luz y que las armas sean absolutamente mortales. Todo eso me parece tremendo porque, si no es contenido, puede acabar extraordinariamente mal. Fíjese usted que la base de nuestra cultura consiste en que todo es posible en este momento. La base de nuestro progreso consiste en que entre todos tenemos que pagar los costes de todo, nosotros y los que nos sucedan, cuyo consentimiento nos inventamos, y los que de nada disfrutan ni disfrutarán. Y la base de la civilización es que la tecnología puede resolver todos los problemas que se planteen, y no es cierto. Es decir, la actitud de los ecologistas me parece la única actitud sana y posible del mundo actual.

            —Lo terrible y lo absurdo es que los hombres nos pasemos la existencia soñando con el paraíso mientras vamos destrozando el único paraíso que nos queda, la Tierra.

            —Sí, pero es que ellos no entienden que la Tierra es el único paraíso del que disponemos; que no se trata de aspirar a un paraíso muchísimo mejor, sino de mejorar el que tenemos y heredamos. El único animal que infringe las leyes de la naturaleza es el hombre. El único animal que no cuenta con la naturaleza es el hombre. El único animal que destroza, esquilma, anonada y vuelve improductiva la naturaleza es el hombre. A mí me parece que un delito será mayor y más terrible cuantos más sean los lesionados por ese delito y cuanto más indefensos se hallen. Nuestros hijos y nuestros nietos están en este momento absolutamente indefensos. Si el delito se mide por eso, el ecológico sería el mayor de todos.

            —¿Ve posible que el hombre cambie de actitud, que comience a vivir más de acuerdo con la naturaleza?

            —Me da la impresión de que tendríamos que ir demasiado lejos. Quizá en el último momento, cuando haya muchas más víctimas, cuando las llevemos en brazos, quizá entonces empecemos a recordar un paraíso que también perdimos, y ese paraíso que los hombres de entonces recuerden será este que todavía podríamos conservar. Pero el hombre, ya sabe usted, se dedica a mirar por encima del hombro del hoy y del mañana. Cuando todavía puede salvar algo, ya lo da por perdido. Está mirando atrás o está mirando delante. No pone en el día de hoy, que es ya el umbral del futuro, su casa.

            —¿Qué clase de paraíso buscan los que se refugian en la droga?

            —Yo creo que cualquier ser que busca la droga, la busca como algo bueno; es decir, como una vida intensificada y mejorada, como una forma de negar la mala vida del entorno, como un místico que se adentra en sus interiores, en sus moradas interiores, ante la hostilidad de fuera. Lo que sucede es que de ese paraíso artificial se pasa a un infierno natural: a la adicción, a la oscura avenida en que se pierde el adicto que sólo lo lleva a la soledad, a la incomunicación, que era lo que no quería, y a la muerte. Esa es la cara infernal de todo falso paraíso.

            —¿La ha conocido, Gala?

            —¿La droga?… Sí, sí, claro. ¿Por qué no? Incluso he dicho que estaba deseando que me detuvieran en mi jardín fumándome un «porro», porque me parece una detestable intromisión en la intimidad. Los Estados, que tienen que defender los derechos del hombre, tienen que defender el primero de ellos, que es que cada uno haga con su cuerpo lo que quiera.

            —¿Mejoraría la situación si se legalizara la droga, la venta de droga?

            —Es inútil fingir. A mí me parece que, para eliminar algo, no basta con cerrar los ojos ni esconder la cabeza. No somos avestruces. Creo que, tal como están las cosas, puesto que la prohibición no ha dado resultado y las persecuciones tampoco, sino al contrario, quizá habría que experimentar la legalización de la droga. Pero quien puede no lo quiere porque las autoridades competentes temen que se produzcan determinadas pérdidas muy graves; porque los Estados desconfían unos de otros; porque hay intereses secretos (la mano de la droga es extraordinariamente larga); porque los narcotraficantes están interesados en que la droga no se liberalice y costean las campañas contra ella; porque hay deudas externas que jamás serían pagadas; porque hay armamentos que jamás serían vendidos y que no podrían ser fabricados; porque los precios internacionales vacilarían; porque las multinacionales no podrían blanquear el dinero, y el dinero en este momento es el Dios; porque tendría que destronarse la economía como reina del mundo. Hasta ese punto la droga influye, y es muy difícil que se legalice, porque hasta ese punto la droga tiene poder sobre los que tendrían que legalizarla.

            —Señor Gala, hemos quedado en que el paraíso es felicidad y placer; ¿o no?

            —Hombre, si el paraíso no es felicidad y placer, ya me contará usted si va a ser una sucursal de Banco…

            —Felicidad o, por lo menos, gusto y placer es el sexo. ¿Es el sexo un paraíso?

            —Lo dice usted con un sigilo que parece que le da vergüenza.

            —Es que reducir el paraíso a eso…

            —Esté usted orgulloso de eso. Esa es la parte natural del hombre y con eso hay que estar absolutamente de acuerdo.

            —No, si yo estoy de acuerdo… Lo que querría es estar más de acuerdo, más tiempo y con más gente.

            —Yo no puedo dejar de pensar que hay una felicidad primaria, elemental, confusa y consentida en esa dádiva compartida de la caricia y del orgasmo. A mí me parece que el cuerpo tiene su noche oscura como la tiene el alma, una noche oscura en que se puede decir: «Quedéme y olvidéme, dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado». Las azucenas del sexo son hermosas para quien pueda poseerlas, pueda olerías y pueda cultivarlas. Porque me parece que en cada vello, en cada partícula de piel, en cada poro, en cada uña, en cada curva, en cada rodilla, en cada línea de muslo, hay un milagro y un olvido. Dos amantes, cuando están amándose, son el centro del mundo, están cumpliendo una misión absolutamente sagrada, absolutamente natural y el orbe les sirve de lecho. Lo que sucede, señor Quintero, es que todo es frágil ahí, no dura el placer, ni la dicha, ni dura el claro vergel del cuerpo, ni dura siquiera el sentimiento que creíamos verdadero y que lo fue. Y la felicidad, lo dijimos al principio, para ser paradisíaca, tiene que ser perdurable. Por eso no es del todo el sexo un paraíso. Pero, mientras dura, lo es. Es como asomarse a través del ojo de una cerradura y ver lo que, si durara, podría ser el verdadero Edén.

            —¿Y por qué dura tan poco? Me refiero al gusto o, como usted ha dicho, al orgasmo.

            —Mire usted, yo no lo he inventado. Pero probablemente lo que más harían nuestros primeros padres, Adán y Eva, antes de darle el bitango de la manzana, sería ejercer el sexo y sentir orgasmos. De eso puede estar usted casi seguro. ¡Ah, una cosa! ¿Usted sabe que ninguna hembra semejante a nuestras hembras tiene orgasmos, sólo la mujer? Por algo será. Ahí habrá un recuerdo del paraíso.

            —Señor Gala, ¿en esta búsqueda del paraíso es bueno probarlo todo?

            —A mí me parece que el gozo de todo, de todo lo que no implique daño ajeno (que eso sí que no estaría permitido en el paraíso, supongo, ni se le pasaría por la mente a la población edénica) me parece, digo, que se puede y se debe probar. Nadie puede decir no me gustan las alcachofas crudas, por ejemplo, sin haberlas probado de antemano. Salvo que sienta una severa repulsión ante ellas.

            —Hay que probar.

            —Lo dice usted de una manera y con unos gestos que me dan miedo, señor Quintero.

            —A propósito, ¿desde cuándo no pisa usted el paraíso?

            —El paraíso no se pisa; pero yo creo además que nunca lo he pisado. Para qué lo voy a engañar… O quizá lo entreví, como de puntillas, un instante.

            —¿Cuál es su paraíso personal?

            —No tengo paraísos personales. Odio el paraíso personal. Me parece que el ideal mío del paraíso es todo lo contrario de un paraíso para uno solo. Creo que si yo estuviese, por un privilegio, en el paraíso solo echaría tanto de menos a los de fuera que esa añoranza me lo amargaría. Un paraíso donde no se pueda entrar al menos de dos en dos, no merece la pena.

            —¿Verá el hombre algún día cumplido el sueño del paraíso?

            —No, nunca. El milagro no tiene día siguiente. Pero al hombre le queda la esperanza y luchar por la esperanza. Me parece que con el paraíso sucede lo que dice Pascal de Dios: «No me buscarías si de alguna manera no me hubieses ya encontrado».

            —O te buscaba fuera y estabas dentro.

            —Claro, siempre nos pasa igual. Somos muy ventaneros. Nos encontramos con la realidad cuando regresamos de la búsqueda exhaustos, cansados, y ahí estaba, esperándonos.

            —¿Algún último consejo a los buscadores de paraísos?

            —Que no se dejen engañar por falsos anuncios, porque el paraíso es una cosa mucho más íntima. El paraíso puede ser desde la sonrisa de un niño hasta un beso de amor. Y no vendrá nunca desde fuera ni se nos impondrá. No creo que sea un regalo, no creo que sea algo gratuito. Será algo costoso: algo que tiene un precio que sólo entre todos podemos pagar.

            —Como usted suele decir: de dentro afuera.

            —De dentro afuera, de abajo arriba.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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