ficciones reales

 

 

Peter McCormick

(Universidad de Ottawa)

There was so much that was real that was

not real at all.”

W. Stevens

“There are no fictive worlds”

N. Goodman

“The world is the group of references opened up by

all the kinds of descriptive or poetics texts which

I have read, interpreted, and loved”

P. Ricoeur

“I was of three minds,

like a tree

in which there are three blackbirds”

W. Stevens

La atención de las críticos al poeta americano Wallace Stevens, con­tinúa centrada en sus ricas y reflexivas composiciones del mundo

considerado como una ficción.

Gran parte de su poesía más sobresa­liente la dedica Stevens a examinar oposiciones tradicionales, como las que se establecen

entre la naturaleza y el mundo, la vida y el arte, lo real y lo imaginario. De acuerdo con las teorías idealistas y román­ticas de la imaginación,

dichas oposiciones raramente son proble­máticas para la poesía.

A grandes rasgos, podemos decir que parte de lo que Stevens a menudo presenta en su obra, es una serie de em­blemas para el

frecuente tránsito del artista, según el simbolismo de los colores que despliega su poética, del verde de la naturaleza al azul del mundo y

al amarillo de la vida. El mundo, entendido bajo este contexto, es una ficción en la cual, la única realidad posible es la que el artista crea.

Aún cuando sea enteramente entendido como una obra de arte, el mundo no solamente es una ficción.

Mejor dicho, tal como lo dice el titulo de uno de sus poemas más impresionantes: el mundo es una “ficción suprema” una ficción de

una especie par­ticular.

Hablar del mundo como una ficción por supuesto que no es extra­ño para los círculos literarios o filosóficos. Sobre todo porque la

ter­minología de muchas interpretaciones de los trabajos literarios ac­tuales, ya sea de uno u otro género, incluye expresiones tales como

“el mundo de Shakespeare” o “el mundo de Jane Austen” o “el mun­do de Yeats”.

Y uno de los temas centrales que sigue mortificando a los filósofos aparece bajo el título de una serie de debates acerca del realismo

y el antirrealismo, desacuerdos que, de hecho, van a la par con versiones contemporáneas del problema kantiano que se pregunta si algo

se puede considerar independiente ontológicamente de la acti­vidad poética, y aunque hayan surgido versiones familiares sobre el tema del

mundo como una ficción, no obstante, muy pocas de las ver­siones literarias nos ofrecen una presentación tan particular, reflexiva y sugestiva

como la poesía de Wallace Stevens. No es mi propósito ha­cer aquí un estudio de su obra. Más bien, quiero examinar la idea del mundo ficticio

en algunas composiciones de Stevens. Concretamente, mi propósito es tratar de llegar a la idea de un mundo ficticio desde una perspectiva

más clara, al investigar un debate filosófico contem­poráneo acerca de la naturaleza de dicho mundo, a la luz de la poesía filosófica de Stevens.

  1. Para empezar, he aquí un amplio ejemplo de la reflexión que Stevens realiza acerca del mundo como una ficción.

La idea del orden en Key West

Ella cantó mis allá del genio del mar.

Agua que no ha formado idea o voz,

el vuelo de sus mangas vacías semejaba

un solo cuerpo, y todavía sus ademanes

provocaban constante llanto, causaban constantemente un llanto,

que no era nuestro, pues comprendimos

no del hombre, del verdadero océano.

Esa visión no era una máscara. No lo era.

Si bien fue su propio canto lo que ella escuchó

luego de una esmerada dicción de sus palabras,

agua y canto no mezclaron sus sonidos.

Acaso con sus frases conmoviera

la vetusta agua, el sofocante viento,

pero había sido ella, no su imagen,

a quien oímos. Ella, creadora de ese canto

recién cantado. El trágico, lúgubre ademán

del mar, en adelante sería sólo el sitio

que recorriera con su canto.

¿Qué espíritu es éste? preguntamos, conscientes

de que era el que buscábamos, seguros

de que nunca sabríamos qué había cantado.

Si solo fue la oscura voz del mar

que asciende, o incluso coloreada por las olas,

si sólo fuera voz de ciclo y cúmulo,

del agua que rodea corales submarinos,

pese a todo, diáfana, si había sido un eco

de las grutas, el habla somnolienta del aire,

un sonido estival repitiendo en un eterno

verano su sonido solitario.

Pero era más, más aún que su voz y las nuestras

en medio de las caídas del agua y el viento

que ignoran su sentido.

Había sido su voz la que hiciera

a su desvanecimiento el más agudo do los cielos.

Había medido el tiempo con su soledad.

Ella, modesto artífice del mundo

en el que había cantado. Y cuando cantó, el mar,

todos los seres que hay en él, se convirtieron en la esencia

de ese canto, pues era ella su creadora. Mas

cuando la vimos caminando solitaria

supimos que no existía un mundo para ella

excepto el de su propio canto, creación y escenario.

Ramón Fernández, dime, si sabes

por qué cuando su canto terminó y volvimos

a la ciudad, dime por qué las cristalinas luces,

las luces de las barcas pescadoras recién ancladas

en el descanso nocturno, titilaban en el aire,

dominaban la noche, escarmentaban el mar,

recubriendo esmaltado territorios, resplandecientes mástiles,

componiendo, escarbando, encantando a la noche.

¡Oh! Bendita furia del creador, lívido Ramón,

furia del que ordena las palabras sobre el mar;

las palabras de los aromáticos portones, apenas constelados

y de nosotros mismos y de nuestras raíces,

en espectrales bordes de sonidos cortantes.

(versión de José Homero)

The Idea of Order at Key West

She sang beyond the genius of the sea.   
The water never formed to mind or voice,   
Like a body wholly body, fluttering
Its empty sleeves; and yet its mimic motion   
Made constant cry, caused constantly a cry,   
That was not ours although we understood,   
Inhuman, of the veritable ocean.
The sea was not a mask. No more was she.   
The song and water were not medleyed sound   
Even if what she sang was what she heard,   
Since what she sang was uttered word by word.
It may be that in all her phrases stirred   
The grinding water and the gasping wind;   
But it was she and not the sea we heard.

For she was the maker of the song she sang.   
The ever-hooded, tragic-gestured sea
Was merely a place by which she walked to sing.   
Whose spirit is this? we said, because we knew   
It was the spirit that we sought and knew   
That we should ask this often as she sang.

If it was only the dark voice of the sea   
That rose, or even colored by many waves;   
If it was only the outer voice of sky
And cloud, of the sunken coral water-walled,   
However clear, it would have been deep air,   
The heaving speech of air, a summer sound   
Repeated in a summer without end
And sound alone. But it was more than that,   
More even than her voice, and ours, among
The meaningless plungings of water and the wind,   
Theatrical distances, bronze shadows heaped   
On high horizons, mountainous atmospheres   
Of sky and sea.
                      It was her voice that made   
The sky acutest at its vanishing.   
She measured to the hour its solitude.   
She was the single artificer of the world
In which she sang. And when she sang, the sea,   
Whatever self it had, became the self
That was her song, for she was the maker. Then we,   
As we beheld her striding there alone,
Knew that there never was a world for her   
Except the one she sang and, singing, made.

Ramon Fernandez, tell me, if you know,   
Why, when the singing ended and we turned   
Toward the town, tell why the glassy lights,   
The lights in the fishing boats at anchor there,   
As the night descended, tilting in the air,   
Mastered the night and portioned out the sea,   
Fixing emblazoned zones and fiery poles,   
Arranging, deepening, enchanting night.

Oh! Blessed rage for order, pale Ramon,   
The maker’s rage to order words of the sea,   
Words of the fragrant portals, dimly-starred,   
And of ourselves and of our origins,
In ghostlier demarcations, keener sounds.

Wallace Stevens, “The Idea of Order at Key West”

from Collected Poems. Copyright 1923, 1951, 1954 by Wallace Stevens.

Alfred A. Knopf, a division of Random House, Inc.

Source: The Collected Poems of Wallace Stevens

(Alfred A. Knopf, 1990)


 

 

 

 

 

 

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