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‘Creo en la vida eterna en este mundo: hay momentos en que el tiempo se detiene de repente
para dar paso a la eternidad’ –dijo el poeta, tal vez con razón-.
Viendo a esta hermosísima mujer, uno se pregunta, se plantea: ¿con qué oreja escuchar su silencio?
¿qué hueso quitarse para entender sus razones? ¿cómo llegar a su mañana pasando por su ayer?
¿con qué viento despertarla si se duerme?
Si fuera lunes o cualquier otro día entre mis dientes, en mi mordisco, en mi inmediata mirada.
Si ella, en femenino, contara sus costillas de dos en dos, a cada lado, y más: en posición aumentativa,
numerando sus flexiones en una sola pasión.
Se dice que en el amor han de ser más atrevidos los gestos que las palabras, porque los gestos asustan
menos. También se dice que la gran diferencia es que hay mujeres que despiertan el deseo en los hombres
y otras no. Es posible, no sé.
‘Entre mis labios, en el humo, se ven dos humos intensivos, y en el tórax, un óxido profundo de tristeza’
–palabras del poeta-.
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