Anne está hermosa y se ha preparado para gustar: su amplia y preciosa melena lisa, suave y

desplegada; sus ojos semivelados por el pelo; sus labios tiernos y rosados; la cabeza inclinada

para escuchar y comprender; el escote abierto con un hermoso pecho redondo y semientregado;

una camisa blanca de algodón con flores blancas.

No vemos su mecanismo tigre, ni su cólera roja, ni sus raíces negras o muertas: sólo la piel dulce,

la piel suave y el oro. Tal vez acercando a ella la oreja con el oído de escuchar, oiríamos el silbido

penetrante de sus ácidos homicidas o sus venas llenas de dinero o las máquinas de coser de sus

costados o las burbujas gruesas de su sistema nervioso licuado.

Anne está hermosa de belleza lozana y de salud láctea; con el cabello que nos enseña en caída

libre podría rellenar un colchón y un juego de almohadas para el sueño nocturno; podría tejerse

un traje completo de caballo altivo, con crines y cola; podría volar.

Me gusta el pecho que muestra, el seno, la mama, la teta de sabor dulce y de deseo: pálida de piel

y de textura única, elástica, cálida de temperatura, amasable de volumen, interrumpida por el pezón

interactivo que se endurece de tacto y se condensa de color, succionable y extraño como todo lo que

es innecesariamente necesario.

 

 

 


 

 

 

 

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