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eloy tizón

herido leve

aves migratorias

 

 

 

 

30 años de memoria lectora
editorial páginas de espuma
1ª edición marzo 2019
colección voces / ensayo 275
madrid[/ezcol_1third] [ezcol_2third_end]

 

 

aves migratorias

 

 

 

 

Si uno observa con atención, verá que es muy probable
que los grandes acontecimientos cataclismáticos que de
vez en cuando zarandean nuestra existencia, hasta po-
nerla patas arriba, vengan precedidos por una suma de
pequeñas advertencias en voz baja, de casi insignificantes
susurros y naderías. Un buen día, de repente, en medio
de la rutina doméstica, comienzan a manifestarse avisos
premonitorios de que algo puede o debe o está a punto de
cambiar.

 

Uno, distraído, apenas lo percibe y sigue con sus
asuntos.

 

Es luego, mucho más tarde, después de que el huracán
haya pasado, volviendo la vista atrás en un balance retros-
pectivo (ate acuerdas?), cuando ya estamos en condiciones
de atar cabos, poner orden en nuestros días y establecer
las conexiones necesarias entre unos detalles y otros, el
esquema mental imprescindible que permite retroceder,
desandar el camino y ver claro, reconocer esos zumbidos
que como mínimos heraldos anunciaron la irrupción de la
novedad, una mañana cualquiera, en nuestras vidas.

Cuando tal cosa sucede, ay, uno ya está en condiciones
(¡demasiado tarde!) de recomponer la curva completa que
va de lo mínimo a lo máximo, la línea roja que conduce, en
progresión ascendente, de la mancha de café con leche en
la camisa durante el desayuno al divorcio de la cena, por
poner un solo ejemplo.

 

La ficción -o al menos la ficción clásica- trata del
cambio. Es uno de sus grandes pilares, el eje común que
justifica a sus heroínas y héroes, ya se llamen Ulises,
Alonso Quijano, Hamlet, Robinson Crusoe, Emma Bovary,
Anna Karenina, Hans Castorp, Holden Caulfield o -con
perdón- los Pokémon. Trata de las pruebas, procesos de
metamorfosis y maduración, capacidad de abnegación
personal o colectiva, obstáculos, sacrificios, renuncias,
purgas espirituales y anímicas a la que se ven sometidos
unos seres intermedios, ni vivos ni muertos, a quienes
para simplificar damos el nombre de personajes.

 

Un personaje que no evoluciona es, la mayor parte de
las veces, un personaje plano (fíat character), si hacemos
caso de la división, ya canónica, establecida por el nove-
lista británico E. M. Forster entre los personajes planos
(previsibles, monolíticos, que no mutan) y los personajes
redondos o round characters, quienes «traen consigo la im-
previsibilidad de la vida».

 

No está de más recordar esto a la hora de sumergirse
y disfrutar a conciencia de la caudalosa novela Crónica
del pájaro que da cuerda al mundo del escritor japonés
Haruki Murakami, cuyo tema esencial es la transfiguración
interior (e incluso física: al personaje central le sale una
mancha en la mejilla igual que a Gregor Samsa le salían
membranas de escarabajo) y las señales que la preceden.

 

Su protagonista es Tooru Okada, treintañero en paro,
casado con Kumiko desde hace seis años, a quien un buen
día esos heraldos del cambio que mencionábamos al prin-
cipio de este comentario comienzan a hacerle guiños y a
enviarle sus avisos premonitorios, que él, por descontado,
desoye.

 

Durante las primeras páginas de Crónica del pájaro
que da cuerda al mundo no ocurre nada trascendental, la
situación es más bien estática dentro de la pintura de su
pequeño y burgués mundo apacible. Nada cruje, nada se
mueve, fuera de una equivocación telefónica (la voz de
una mujer desconocida le susurra un mensaje caliente de
gran carga erótica) y de que ha perdido a su gato, el gato
tan querido por su esposa, y al gato hay que encontrarlo
como sea. Cueste lo que cueste.

 

Este es el punto de arranque. Una voz equivocada, un
gato lejos. Como se ve, nada demasiado excepcional. Pero a
partir de ahí comienza a deslizarse suavemente pendiente
abajo una comedia risueña, irónica, hasta cierto punto
inocente, inscrita bajo la constelación de la sorpresa y la
sonrisa continuas.

 

Tiene gracia que el protagonista desempleado esté
allí, de brazos cruzados, sin hacer nada, y que gente des-
conocida (una vidente con un sombrero de plástico rojo
obsesionada por el agua, su hermana, muchacha con ten-
dencias suicidas, un viejo excombatiente, etcétera) llame
a su puerta, se instalen en su sofá, se beban su té y pasen
a relatarle con toda prolijidad y sin ningún pudor su pasado.
Okada escucha con paciencia y compasión esos retazos
de biografías ajenas, mientras su propia existencia cobra
sesgas inesperados, y durante buena parte de la novela se
limita a cumplir una función meramente pasiva, orna-
mental, de escucha: se convierte en lector de textos vivos o
en psicoanalista involuntario.

 

Los lectores, junto a él, somos oyentes. Pero esos fogo-
nazos de intimidad cazada al vuelo, extraordinarios todos,
muy trabajados desde el punto de vista literario, actúan
de manera cervantina como novelas dentro de la novela,
interrumpiendo, enriqueciendo y adensando el flujo dis-
cursivo del personaje central y su peripecia individual en
busca de un sentido para lo que le sucede.

 

La superficie de Crónica del pájaro que da cuerda al
mundo va construyéndose así de una manera fluvial,
orgánica, involuntaria casi, por acumulación y desvío de
materiales dispersos, cartas, confesiones a deshora y mo-
nólogos, lo cual no impide que por debajo la sostenga un
incansable rigor narrativo trazado con tiralíneas.

 

La estructura de la novela responde al esquema clásico
del héroe que debe superar una serie de pruebas, pasadas
las cuales accederá a un nuevo estado del ser. Por ese lado,
aporta pocas novedades. Lo que asombra de Murakami es
su ambición desmedida, su profesionalidad, el empeño
que pone en superar el realismo ramplón dinamitándolo
desde dentro, atacándolo con sus propias armas, distribu-
yendo cargas de profundidad en un bello edificio de apa-
riencia racionalista que, cuando se desploma, deja ver sus
cimientos medio podridos y sus sótanos llenos de ratas.

 

De ahí la continua apelación al lado oscuro de los
sueños, la telepatía, el ocultismo, las casas encantadas, lo
sobrenatural, y en general a todo ese reverso parasitario y
onírico que empapa poco a poco la novela, tiñéndola de co-
lores nocturnos.

 

Su trazado laberíntico remite a la búsqueda del centro,
Grial o Minotauro, y es cierto que el héroe (o antihéroe) de
este libro comparece como un san Jorge más bien pacífico
y renuente, con pocas ganas de liquidar al dragón; o como
un Teseo de ojos rasgados al que los hilos de unas cuantas
Ariadnas, más que ayudarle a encontrar la salida, contri-
buyen a enredarle más aún.

Ya sabemos desde Kafka que el peligro de las sirenas no
estriba tanto en su canto, como en su silencio. Aquí entra
en juego el humor de Murakami, un humor tan contenido
y sutil que corre el riesgo de pasar inadvertido o perderse
en la traducción. Por fortuna eso no ocurre, y el lector
atento disfrutará, si lo descubre, de esa veta de humor
impávido, digno de Buster Keaton, un cosquilleo liviano
que parece provocado, para no salirnos del tema, por cier-
tas plumas de ave.

 

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es una novela
torrencial, quizá en exceso, lo que a veces lleva a Mura-
kami a perderse en divagaciones y meandros, no siempre
justificados; a incorporar episodios marginales que no
aportan gran cosa a la historia central y solo sirven para
rellenar páginas y más páginas de tipografía apretada.

 

Como ya quedó acreditado en su anterior libro
traducido a nuestro idioma, La caza del carnero salvaje,
Murakami tiende al gigantismo, a la prolijidad enciclo-
pédica, al más difícil todavía, lo cual puede ser tanto un
demérito como una virtud, según se mire. Pues si por un
lado amontona a borbotones peripecias casi de culebrón,
por otro lado es fiel escudero y renovador de un género, la
novela, que desde sus mismos orígenes se ha decantado,
más que por la sobriedad, por la impureza bastarda, la mu-
tación incontrolada y la incontinencia bulímica.

 

En las casi setecientas páginas de este mamotreto
abundantísimo y generoso hay de todo, pasajes espléndi-
dos, dignos de antología, mezclados con desmayos esporá-
dicos que no merman la brillante ejecución de un trabajo
poderoso, de largo aliento, fruto de un talento desbordante
del que cabe esperar mucho, todo, al cual solo es capaz de
perjudicar su propio exceso de dotes. [/ezcol_2third_end]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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