francisco umbral

 

un ser de lejanías

 

 

editorial planeta

edición:1ª barcelona
2003

 

 

página 34

 

 

 

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TENGO miedo. El miedo está en mi vida, en mi no/vida. No es un miedo fijo, frío, quieto, sino un miedo que va y viene por mi cuerpo y mis sueños, por mis despertares.

 

¿Miedo a qué, miedo de qué? Miedo al miedo. Miedo del miedo. La vejez, la enfermedad, el fracaso —¿el fracaso a estas alturas?—, la soledad, el dolor, no sé. Es un miedo móvil, un miedo que a veces duele en la espalda, en la cabeza, que brujulea por los sueños, que se fija en un ojo y parece que ya está acorralado, explicado, pero luego desaparece, lo olvido, y reaparece a la noche siguiente en cualquier otro sitio.

 

 

Necesitamos el día para vivir sin miedo. La luz es una lanza. El miedo no es que venga de noche, sino que en la noche se deja ver, como un animal nocturno, como una inmóvil y destellante iguana. El miedo, como el dolor, desaparece con la luz, se hace soluble en los ademanes de mi vida, en el ballet de la escritura.

 

¿El miedo es el dolor? El miedo se experimenta como un dolor, pero es otra cosa.

El dolor se experimenta como un miedo, pero es más fácil de cercar, de limitar, de curar. El miedo duele donde no debiera, sólo la noche lo ilumina con diafanidad y entonces es un miedo populoso, con mucha gente y muchos recuerdos, un miedo habitado, pero otras veces es un miedo solitario, sólo miedo, un miedo fijo que nos mira, un reúma del alma, una idea que viaja sombría por todo el cuerpo, el miedo de seguir, el miedo de parar, el frío efluvio de todos esos miedos juntos.

 

 

Ya sé que para siempre, desde ahora, me acompañará ese miedo, este miedo, que es el arrepentimiento de haber vivido, el arrepentimiento de no haber vivido, el odio que mi yo, ese desconocido, reparte por mi vida, la tristeza y el escepticismo de lo vivido, lo viviente y lo por vivir.

 

 

El miedo, quizá, no sea sino el olor de la muerte, como huele a tierra podrida y buena a medida que nos vamos acercando a un cementerio. Es muy fácil razonar contra la muerte, el animal raciocinante que somos puede hacer la muerte soluble en palabras. Pero el otro animal, el verdadero, el instintivo, sólo percibe la muerte como miedo, un miedo mudo que nunca nos dirá nada. Nos salvamos por la palabra, y por eso el miedo no habla.

 

 

No hay salvación. A medida que escribo sobre el miedo se me pasa el miedo. La escritura, que me ha dado tantas cosas, me da también consuelo. El miedo y hasta el dolor se curan escribiendo. El miedo no lo cura la noche, sino que se introduce en el sueño. A veces pruebo a escribir mentalmente, sobre la almohada, por conjurar el miedo. Pero no hay sino elegir entre el miedo despierto y el miedo dormido. Con la primera claridad escribo cosas. Con el día ya hecho escribo artículos.

 

 

La actualidad es tiempo en acto. La actualidad me sana. Dicen que es una escritura fugaz, pero es la más curativa, como esas saludadoras que sanan sólo con su paso. Tengo miedo de no haberlo dicho todo sobre el miedo. Pienso que arrojando palabras se arroja el miedo. Sé que no es verdad. Pero el sol de diciembre, tan claro, tan evidente, en complicidad con la escritura, van diluyendo el miedo de mi cuerpo bajo el beneficio del día, la quietud de la hora, esa cordillera de cosas cotidianas y sabidas que es la realidad.

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