la batalla

 

La manada policial había bloqueado

las calles laterales. Una operación mental

tácticamente correcta y fría. Pero en el tumulto

vibraba un núcleo incandescente

donde se decidían las cosas con puños alzados,

alaridos, blasfemias y razones coléricas.

Volaron llamas, escupitajos, mamposterías,

vidrios pulverizados, bulones: el lenguaje

encarnado de gente que sabe lo que quiere

en tiempos miserables. La multitud onduló

jadeante y ciega al estallido del gas

y aunque condenada a una asfixia de lágrimas

perforó por un instante

el cerco de escudos y plástico reforzado.

Silbaron balas y el aire humoso

se astilló en la dispersión. La furia general

se concentró, vaciada en las tensadas cavidades

de cada rostro. En la cabeza de la nación

hubo un leve crujido, como si allá afuera

hubiera sucedido algo todavía desconocido.

Las pantallas de la televisión

dieron por apagada la escena. Había otros temas

que atender y desmentir el desorden:

allí donde al amor sólo le quedaban

falsas definiciones, pero también sospechando

cuántas mutaciones llegarían

a depender de aquella batalla perdida

en el recodo de una guerra interminable.

Después, montado en un aullido de sirenas,

llegó el Estado perfecto en auxilio de los muertos.

 

 

 

 


 

 

 

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