Canto a mí mismo

 

Yo era el poeta de mi tierra

y de toda la tierra.

Adentro de mí llovía y relampagueaba

y sentía siempre unas inmensas ganas

de llorar.

Yo me reía de las frutas que caen en los

tinglados y asustan el silencio

y hablaba con los muertos y con los animales

que pasan por la miseria vestidos de capitanes

largos.

Yo era un gran poeta de los muertos

como jamás hubo otro en la comarca

y me asustaba de ver subir las flores

hacia la cal ambigua de las tumbas.

Soñaba

cantaba por las noches una desgarrada melodía

y volvía a soñar entre muros y ciudades perdidas

persiguiendo sombras halladas entre el porfiado

frenesí de ausentes y de borrachos insondables.

Yo era un poeta

y me enamoraba de mí y de ti y de todas las miradas

que vienen desde lejanos pueblos a la imaginada mesa

del ecuador

a buscar estrellas y panes de cobre para maldecir

hombres                        

                                   en el centro del mundo.    

Comía sobras

robaba

leía el amenecer

bebía y fumaba hasta sentir un agradable

golpe en los pulmones.

Creía en la muerte y me aprestaba

a tomar el poder de mi país.

Confiaba en un grupo de poetas locos

que fueron apareciendo de puntos cardinales

distantes

incapaces de apagar sus deseos detrás de una

música rota por el olor de las botellas

y del encanto miserable.

Yo me cantaba y me celebraba a mí mismo

ganaba la vida sin hacer

buscaba que mi razón perdiera

y salía conmigo y contigo a buscar campos y ciudades

para soñar y matar a los padres de mis padres

quemar el mundo

y pagar algún día con mi cuerpo en la hoguera

el desenfreno de mi vaga ilusión.

Caía sobre mí mismo

y amaba mis fracasos.

Sentía el placer de ser otro

que escribe un poema sin principio ni fin

alerta por si viene la muerte y revienta

mi pobre y útil reino del cuerpo.

José Barroeta

Todos han muerto

Poesía completa (1971-2006)

Editorial Candaya

Candaya Poesía 6

Presentación: Eugenio Montejo 

Prólogo: Víctor Bravo


 

 

 

 

 

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