pain

 

el dolor de bárbara

Válgame dios, que el dolor atroz la obliga a cerrar los dos ojos de ver; válgame dios, que el dolor duro

le pesa tanto que tiene que sostenerse la cabeza con las dos manos de acariciar, con los diez dedos

de tocar el violín.

Es el dolor dolor: una pedrada continua, las esquinas clavando espuelas, una presión sin perfume, ay,

el dolor doloroso está en el centro, y también a la derecha, y a la izquierda, y empuja desde abajo y desde

arriba, impúdicamente.

Y ella, Bárbara, está quieta quieta, sujetándose el tambor de hojalata sin cambiar de llanto: invierno exasperado,

otoño oscuro, roto verano. ¿Por qué tanto dolor sin dueño; para qué tanto dolor dolor, rojo, hexagono, sañudo?

 Si pudiera llorar con su vecino, gritar con su suegra, aullar con su enfermo cuñado; si por lo menos pudiera

despintarse las uñas, mientras le duele y duele, o ir a comprarse unos zapatos de charol.

Dentro de su cabeza está el cordero, la madre del cordero, el hijo y el nieto del cordero, y la sangre del cordero,

y el rebaño, y la hierba del campo, y el campo con sus piedras y sus caminos, y el matadero al amanecer,

y las campanas que tocan, y un pueblo con aviones, una plaza con sus árboles y su fuente, la luna

y un pájaro muerto.

El dolor entró a caballo en la cabeza craneal de Bárbara, y trota y truena: ruidoso, morado. Le pide un beso

en la boca que ella no le quiere dar, ‘antes me arrancaría los labios, caballo maldito’ —le dice, vengándose

con frialdad de él—.

Fotografía de Lee Jeffries, Pain

 


 

 

 

 

 

 

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