landon

 

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Qué sencillo es sentir una directa fraternidad con el hombre humano de la foto, confundirnos con su aspecto

penúltimo, no saber si él llegó antes que nosotros a este turbio asunto de la vida o si seremos nosotros los que nos

iremos antes, dejándolo aquí con su tubo en la oreja y el parche de amianto en la sien, afilado de rasgos y gran observador

miope.

Qué fácil es sentir una fresca fraternidad inmediata, ponerse en su lugar de sacacorchos, meterse en su piel,

manchada de barro a goterones, y sentir con él su enfado seco en los dientes y una soledad de corredor de fondo, con la

mirada de un pollo rapaz que se ha desvelado y espera, sin esperar, a que amanezca o anochezca, es igual, la luz y la

sombra tienen para él un mismo significado y un sonido continuo de chapoteo en el agua o de doloroso deseo sin deseo.

No buscamos el diálogo tonto, sino la identificación entre caballos, la réplica, el trasiego de oscuridad y de alma.

Él es una caldera vieja, obstinado y rígido, cruel como una realidad continua o un agujero frío, helado, áspero.

Claro que también es un extraño: ya no le quedan diminutivos, sólo el piloto automático y unos fusibles fundidos,

ni siquiera le funciona el circuito del agua caliente. Es una pieza extra, inútil, que no recuerda quién ha pagado este viaje.

Cada rato se olvida de lo rápido que se mueve todo, y cada vez se sorprende de la velocidad de las cosas que,

antes, nunca se movían: un estropajo, un ladrillo, una pared. Tiene el cabello escaso y con el brillo metálico de un alambre,

de un muerto. Y toda la cara cubierta de pelo, de vello, que le crece ya mezclado, mixto de pestaña y barba, de cabello y ceja,

con unos pómulos como dos pedradas oscuras, o dos huevos duros, dos pómulos que se le van haciendo armas para golpear,

huesos de hueso: nos recuerdan que todo empieza con una caja y una oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© de la fotografía Lee Jeffries


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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