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Es estrecha la arena

Es estrecha la arena

y mi león preferido me cuenta mentiras,

como el abuelo

y los vientres de esas ballenas

que decía que tenían continentes arrestados,

cachalotes malvados en castillos con cadenas.

Nunca más daré crédito al abuelo

robando pez espada en las costas irlandesas.

Nunca más escucharé sus cuentos.

Puedo estar segura:

en el vientre de las ballenas sólo vivo yo

esperando la hora

de que atraquen los barcos.

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A area é estreita

A area é estreita

e o meu león preferido cóntame mentiras

coma meu avó

e os ventres desas baleas

que dicía que tiñan continentes arrestados,

cachalotes malvados en castelos con cadeas.

Nunca mais darei creto a meu avo

roubando peixe espada nos costas irlandesas.

Nunca mais escoitaréi as suas mentrias.

Podo estar segura:

no ventre das baleas só resido eu

agardando a hora

de que atraquen os barcos.

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Luisa Castro

Ballenas, 1988

BALLENAS —BALEAS E BALEAS—

Acierta Luisa Castro (Foz-Lugo, 1966) al estimar que algunos de sus mejores poemas se hallan en Baleas e baleas.  Publicado

en 1988 y prácticamente inencontrable, aparece ahora en doble versión: a la gallega original une la propia autora su reescritura

castellana. En la costa cantábrica donde nació y vivió su niñez y adolescencia, historia e historias se confunden. Junto a la mitología

cultural transmitida en la familia y en la escuela, bien pudo Luisa Castro escuchar historias de ballenas que en su gran panza

«tenían continentes arrestados / cachalotes malvados en castillos con cadenas». 

Si se rebela, más ante la mitología cultural que ante las historias, es porque, según confiesa, «en el vientre de las ballenas sólo vivo

yo, / esperando la hora de atraque de los barcos», ya veremos cuáles.

El lector que quiera viajar hacia el espacio de Ballenas  ha de romper amarras con los esquemas racionales y abandonarse. Viajará

primero con un marinero borracho que, equidistante de Irlanda y de la novia, es decir, entre el país de las leyendas —también de la

dura faena pesquera— y del amor, escribe versos que esconde entre las mantas del catre:

«En la nevera del barco, entre julianas,

olvidado en el palo mayor,

mi corazón se cuenta entre los animales más lentos del bosque». 

Sus palabras giran locas al ritmo de la cabeza borracha y van encadenando versos como conjuros mágicos:

«Que no haya descanso.

Que todas las merluzas se reúnan para ahogarme……

En un segundo tiempo, entramos en el mundo de la infancia. Una niña corre ahora «por los sueño sin falda».  Se divierte pinchando

el pezón a las muñecas de plástico, entre ellas a Genoveva de Brabante, uno de los mitos de la fantasía cultural heredada; o

enterrando en latas de conserva jilgueros muertos.

Es el jefe indio del grupo que deja el colegio y huye a la playa a ahogarse entre los brazos del pulpo:

«Observo cómo se desesperan con pequeñas barcas y candiles

buceándome». 

Basta este último término para indicar cómo, quebrando todas las normas, el lenguaje se libera y crea mundos imaginarios. El 

que esas niñas sueñan es uno nuevo: que

«el viento lo vuelva todo del revés

y venga una guerra

y todo del revés»

A partir de «Siete poemas para leones» las piezas se convierten en muñecas rusas.

«El trabajo de mi padre es domesticador.

Mi cabeza cabe en la boca del león»

Habla ahora la protagonista a Silvia y le cuenta su relación de amor odio con los leones:

«Trabajo todo el día

y los romanos tienen unos látigos que dan miedo…»  

Retornan ahí los mitos culturales de la infancia: junto a Genoveva de Brabante las novelas y filmes de romanos con cristianos

arrojados a las fieras. Amor-odio: «Divido el mundo por dos»,  confiesa. Descartemos cualquier clasificación dogmática de valores:

«Me acuesto cansada de cintura para arriba.

De cintura para abajo soy pura inteligencia»

Pero, al poco, se invierten los valores:

«De cintura para arriba soy pura inteligencia.

De cintura para abajo me gustan los leones».

Las ilusiones infantiles —«¡Ah!, dije yo, entonces soy la hija del mar»  se derrumban como castillos de arena seca:

«No.

Eres la hija de un día de descanso»

La verdad se relativiza en perspectivas: lo que para los chicos de la ciudad es paraíso soñado de verano, para los «lobos

de mar» es pura realidad: ni «puzzles» ni castillos, «respetábamos la arena». Las normas de la educación familiar —

«Hay que comer. Hay que comerlo todo /… / chupa los huesos…» —aparecen proyectados en la pantalla del cine:

«Imperator,

diles que no quiero más, que tengo suficiente…

que las fieras no saben la tabla y que lo ven todo gris»

Esto mismo, que las fieras romanas lo ven todo gris, ya lo decía el marinero en la primera parte (p. 19). Son camaradas.

Las viejas, convencionales moralidades de las historias de santos y héroes —«Creyente Silvia, / ten fe…»  se traducen en

el sueño de que un día llegue a la costa la barca del pescador de hombres —nuevo guiño— «llena de merluza y contrabando». 

Es la barca esperada.

Queda, entre tanto, al alcance de la mano una ilusión: escribir letras líricas para los cantos del circo: Imperator,

«anda, dime que haga letras líricas para tu obesidad»

Una corrosiva escena final liquida todo el entramado: los leones esperan aburridos a que los cristianos «se pongan serios delante

de la muerte»;  pero no hay forma. Tienen aspecto de viejas actrices y el emperador se lamenta: «¿Quién va a gozar con estos

cristianos con legañas?».  Y la niña siente que su

«carne república aún caliente

no despierta ni delante de la muerte, qué risa».

¿Habrá alguna solución? Es lo que pregunta Isolda con insistencia al final del libro: «¿No hay fórmula para esto?».  De momento,

lo que siente es odio:

«Te odio como las batas de casa conmigo dentro,

tú poético, patético, pegado a mí como las batas de casa». 

Todavía podrían salvarse, por ejemplo, unas cuantas metáforas y despedir a Isolda con «un beso muy humano a cada lado de la

comparación»,  Pero la pregunta seguirá, sigue ahí, desafiante, y con ella se cierra el viaje: «¿No hay fórmula para esto?».

Hermoso libro, rompedor y fascinante, en el que los planos del recuerdo se disuelven y las palabras se dislocan para crear más allá

del tiempo una elegía y un alegato contra el tiempo mismo.

VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA

De la Real Academia Española


 

 

 

 

 

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