luisa castro

 

los versos del eunuco

 

reseña

 

 

 

 

los versos del eunuco

 

ODIO Y MALDITISMO

 

 

 

 

La actitud humana que le llega al lector a través del nuevo libro de poemas

de Luisa Castro, Los versos del Eunuco, sigue siendo, como en su entrega

anterior, Odisea definitiva , literariamente airada.

 

 

 

El espacio imaginario; los datos reales que sustentan la transformación en signos poéticos;

la dicción persistente, continua, que enfrenta lo vivo «nieve», lo que no cae dentro de

nuestro mundo urbano, con lo que los hombres hemos fabricado «paredes», converge en

una palabra terrible, abarcadora, desoladora: odio. No hemos cuantificado la recurrencia

de su aparición a lo largo de las páginas del libro, pero damos fe de que aparece con la

frecuencia suficiente para no estar escrita al azar.

 

¿Qué es lo que odia Luisa Castro?

 

La respuesta, como debe ocurrir en un texto literario, no surge con claridad inmediata.

De entrada contamos con un dato obvio: para alguien que se siente fuerte, joven y libre

en sí mismo, la estructura de la vida, conforme está constituida, es limitadora, absurda,

roma. Item más, si la persona es creativa y dispone de un arma defensiva —en este

caso el lenguaje—, intentará abrir una puerta o un agujero, o ambas cosas, en el muro,

para escapar el tedio y sentir de verdad de qué materia está hecha ella misma y el sabor

del horizonte que la contiene. «El lenguaje nos revela a nosotros mismos», decía Rilke.

 

¿Cómo procede Luisa Castro, cómo organiza su odio?

 

Consideremos la secuencia de citas: Tíbulo, Terencio, Ezra Pound, Tristán Corbière,

Artaud, Leopoldo María Panero. Nos encontramos con una serie de poetas «malditos»

que acentúan su parentesco entre sí y con la poeta que los cita.

 

«Será mi alma un buen alimento para perros», dice L. M. Panero

«Se mató por ardor o murió por pereza», dice T. Corbière

«Han traído rameras para Eleusis. Cadáveres se aprestan al banquete por orden

de la usura», dice E. Pound.

 

Semejante ceremonia de apoyo a la propia actitud, nos hace pensar en la necesidad

de ser alentada por seres de idénticas características que siente Luisa Castro, por

seres pertenecientes claramente a la estirpe de los «transgresores». (Queremos marcar

la importancia de las citas latinas. Luisa Castro en tres ocasiones utiliza, sin traducirlo,

un lenguaje culto y mágico, lenguaje que la aísla más del contexto «normal», y con

el cual ella juega un juego de aceptación y ataque, semejante al de las otras citas, pero

con un sentido distorsionador, puesto que Tíbulo y Terencio, dándola pie para el uso de

sus sugerencias, la encadenan y la mutilan, la atan a una cultura sacralizada.)

Es apasionante ver cómo los movimientos del lenguaje de Luisa Castro se organizan

con imaginación móvil para liberarse de la estructura.

 

«Era la primera ceremonia y nos queríamos con savia en la garganta porque el amor

sobrevenía con un lujo de ola que no cae» (p. 14).

 

«Versos como incendiarse en lechos, hundir

la espuela y dame

la trinidad oscura de tu alma,

el cajón extraño de tu cuerpo, y alta

parábola de ti

y

yo

que vivo al otro lado del incendio

ausente y silenciada

y cantando cosas tristes…» (p. 30).

 

Y cómo estos movimientos del lenguaje son cercados por

«Multitudes de enemigos como desbocadas hembras sin pelo

nos arrastraban al puerto oscurecido

de la ciudad

a ver zarpar

el último barco» (p. 40).

 

 

 

¿Quién es el Eunuco?

 

Personaje multiforme, cercano y lejano, mutilado y capaz. Nos recuerda, en su presencia,

al cadáver de Amadeo o cómo desembarazarse de Ionesco, amenaza creciente de

potencial insólito. Luisa Castro dice de él:

 

«Me amamanta con sencillez. Recoge su lengua,

olfatea mis víveres y se va.

Vértigo y parto» (p. 31).

 

«Si el eunuco se enfría en mis rodillas

le digo que sí y nos queremos con las espadas altas» (p. 33).

 

«Y así me que cada día llegaba más amarillo, con aliento amarillo de vaca y los ojos

colgándole sobre un fondo amarillo… Lo desnudaron con evidente rubor pues su

cuerpo en los últimos tiempos había ido cobrando un aspecto de doncella virginal

apetecible hasta para un gendarme… Sus dimensiones habían empequeñecido

adaptándose a las formas femeninas con la sinuosa cadera, con los pechos oscilantes» (p. 51).

 

Luisa Castro combate para que el eunuco no adopte formas que no le corresponden:

 

«Quise explicarles que venías de muchas guerras, quise contarles la verdad de lo

del muñón. Pero los gendarmes se apresuraron a enseñar en la plaza sus heridas

a las gentes que se apiñaban y me llamaban devoradora de ángeles, pecadora de

la guadaña en alto» (p. 52).

 

El rol femenino y el masculino entran en colisión para situarse en un terreno estrictamente

humano, con atributos que no marquen un destino. El adjetivo que viene de fuera,

que no nace en la persona, incide en este orden nuevo como un cuchillo. ¿Está justificado

el odio? ¿La palabra, puede actuar de salvadora? Luisa Castro termina su libro con este

verso:

 

«Cuánto tiempo he de esperar»

 

 

 

Unas palabras sobre el Premio Hiperión que ha obtenido este libro.

Nos parece por el contenido, la ordenación, el valor expresivo,

la imaginación y la cultura que contiene, justo, un premio justo.

Pero a nosotros todos los premios nos dan un escalofrío, el

escalofrío de una posible transformación del poeta, el escalofrío

de que su dicción se convierta en moda y, por tanto, en algo

perecedero, sin posible progreso, con muerte cierta. Y aún

otro escalofrío: el de que se convierta en algo tutelable,

manejable, sin libertad, sin la libertad airada que corresponda

a cada momento vital del poeta. Esperemos que no termine por suceder así.

¡Ah! Se nos olvidaba. Luisa Castro es la más joven de las diosas blancas.

 

 

 

 

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ADOLFO CASTAÑO

Reseña de Literatura, Arte y Espectáculos

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