En la oficina, Maryna nos mira con los ojos de una exacta secretaria: con formalidad,

con reconvención y sin piedad: sobramos en su presencia y en la vida y le hacemos perder

el tiempo.

Las gruesas gafas de pasta embellecen sus ojos pero dispersan su mirada. Recogida de pelo,

con un flequillo colegial y mojigato y con pendientes y collar de finas perlas formales,

Maryna debería protegernos también de sus labios, de su cuello, de su bonita nariz.

Ni siquiera se ha pintado las uñas y lleva un escote redondo y cerrado que esconde hasta sus

clavículas.

Nada hay que sea más seguro que volar, lo que es peligroso es estrellarse, pero Maryna

no quiere ni despegar del suelo, no vaya a ser.

‘Quise enseñarle a una avispa a hacer miel, pero incomprensiblemente me atacó furiosa’

–dijo el poeta.

Sostiene el lápiz que encontró un día en su corazón, cuando era niña. Ahora es carnívora y voraz;

envenenada de incumplidos, retenidos, reprimidos deseos que se han ido pudriendo en su interior

con los años, pero lleva el asunto con el gesto de la purísima yerba, ‘con el dejo de azucena que piensa’

–dijo el poeta.

Aguardamos que se suelte el pelo y se quite las gafas y se pinte los labios y se abra el escote,

eso esperamos.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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