merodeando a la copia de Dios
Llevo tanto tiempo callado y apaleado que cuando digo entrecierro los ojos tristes con media sonrisa
y me cubro la cara con la mano por encima de la frente por si acaso. Para notar esa amortiguación invisible
que te abraza el alma. Solo así he podido cuidar de mí mismo.
No me gustan los extremos ¿Para qué quiero que me defienda la copia de un Dios que me ha arrojado
desde siempre al mismo abismo? ¿Una y otra vez? Como ese deportista que supera muchas veces su propio límite,
¿para que me una a sus filas? El verdadero Dios también es ciencia, una ciencia aún desconocida sin esa sutileza
autoritaria y obispal que te envuelve silenciosamente como un perfume y te hace cambiarte de acera enseguida,
que no sé qué es peor.
Los hay que si no creen en Dios, tampoco lo hacen en el diablo, esto me parece lo más coherente.
Pero el verdadero Dios, el utópico, el que ha construido ese entramado de planos y realidades superpuestas
conectadas mucho antes del mono, quizá nos observa con la paciencia del amor junto a sus compañeros
arquitectos. Aunque nosotros lo unificamos todo por costumbre. Pero no me entretendré en lo desconocido
porque no me da la gana.
¿Cómo incluiremos en nuestra delicada historia amorosa, a esa copia de Dios bronco y guerrero
que se pasa el día en su habitación sobrecalentada del piso alto, tendido en un lecho enorme como un barco,
y que tiene una respiración bronquítica y ruidosa, con una tos fea de fumador empedernido?
Quizá la copia de Dios ha perdido hace tiempo la fe en la especie humana, que se encuentra en medio.
Al otro lado, los que quieren que vivamos en un sueño irreal. Dentro de la inteligencia artificial.
Dios aprieta pero no ahoga, solía ser la canción. ¿Tiene derecho el hombre a lo desconocido?
¿Saldremos algún día de enmedio de esas dos planchas de acero que se aproximan?
Colgado de una percha en la pared, el uniforme azul marino de sus Ejércitos. Los cristales de su ventana
retiemblan con esas lejanas explosiones cósmicas y con el continuo soplo del viento. En el pecho
lleva tatuada la nebulosa del Anillo. Y en la espalda, la Cruz del Sur.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostarme, me conduce hacia fuentes tranquilas,
—dicen por la radio que tiene sintonizada en Finisterre.
Esa copia de Dios no se siente sola, pero tampoco acompañada.
ángel ferrer
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