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ángela

 

Como (casi) siempre, en Ángela buscamos los almacenes centrales, el mercadillo de flores, todo eso

que es suyo y personal y nos interesa. Se dice que el alma tiene forma, color y sustancia de gamba, pero yo no

lo creo, por lo menos de una manera general.

Para sincronizar nuestras palabras: el alma es exactamente (exactamente) aquello con lo que tropezamos

al entrar en el canal de la mirada. Sincronizando palabras: la vida es más que la suma de sus partes. Sincronizando:

el tiempo es lo que hace que no nos pasen todas las cosas a la vez.

Ya sincronizados y aclarando que tiene que haber una explicación matemática para un anillo tan feo,

diremos que lo de Ángela, además de los alrededores, es la nariz.

‘A mitad de camino entre ninguna parte y el olvido’ –lo dijo el poeta- solemos dejar aparcado (en batería)

lo que somos, suponemos y sospechamos de nosotros mismos: huele intensamente a pólvora dolorosa y a jardín de

invierno. Cuando alguien se pregunta –o le preguntan- cómo es, de qué pie cojea, puede acudir allí: mira los paneles

de control, las maletas de viaje y las bombonas de butano y algo –tal vez- puede decir o decirse. O no.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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