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  la nieta de la Trini

 

La nieta de la Trini lleva, en lo más alto de la cabeza, un florón de color entreseco, casi del mismo color

que la piel morena de la muchacha. Qué mirada más oscura, qué ceño más fruncido. Al fondo, entre luces,

está Córdoba: lejana y sola: el Puente Romano y la Torre de la Calahorra. Lejana y sola.

Aquí, cercana y acompañada, la niña mira de negro, con extrañeza y sorpresa y sospecha y temor: como si

no comprendiera, como si no acabara de entender esto de la vida, que ahora la mantiene tendida con los cueros

al viento, con todo lo larguísima que es, a enseñar al mundo sus calahorras y su puentecillo romano.

La niña tiene el cutis amasado con aceituna y jazmín, claro, con un resplandor entre senos del raso blanco sobre

el que reposa y con un oscurecimiento entre muslos que, si no es del negro mantón de manila, es que le viene de

antes, de más lejos, de otro sitio: quizá de la noche y sus medias negras; quizá de la noche y su mariposa oscura;

quizá de cuando en lo más denso de la noche, se apagan los faroles y se encienden los grillos.

La nieta de la Trini no lleva zapatos color corinto, sino un collar redondo de corales rojos. No lleva medallones de

marfil, sino unos pendientes de brillo y tintineo. Y en la mano derecha, ay, el metal de la navaja: la niña, en la lucha,

muerde como el jabalí; la niña, en la lucha, da unos saltos jabonados de delfín.

La nieta de la Trini es hermosa como lo oscuro que no tiene nombre, que no se llama ojos ni pelo ni noche: es

hermosa como lo oscuro que está solo, como lo oscuro que está detrás o dentro de los montes, como lo oscuro

cuando descarga sus camiones de oscuridad en la oscuridad.

 

 

 

 

 

 

Narciso de Alfonso

Merodeos: el desnudo femenino en la pintura


 

 

Julio Romero de Torres (1874-1930)

La nieta de Trini – 1929

Óleo y temple sobre lienzo de 113 X 177 cm

Museo Julio Romero de Torres. Córdoba

 

 


 

 

 

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