merodeos femeninos: más aclaraciones

Aunque no lo parezca, sigo odiando la insistencia, en especial cuando es tan continuada.

Bien: el blogger y amigo, Ángel, me dice que convendría aclarar por qué merodeo más o con más frecuencia a las mujeres,

considerando, además, que la foto de una mujer puede ser mirada con cierta displicencia por algunas mujeres. Muchas

de las merodeadas, además, son modelos o pertenecen al mundo de la moda. 

Lo cierto es que el motivo inicial obedeció a una casualidad, seguramente no casual: llevaba en la cabeza el asunto de

los merodeos y del abandono del límite del lenguaje y del -ya antiguo- conocimiento sobre las diferencias perceptivas y ejecutivas

entre los dos lados del cerebro. En el País, el diario, se publicó un reportaje sobre moda e, inmediatamente, supe que el primer

merodeo debía ser el de una de aquellas modelos. 

En un segundo tiempo, reuní los argumentos: al comienzo, la belleza -la verdad de la forma, o la forma verdadera, según una fórmula

clásica- debía ser fácil, al alcance de cualquier fortuna. Pero además, una mujer, inmediatamente detrás de la piel, era -como cualquier ser

humano- la completa desconocida: no sólo cabía en ella la realidad convencional, sino la realidad extravagante, o la irrealidad, que eran

elementos necesarios para abandonar el límite del lenguaje. 

Enseguida comprendí, con la prueba del folio en blanco, que se trataba de un asunto cornudo, difícil. Sólo después de 19 merodeos

de distintas mujeres logré unas escasas líneas menos insatisfactorias. Con todo, lo más cornudo era romper los hábitos de percepción

y de escritura -es decir, de uso del lenguaje-. Decir algo, incluso de escasa envergadura, sobre algún aspecto de algo cotidiano, pero

sin utilizar las palabras habituales, sino otras, o dando la vuelta a la sintaxis, era un esfuerzo importante que me obligaba a decir la frase

en voz alta y repetirla varias veces, ya inseguro de que en castellano pudiera decirse así: en efecto, estaba comenzando a desmontar

el hábito del lenguaje, pero carecía de la libertad de abandonar su límite -que se sentía perfectamente, como una imposibilidad de decir

de otro modo, por ejemplo. 

Una mujer modelo tiene otras ventajas -menores pero ventajas-: en la foto, está aislada o diferenciada del entorno, de manera que

no hay que enfrentar un entramado de relaciones entre distintos seres, cosas o criaturas; las fotos suelen ser, con frecuencia,

de alta calidad, lo que no es despreciable. Y, ya no por mujer ni por modelo, sino por humana: es, como el varón, pero de diferente

modo, lo más valioso que existe en el mundo y en la vida. 

Después, entre encargo y compromiso, vino el desnudo femenino en la pintura, destinado a publicarse: aunque me vaya del tema, 

pude entender -en escasísima medida, naturalmente- por qué se había perseguido a Modigliani, por ejemplo. No es que me amenazaran

con la cárcel o quemaran los merodeos: pero, ya publicados, estaban -en la editorial- en las listas confusas del sexo y del parasexo, cuando

ninguno de ellos pasaba de limpio y decente desnudo: vivimos en una sociedad abierta.

Quedan -y termino- los merodeos urbanos y suburbanos, basadas en fotos de viajes del amigo Servando Gotor, y la última tanda, la humanidad

última, que inicié ante el entusiasmo de ver las fotos de Lee Jeffries. 

 

Concluyo, espero que definitivamente, de aclarar intenciones.

 

Un saludo cordial

 

Narciso de Alfonso

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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