merodeos: otra declaración de intenciones:

 

Aunque -por recomendación de Ángel, blogger total de verseando- colgué ya una formal declaración de intenciones sobre los merodeos, 

un par de observaciones de Mabel me han hecho suponer que pueden malentenderse -lo que importa bien poco, pero como significan un curro

para mí, prefiero aclarar un poco más-. Disculpas por mi insistencia -algo que odio-. Un tipo se interesa enamoradamente por cualquier realidad:

bien. En un segundo momento intenta poner palabras a su enamorado interés. Bueno. Sabemos que, para decir algo que no sea consabido, la

lucha contra el lenguaje tiene que ser constante. Por definición, el lenguaje es convencional y elíptico: el significado de las palabras es compartido

por convención y no es posible decirlo todo, sino que necesitamos la elipsis. 

Además, tenemos el lenguaje como creatividad (uf): aunque es un ámbito casi ilimitado, me referiré a la creatividad en bruto, en crudo: al invento

lingüístico patente que intenta responder, por lo menos, a algunas preguntas. Antes, una aclaración: mi criterio sobre lo que se escribe -en cualquier género-

es que siempre se escribe lo mismo. Me explicaré -si sé hacerlo- un poco mejor: admitamos que el lenguaje tiene un límite que se puede abandonar, y que,

de hecho, se abandona a veces -aunque sin detectar, sin saber cuándo se abandona-. Por poner un ejemplo quizá extremo: César Vallejo -influencias surrealistas

aparte- abandona el límite del lenguaje en gran parte de sus poemas, de modo similar: otro modo de abandono es el de Aleixandre y, en cierta manera, el de

Neruda -de las residencias-. Me quedo en el español o castellano. 

Virtualmente todos o cualquier poeta, están en ello: abandonar el límite del lenguaje. Pero luego, casi todo -o, al menos, mucho- de lo que se escribe en poesía

es lo mismo. El criterio real de la poesía no es el abandono del límite del lenguaje, sino -sin abandonar el límite- las asociaciones afortunadas -metáforas y tal-,

o la habilidad de unir imágenes con sentimientos o emociones, o la capacidad para ver las cosas de otro modo, desde otro ángulo. Detalles que sorprenden, 

desenlaces inesperados, en fin. Claro que hay bastante -o mucha- poesía de calidad que no abandona el límite: no consiste en excluir a nadie. 

Es solamente la convicción de que el abandono del límite es demasiado escaso, muy poco frecuente en la poesía: y que, más que aguardar a que un tipo, de

vez en cuando, lo abandone -sin detectar cabalmente que lo está haciendo-, hay, para todos, un límite del lenguaje que se puede detectar y abandonar.

Vendría a ser -por ponerle palabras- salir de la realidad convencional -una carretera asfaltada- para llegar a la realidad sin asfalto o a la irrealidad: atrapar

el lenguaje desde fuera o desde atrás, desde el otro lado. 

Acabo: los merodeos parten del enamoramiento o -lo que es equivalente- del asombro. Ante cualquier realidad. Tal vez el asunto del abandono del límite del

lenguaje, se comprende mejor si se tiene en cuenta que no consiste (sólo) en intuir, ni deducir, ni usa, por tanto, de razonamientos lógicos; tampoco define,

o sea, no se refiere a géneros y diferencias específicas. 
Además, el propio lenguaje lleva a confusión si no se está atento, pues lo que expresa no tiene el

carácter proposicional de sujeto, verbo y predicado. El abandono del límite permite acceder sin suponer y, por tanto, sin conceptos, juicios o razonamientos.


Las dificultades pueden parecer excesivas y, sin embargo, evitan la recaída en la suposición: lo convencional, lo mismo, lo consabido.

No se trata de una intuición personal e irrepetible, de afirmar sin argumentos o describir sin dar razón de lo que se dice ver: el límite se abandona, pero

es preciso regresar a él: si no se vuelve -en alguna medida- a la carretera asfaltada, se pierde la convencionalidad y la comunicación: no se entiende lo

que traemos desde más allá del límite. 

Estos asuntos, explicados de forma escueta, están en la base, en la justificación de los merodeos: una propuesta de abandonar el límite del lenguaje sabiendo,

detectando cuándo aparece el límite y cómo puede abandonarse.

 

Un saludo

 

 

Narciso de Alfonso

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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