Kate

kate

 

Las líneas que separan -y que unen- a las personas entre sí son bastante imaginarias, y las personas

también, aunque hay personas más reales –o más irreales- que otras.

Me gusta merodear (entre otras muchas cosas) para buscar y encontrar a las mujeres reales, a las más

reales, aunque luego, después, algunas veces, sean demasiado reales y les sobre realidad. Son los gajes del oficio:

ya se sabe que ningún hombre maneja sus asuntos tan bien como lo hace un árbol.

Kate es una mujer real, hecha de sustancias dulces, sobrias y enteras. Todo, (casi) todo lo hace bien y

en su punto. Kate mira con exactitud, sin encogerse de hombros, y cuando ya está todo dicho, comprende que ya

está todo dicho y se calla.

Además de ser más o menos imaginarias, las personas también se orbitan –más o menos- entre sí. Hay

personas que se orbitan tanto, tanto que, cabalmente, no se encuentran nunca con nadie.

Por fortuna, la raza de los mortales (y las mujeres son de esa raza) es de origen divino: es algo que mirando

a Kate se hace evidente. El pelo castaño le despeina la frente, la nariz, los ojos. La belleza, cuanto más pura, tiene su

medida, su número, su música. El poeta dice que la mirada es el lugar donde se reúnen el alma y el cuerpo, y por la

mirada de Kate sospechamos que el poeta no nos engaña.

Como simple y sencillo merodeador, Kate me provoca un dolor del que aún no conozco el nombre.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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