tiendecita

La tiendecita

El fotógrafo de lo inverosímil nos ha puesto su ventana más indiscreta delante de estas tiendas, que tal vez son hermanas o,

por lo menos, buenas amigas, y en las que se venden –o se compran o se cambian- cosas tan especiales como un precioso

sklep spozywczy, que uno está pidiendo a los reyes magos -y no magos- desde los cinco años, que fue cuando pude ver, brillando

en la oscuridad como una hoguera en llamas, el primer sklep, que desde entonces circula en mi sangre como un veneno.

Lo que uno daría por ser Aron Weinberg o Benjamin Holcer, no –sólo- por conseguir de inmediato un sklep o un stolarz, ni por

cambiar de identidad, ni por meterme, de lleno y de pronto y deprisa, en la sección judía de la humanidad, sino simplemente por

tener una de estas tiendecitas que, más que pequeñas, son estrechas, extrañamente adosadas, apretadas, y con un mismo diseño

y un mismo ambientazo de luz de vela en la penumbra, que, sin duda, proporciona la intimidad de un interior mortuorio de fresca

oscuridad y, quizá, incluso ese olor a madera vieja de los ataúdes, a madera húmeda, a dulce carroña.

Una tiendecita desde donde se pueda silbar a la muerte, como si fuera una cabra de paso entre el tiempo tonto de la vida y las

locas trenzas de la eternidad.

Lo que uno daría por ser el dueño propietario y comercial de una de esas tiendecitas, con el derecho a poner encima de la puerta

un cartelón hermosísimamente feo, pintado en colores ciruela sobre un fondo pastel, y escribir el nombre propio y el propio apellido,

en letras grandes y fatales, enfáticas, como las de una esquela anunciando la vida, la marcha, el ritmo sandunguero.

Lo que uno daría, sin regatear, por una de estas tiendecitas, sintiéndolo todo en plural, humanamente, pero sabiendo que, en el fondo,

no es la tienda -ni el negocio, ni el cartelón, ni la penumbra con vela, ni siquiera un sklep- lo que uno desea de todo eso, sino más

bien lo agudo, lo exacto, lo inmortal, con su burro negro y sus pestañones postizos, con su pronombre gordo y su clima violento:

la vida, una vida, cualquier vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Narciso de Alfonso

© Fotografía de Servando Gotor Sangil

Merodeos: lo urbano y lo suburbano


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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