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Instrucciones para el difunto

 

La muerte es una cosa

¿cómo decir?, que viene

de alguna forma en forma de herradura

y es incrustable al rostro.

Todos te miran, dicen:

-No toquen al cadáver-,

atentos como están a su tristeza.

A vos eso te viene calcinando.

Te dejan duro,

emparentado (qué molestia) con el yeso.

Lo primero que irrita

es no poder tocar el hígado,

ese crustáceo,

ese maldito cascarón brillante,

ese traidor sanguíneo.

Ese rufián ruinoso se detiene

y no teje más su tic tic intravenoso,

es un desastre.

El admirable,

el envidiable tráfico ventral

se fue al carajo.

Estás tan solo, flaco de pronto,

que de tan flaco te viene el amarillo,

y a nadie le interesa

tu aspecto preocupado,

la desazón de no morder a Julia,

ni oler ya nunca

la impúdica aceituna,

y es que es tan triste morir sin una causa,

y aun con causa pesa, cansa, punza

la garganta como un dardo,

dan ganas de llorar

hasta inundarse y ser Alicia.

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Y no se puede llamar a la mamá,

pelear con los amigos,

ponerse un pedacito de miel en el ombligo

y dárselo a la amada,

es angustiante,

te atrofian el proyecto de ir a Ceilán

-nunca se sabe-

o desnudar la berenjena,

o ir a minar la antesala a los burgueses,

y en tal punto de oprobio y desconsuelo,

resulta que te borran de la fiesta,

te olvidan a poquitos,

siguen bebiendo del gran vaso del aire,

crecen los frutos, las calles, qué insolencia,

la vida es una viuda reprochable

y completamente sospechosa, pienso

que esto es bastante

para volver a morirse de disgusto.

Somos humanos y morir es asqueroso

cuando aquí ni siquiera hay socialismo

con que cubrirse un poco la vergüenza.

Estás tan triste. Esto es tan pero tan triste.

Quisiera recobrar tus palmas,

borrar de un roce

de labios tus ojeras,

amonestar la nuez del corazón

y su descuido,

curarte el lagrimón de la barbilla,

mi pobre muerto.

Pero la tierra es una caja dulce

que, dijo no sé quién, gravita,

y no te quedarás

en simple donación a los gusanos.

De un leve trámite irás

del humus a la luz

y dejarás al fin

tu testimonio de oro

sobre el mundo.

Hasta entonces, hermano,

dulce muerto,

no seas tan torpe con estos menesteres,

hasta la luz, entonces, muerto amado.

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Ana Istarú

 –

Instrucciones para el difunto

La estación de fiebre y otros poemas escogidos

Edición Digital 2001

 

 

 


 

 

 

 

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