El fotógrafo nos ha dejado delante de una casa elemental, sencilla, que tal vez sería la más apropiada

para irse a vivir cuando ya se ha vivido mucho, demasiado, casi todo.

Cuando uno ya está cansado de llevarse puesto y se siente, por fin, un hombre de mundo –pero del otro

mundo-.

A cierta altura de la vida, que no es paralela al número de años, hay que usar un cociente intelectual

negativo: no alto ni bajo, sino negativo, que es con el que se comprende lo irreal y lo irracional:

esas movidas que se escapan a la relación causa y efecto —que es una de nuestras peores pesadillas—.

Se trata de una humilde casita tierna donde podrían vivir Hansel y Gretel si no fueran dos niños falsos,

dos niños de cuento.

Es una casita donde se puede ser feliz más tiempo o más veces —más veces en menos tiempo—; puede

ser el lugar del extravío: allí donde se se va uno a vivir cuando se pierde y no quiere volver a encontrarse:

cuando ya sólo queda la conformidad de no entender nada, de ver la misma lluvia lavando los mismos árboles.

Cuando ya no se necesitan más que cuatro paredes, una certeza de orden y tres medidas de cebada por un

denario. El puzle social nos enseñó ya su última combinación, que no era buena; escuchamos la voz de los

gansos salvajes, fuerte y excitante como la voz ronca de una mujer, y supimos que había llegado el tiempo

de buscar nuestro lugar en la familia de las cosas, que es lo que nos trajo a esta casita.

Todavía tenemos que aprender lo que no nos enseñaron en la escuela, y buscar la aprobación del universo

entero, y tal vez, ya al final, cortarnos las trenzas y juntar las manos, quedarnos puros y orejones, sin nudos

en los pies, canturreando en voz baja y sonriendo a la nada, sin hacer antigüedades. 

 

 

 

 

Merodeos

serie: urbanos y suburbanos

La casita china

Narciso de Alfonso

© de la fotografía Servando Gotor

 


 

 

 

 

 

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