el cuco

 

 

Cuando James Cameron era un hombre joven

le pasó esto.

Después de que su décimo octavo cumpleaños hubiese llegado a su fin

y los invitados habían desaparecido llevandose puestos coloridos sombreros

también agarrando cubos de pastel de Battenberg envuelto en

servilletas de papel, la madre de James le sentó en la barra de desayunos.

El olor de las

acabadas velas y la descarga de fuegos artificiales, flotaba en el aire.

“ James, no soy tu madre”, le dijo ella.

“¿Qué?” Se las arregló para decir con voz ronca. “ Trabajo para el gobierno

y mi contrato llega a su fin hoy”.

“ ¿Lo sabe papá?”, preguntó desconcertado James.

“ El no es tu padre. No te enfades con nosotros, estamos haciendo

sólo nuestro trabajo”. James se sintió como un diente de oro

volando por el aire en una pelea de puñetazos.

“¿Qué pasa con mi hermano Peter y toda la familia?”

“Actores”, dijo ella, con total naturalidad. No te veo, tía Madge no.

“Ella, especialmente. Fue a la escuela de teatro. Fue siempre

un pelín Shakesperiana para mi gusto. Algunas personas son así, cercanas.

Una pequeña lágrima en el ojo de James, como un bebé de caracol,

emergió finalmente de su caparazón.

“¿Vas a dejarme?” Preguntó. Ella dijo,

“ Hay un taxi viniendo, tardará media hora”. He dejado un chili con carne

en el frigorífico y hay un montón de pizzas en el congelador.

Peperoni __ la única que te gusta. Estamos abriendo un hotel en la costa este.

Actualmente es una casa clandestina de presos políticos__ te lo puedo decir

porque sé que no lo contarás”.

De repente ella parecía la más temida mujer que jamás hubiese existido,

aunque se daba por supuesto que él amaba mucho su existencia.

James salió fuera. Su mejor amigo Snoobi y Carla su novia, estaban

apoyados en la pared con las maletas en la mano. Carla iba con gafas de sol

y estaba pasándose un trozo de goma de mascar de un lado a otro de la boca.

“¿Vosotros también?” dijo James desesperadamente.

“ Me temo que si”, dijo Snoobie. “ De todos modos tened cuidado.

Me han ofrecido

un pequeño papel en una obra en el Teatro Palace en Watford

y tengo que leer todo para mañana por la mañana”.

“Ella se va a los Ángeles, ¿verdad?, ¿Carla?”

“Hollywood”,

dijo ella, masticando todavía el chicle. James dijo, “ ¿No significa nada, Carla?

¿Ni tan siquiera aquel momento tras la parada de taxi después del

concierto de Microdisney?”

“No sé”, encogiéndose de hombros. “Tengo que comprobar el archivo”.

James bien podría haber perforado un agujero en su pecho y

arrancarle así el venenoso pez globo de su corazón.

Él caminó pesadamente hasta el prado. Si se hubiese estado quitando de fumar,

ahora sería un buen momento para comenzar otra vez.

Si hubiese llevado un arma cargada en el bolsillo, la podría haber puesto

en sus labios, así. Entonces un pájaro cayó del cielo y aterrizó justo

a una yarda o así, de sus pies. Un

cuco.

Lo agitaron unas cuantas veces y murió. Sin embargo,

atormetado o mezquino te estás sintiendo, no obstante, bajo tu espíritu,

pensó James, siempre hay alguien peor. Le había enseñado su madre.

Fue entonces cuando se dió cuenta del pequeño motor eléctrico

dentro del vientre del pájaro, también de los cables debajo de sus alas

y el muelle roto que sobresalía de su boca.

 

 

 

 Nuestras versiones

 

 

 

 

 

 

simon_armitage

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

the cuckoo

 

 

When James Cameron was a young man, this

happened

to him. After his eighteenth birthday party had come to

an end and the guests had disappeared wearing

colourful

hats and clutching cubes of Battenberg cake wrapped

in

paper napkins, James’s mother sat him down at the

breakfast bar. The smell of snuffed candles and

discharged party poppers floated in the air. “James,

I’m

not your mother,” she told him. “What?” he managed to

croak. “I work for the government and my contract

comes to an end today.” “Does dad know?” asked the

bewildered James. “He’s not your father. Don’t be

cross

with us, we’re only doing our job.” James felt like a

gold

tooth sent flying through the air in a fist fight. “What

about my brother, Peter, and all the family?” “Actors,”

she said, very matter-of-factly. “I don’t believe you. Not

auntie Madge.” “Especially her. She went to drama

school. She was always a tad Shakespearian for my

taste

but some people like that approach.” The small tear in

James’s eye, like a baby snail, finally emerged from its

shell. “Will you leave me?” he asked. She said,

“There’s

a taxi coming in half an hour. I’ve left a chilli con carne

in the fridge and there’s a stack of pizzas in the

freezer.

Pepperoni—the ones you like. We’re opening a bed

and

breakfast place on the east coast. Actually it’s a safehouse

for political prisoners—I can tell you that

because

I know you won’t repeat it.” Suddenly she looked like

the

meanest woman who ever lived, though of course he

loved her very being.

James went outside. His best friend, Snoobie, and

Carla,

his girlfriend, were leaning on the wall with suitcases in

their hands. Carla was wearing sunglasses and

passing a

piece of chewing gum from one side of her mouth to

the

other. “Not you two as well?” said James, despairingly.

“ ’Fraid so,” said Snoobie. “Anyway, take care. I’ve

been

offered a small part in a play at the Palace Theatre in

Watford and there’s a read through tomorrow morning.

She’s off to Los Angeles, aren’t you, Carla?”

“Hollywood,”

she said, still chewing the gum. James said, “Didn’t it

mean

anything, Carla? Not even that time behind the taxi

rank

after the Microdisney concert?” “Dunno,” she

shrugged. “I’d

have to check the file.” James could have punched a

hole in

her chest and ripped out the poisonous blowfish of her

heart.

He walked heavily up to the paddock. If he’d been a

smoker

who’d quit, now would have been the time to start

again. If

he’d been carrying a loaded firearm in his pocket he

might

have put that to his lips as well. Then a bird fell out of

the

sky and landed just a yard or so from his feet. A

cuckoo.

It flapped a few times and died. However tormented or

shabby you’re feeling, however low your spirits, thought

James, there’s always someone worse off. His mother

had

taught him that. It was then he noticed the tiny electric

motor inside the bird’s belly, and the wires under its

wings,

and the broken spring sticking out of its mouth.

 

 

 

Simon Armitage

Seeing stars

poems

 

Published in the United States by Alfred A. Knopf,
a division of Random House, Inc., New York,
and in Canada by Random House of Canada,
Limited, Toronto.
Originally published in Great Britain by Faber and Faber in 2010.

 


 

 

 

       

 

 

 

 

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