isabel bono

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espejo

 

 

Espere, por favor. La chica movió la mano entre las

puertas, se abrieron sin haber llegado a cerrarse.

Gracias, dijo ella. Llevaba una bolsa en cada mano.

La chica pulsó el séptimo y preguntó a qué piso iba.

Sí, al último, gracias. Le extrañó que pulsase antes

de preguntar. El ascensor bien podía no haber tenido

memoria. Sonrió.

¿Qué pasa?, preguntó la chica como si ella fuera la

responsable de que el ascensor acabara de pararse

entre dos plantas. ¿Por qué se para?, volvió a decir

con vehemencia.

Pulsa el timbre, por favor. Púlselo usted, dijo antes

de aporrear la puerta y gritar Socorro. Ella colgó de

la barra horizontal que atravesaba el espejo las dos

bolsas, una en cada extremo. ¿Qué hace? Tengo las

manos ocupadas, respondió, demorándose a

propósito en cada palabra, y pulsó el timbre.

No puedo respirar, no puedo respirar. Sí puedes, no

digas tonterías, cierra los ojos y respira, con los ojos

cerrados el espacio es mayor, piensa en algo bonito.

Se sintió ridícula hablándole como si fuera una niña

pequeña. Llamaré a casa, sigue respirando. No me

suelte la mano, dijo la chica. No hay nadie. La chica

se echó a llorar. Lloraba sin abrir los ojos. No llores,

mujer, no te va a pasar nada. Ya lo sé, no es eso.

Estaban sentadas en el suelo. La chica ya no

lloraba. Llevaban calladas un buen rato. Mientras la

chica había estado con los ojos cerrados, ella la había

mirado sin pudor. Su cara le resultaba familiar.

¿Por qué ha colgado ahí las bolsas?, señaló la

barra. Ella sintió que el calor le subía a la cara.

Cuando llego a casa pongo las bolsas sobre la mesa

de la cocina, así que no me gusta que antes hayan

estado en el suelo, manías, ya sabes. La chica no dijo

nada. ¿Tú no tienes manías? No le interesaba en

absoluto si la chica tenía manías o no, tampoco

pretendía iniciar una conversación, solo quería salir

de allí de una vez. Aquella situación empezaba a

resultarle incómoda.

¿Lleva chocolate? ¿Cómo? En las bolsas, ¿lleva

chocolate? No llevaba, pero le ofreció unas galletas.

Son integrales, se excusó. La chica tomó dos sin dar

las gracias. Tendría unos veinte, pero se comportaba

como una niña de diez. ¿Sabe?, dijo con la boca

llena, venía dispuesta a darle un ultimátum a mi

novio, pero me lo he pensado mejor. Ni siquiera

habrá ultimátum, lo voy a dejar. Novio. Repasó a los

vecinos de su planta. Quiero tener hijos, ¿sabe?,

¿usted tiene hijos? Una hija. Yo quiero tener

muchos hijos.

Estuvo a punto de decirle que uno cree que serán

los hijos quienes entierren a los padres y no al revés,

nadie piensa antes de tenerlos que hay niños que

mueren porque sí, y de repente supo a quién le

recordaba.

El ascensor dio un salto y la chica se puso en pie

inmediatamente. Pulsó varias veces y empezaron a

bajar. Cuando las puertas se abrieron la chica no

tardó ni un segundo en salir y, volviéndose con una

gran sonrisa, dijo Adiós. Ella estaba apoyada en la

barra horizontal frotándose las piernas para

desentumecerlas. Adiós, respondió, pero la chica ya

no estaba.

Las puertas se cerraron. Mientras subía, no pudo

dejar de mirarse en el espejo ni un instante. El

parecido era asombroso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bono; Isabel. Una casa en Bleturge (Nuevos Tiempos). Siruela

 

 

 

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