sección: prosas magistrales

 

 

 

francisco umbral

mis paraísos artificiales

 

1976

soy la soledad que toca el xilofón para pagar el alquiler

henry miller

 

 

 

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Cuando niños soñamos con las aventuras. Cuando adultos, con la aventura.
Este paso del plural al singular es el paso de la violencia al erotismo, de la imaginación al corazón. El muchacho sueña con correr aventuras. El adulto sueña con tener una aventura.

 

La aventura. Antonioni hizo una película con este título. En ella estaba todo el vacío de la aventura. «Aventureras», les decían nuestras madres a las mujeres de gafas negras y turbante que tenían o parecían haber tenido muchas aventuras amorosas.
A la aventurera de antaño se le llama hoy mujer emancipada, mujer-objeto, mujer donjuán o ninfomaníaca.
Cuando jóvenes, quisimos tener muchas aventuras, vivimos más o menos de la aventura. Había que tener muchas aventuras del corazón como el pistolero del Oeste tenía que llevar muchas muescas en la culata de su revólver, porque cada muesca era un adversario muerto. Nos fascinaba la cantidad.

 

La fascinación por la cantidad, por la pluralidad del mundo, es una cosa muy de la adolescencia. Diversidad, sirena de la vida, escribió alguien.
Luego, nuestra vida entra en agujas y vamos teniendo menos aventuras.
Pero entonces es cuando cobra prestigio lírico la aventura, esa aventura de un día, que surge de vez en cuando, o no surge, que se frustra casi siempre, que se queda en nada. No importa que la aventura no se consume. No importa a cierta edad, quiero decir. Porque de lo no consumado hace la imaginación madura una realidad lírica. Todo lo que no se consuma adquiere categoría lírica, y hay una edad en que sólo cuenta, ya, el lirismo.
Dejamos que nuestra vida corra, ya no tenemos programas, proyectos ni fines. Hemos ido demasiado de prisa, quizás, en la vida, y ahora jugamos a dejarnos llevar por las aguas del río de Heráclito. Pero los ríos siempre han sido ricos en aventuras.

 

 

De pronto, sin buscarla, surge la aventura. Como ya no somos aventureros, nos coge un poco desprevenidos. Hay que sacar el pecho, cargar la carabina, ponerse el salakof. A ver qué pasa. Hay que dar la cara.
Cuando teníamos prisa por vivir nuestra vida, por recaudarla en actos, por cobrar la herencia de días, trabajos y placeres que a todos nos corresponde, toda mujer era un botín y, en seguida, un estorbo, pues nos estaba reteniendo en nuestra trayectoria apresurada y fulgurante hacia lo que creíamos la totalidad, y que no era sino la dispersión. O, cuando menos, la diversidad, sirena de la vida.[/ezcol_2third] [ezcol_1third_end][/ezcol_1third_end]

 

 

Ahora es al contrario. De la aventura se sale —dicen los aventureros contumaces— con melancolía, con insatisfacción, con la inquietud de haberse asomado a un jardín y no haberlo profundizado. Cortamos una flor y nos alejamos, cuando lo que nos apetecía, quizás, era quedarnos a vivir en el rosal. Porque nuestra incipiente madurez ha venido a coincidir con la madurez de la época.
De jóvenes, cuando buscábamos la aventura rápida, el tiempo, la sociedad y la vida nos imponían relaciones lentas, lentísimas. Ahora, que quisiéramos el reino de los despacios, el mundo y la mujer han evolucionado y nos imponen la prisa, la urgencia, la aventura.

 

De modo que vamos siempre a contrapelo. Éramos raudos cuando el mundo estaba quieto, no hace tantos años.
Somos demorados cuando el mundo se ha vuelto vertiginoso. Una mujer es un mundo, una vida es una novela, un cuerpo es un planeta. ¿Cómo pasar de largo?
A mí me parece bien la nueva dialéctica de los sexos, y procuro practicar de ella en la medida en que me dejan, pero nadie podrá quitarme el dolorido sentir humano por otra vida, la curiosidad de asomarse al brocal de un pozo femenino del que no he hecho sino tomar un sorbo de agua.
Qué tentación de ahogarse en todos los pozos. La aventura deja un sabor de indiferencia, cinismo, curiosidad y perfumes ajenos. Siempre nos quejábamos de que las cosas del corazón iban demasiado lentas, en el país. Ahora que van a toda prisa, quisiéramos un poco de calma.

 

La aventura es una conjunción de astros, una conjunción de cuerpos, un cruce de trenes en la medianoche de la soledad, en los andenes del miedo. ¿Cómo se conoce mejor el mundo? ¿Por la pluralidad o por la unidad? La pluralidad está en lo uno. Lo uno se repite hasta el infinito en lo múltiple. Todas las rosas, dice el poeta, son la misma rosa. Nunca hemos decidido si queremos ser unitarios o plurales, acendrados o dispersos. Nos moriremos sin haberlo decidido.

 

Y, en tanto, la aventura, que pasa como un cometa, como el cometa Halley de los cuerpos, como un eclipse de sol para los que vivimos en la luna. Ha pasado la aventura, pero me ha dejado en el cuerpo la huella de un mar y en el recuerdo la confusión de una batalla.
Ahora, a las aventuras se les llama experiencias, con lenguaje más racional, porque la sensibilidad novelesca ha sido sustituida por la sensibilidad científica. La aventura era apasionada, arriesgada, casual. La experiencia es técnica, aséptica, causal.
No son la misma cosa, no, según voy viendo, aventura y experiencia. La aventura respondía a un concepto irracionalista del mundo y del amor. La aventura se vivía en restaurantes de incógnito y hoteles de niebla. La experiencia corresponde a un concepto racionalista y dialéctico.
La aventura nos enriquecía. La experiencia nos aclara. Y lo que quiere el hombre de hoy, sobre todo, es aclararse.

 

 

Yo he tenido una aventura y ella ha tenido una experiencia, porque yo pertenezco a la generación de las aventuras, o casi, y ella está ya en la generación de las experiencias. Por eso no nos entendemos, en el fondo. Uno, decadente a pesar de todo, vive la cosa literariamente, con resabios de Colette y de Proust.
Ella, en cambio, si es joven y concienciada, vive la cosa intelectualmente, con mentalidad de Margaret Mead, Reich y Simone de Beauvoir. ¿Hemos sido para ella que se aleja, roja y joven, en el viento del futuro una experiencia o una aventura? Nunca lo sabremos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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