Frida es perfecta y terrible como una muñeca, y su mirada tiene (también) la fría determinación

de una muñeca, sin dudas, sin ablandamientos, sin vacilaciones: una hija pura (y sintética)

del rigor.

Su mirada, con esa preciosa no-sonrisa, es capaz de congelar una locomotora.

No sé de la vida más que los bueyes (ni menos que las golondrinas), pero el perfume y el color

de Frida son del trasmundo, del submundo, del ultramundo.

Quizá su alma esté derramada o ausente, o quizá Frida acabe de llegar del odio, donde no hay

nada más que azul y más azul mojándose y bramando, como un mar iracundo.

Ay, Frida, lo que siento por ti es tan difícil: no es de rosas abriéndose en el aire: es de rosas

abriéndose en el agua salada. El poeta lo expresa con extrema concisión: te amo porque tu corazón

es barato.

Fuiste la elegida del sol, cuando entonces. Hoy ignoras los sueños, el azar, la risa, los sentimientos,

la contradicción. Casi, casi, se te podría aplicar el comentario de Hill (a la ley del tiempo perdido),

que dice escuetamente: no va a andar.

Si por lo menos supieras saltar a la comba como una niña de Palencia o te mostraras espontánea

una sola vez, entusiasmada, no sé, sin controlar los momentos de alegría.

Y todo el día con tus enemas y tus mermeladas de ciruela y tus algas laxantes. La princesa cagapoco,

claro. Si pudieras beber con sed. Cómo no se te va a escapar la vida. Si comieras alguna vez con

hambre, si por lo menos fueras escocesa o supieras bailar una muñeira como dios manda.

 

 

 


 

 

 

 

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