jordi doce sobre kenneth koch

 

 

 

 

Primera traducción al castellano de uno de los popes de la Escuela de New York,
el célebre Kenneth Koch (o «Doctor Fun», según John Ashbery).

 

Una de las zonas de la poesía estadounidense contemporánea es la «Escuela de Nueva York». El más editado y conocido en España es John Ashbery, seguido de lejos por Frank O’Hara, del que fuimos teniendo noticia en revistas hasta la publicación de sus Lunch Poems (Poemas a la hora de comer, DVD Ediciones, 1997) en la traducción de Eduardo Moga. Menos conocido es James Schuyler, quizá el más lírico de todos, cuya novela Alfred y Ginebra fue objeto hace diez años de una cuidada edición en la Editorial Pre-Textos. Y casi desconocido es Kenneth Koch, de quien ahora Kriller71 presenta esta antología bilingüe, Perros ladrando en la nieve, traducida con mimo por Sílvia Galup y Aníbal Cristobo.

 

Podría decirse, sin temor a exagerar, que estaban más unidos por sus rechazos y sus aversiones que por sus preferencias. Es verdad que todos sentían debilidad por el surrealismo francés. Su modernidad no fue nunca forzada ni mecánica, sino vital y exuberante. No puedo asegurarlo con certeza, pero me parece que, hasta la publicación de esta antología, la obra de Kenneth Koch se hallaba inédita en España. Es una lástima, porque su sentido del humor y su ironía camp son aún más lúdicos y disolventes que los de O’Hara. Sospecho que esta ausencia se debe en parte a que el fuerte de Koch eran los poemas extensos, largas series como «Fresh Air», «The Pleasures of Peace» o «The Art of Poetry», en los que desplegó con generosa abundancia su inventiva verbal y su iconoclastia, esa forma que tenía de burlarse –a veces de manera violenta o acre– de la poesía y los poetas que se tomaban demasiado en serio a sí mismos.

 

Su particular leviatán fue siempre el ambiente poético al que hubo de enfrentarse en los años cincuenta, escritores como Robert Wilbur, Allen Tate o el primer Lowell, educados en la estela de Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y cifrarlo todo en forma de símbolo.

 

Vale la pena citar la sección segunda de su poema «Fresh Air» («Aire fresco»), publicado en 1962, que es tanto un ejemplo de su estilo inicial como una invectiva feroz contra el mundo rancio y cerrado de la Universidad de su tiempo –a la manera de Salinger en sus relatos de la familia Glass, y en particular en Franny y Zooey y Seymour: Una introducción –, y que empieza sin disimulo ni medias tintas con una imprecación.

¿Dónde están los grandes poetas de nuestra época, y cuáles son sus nombres? Yeats de la siniestra influencia, Auden de la siniestra influencia, Eliot de la siniestra influencia (¿es Eliot un gran poeta? nadie lo sabe), Hardy, Stevens, Williams (¿es Hardy un poeta de nuestra época?), Hopkins (¿es Hopkins de nuestra época?), Rilke (¿es Rilke de nuestra época?), Lorca (¿es Lorca de nuestra época?), ¿quién sigue siendo de nuestra época? ¿Mallarmé, Valéry, Apollinaire, Eluard, Reverdy, siguen siendo los poetas franceses de nuestra época? ¿Pasternak y Mayakovski, es Jouve de nuestra época? ¿Dónde están los jóvenes poetas de Norteamérica?

 

¿Es que no hay ninguna voz que grite desde el viento y diga qué se siente siendo el viento, que sea vapuleado por el viento y traiga música de las casas dispersas y de las piedras, y tenga una relación tan íntima con el mar que no puedas entenderla? ¿No hay nadie ahí que se sienta como un par de pantalones?

 

Los grandes molinos que Koch ataca sin tregua, aparte de la pedantería solemne que mencioné antes, son la creación poética convertida en «carrera literaria» y el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justifican toda escritura. Lo peor, a su juicio, es que un poema sea aburrido, o anodino, o que desprenda un tufo de experimento de laboratorio sólo válido para engrosar currículos universitarios. Resulta irónico, pues, que Koch acabara en el medio académico, en la Universidad de Columbia. En 1968, comenzó a dar clases de poesía en una escuela de primaria de Nueva York. La experiencia fue un hito en su vida de educador y lo convirtió en una especie de pionero. Sus libros de escritura creativa para niños, Wishes, Lies, and Dreams (1970) y Rose, Where Did You Get That Red (1973), cobraron una gran popularidad y se siguen reeditando y utilizando en las aulas cuarenta años después de su publicación original. Sin ir más lejos, una razón de que Lorca siga presente en el imaginario poé co yanqui es que Koch lo tenía en su santoral privado y no dejaba de citar sus poemas y utilizarlos en el aula.

 

Koch fue, en cierto modo, un poeta precoz y un escritor tardío. Quiero decir con esto que si bien su vocación se decidió tempranamente –él aseguraba con cierta presunción que a los siete años— resulta más plausible situar el origen de su destino literario entre los quince y los diecisiete años, cuando descubrió primero a Shelley y luego a los nombres fundacionales de la vanguardia angloamericana: cummings, W.C. Williams y Ezra Pound–, no vio publicado su primer libro, Thank You and Other Poems, hasta 1962, cuando contaba 37 años.

 

Koch tendió siempre a la adoración excesiva de sus héroes literarios: primero fue su profesor en Harvard, el poeta Delmore Schwartz, quien le descubrió los placeres de W.B. Yeats y Wallace Stevens; luego la poesía francesa, de Apollinaire a René Char pasando por Eluard, Perse y Max Jacob; y por último, la revelación casi intempestiva de Whitman.
Como afirmó en su libro The Art of Poetry:

 

«Después de leer a Whitman sen que podía escribir sobre cualquier cosa… Sus versos parecían levantarse de las páginas del libro como sonidos de trompeta de chips microscópicos allí incrustados».

 

La comicidad, en Koch, no excluye la emoción: como en Ashbery, se adivina una tenue nostalgia por esa América tempranamente pop de los años treinta y cuarenta que fue el paisaje de fondo de su infancia.

El éxito liberador de Thank You and Other Poems perfiló una imagen de Koch como escritor humorístico que no responde del todo a la realidad de su evolución. Es verdad que, como bien afirma Padgett , «Koch no trataba sólo de mantener el lenguaje fresco… Como en el caso de la pintura abstracta, lo que se ve es lo que hay: una superficie interesante o misteriosa o bella. En su obra el lector no necesita desentrañar símbolos ni descifrar un código poético. A Koch no le interesaba en absoluto la oscuridad alusiva que dominó la poesía norteamericana en las décadas de 1940 y 1950».

 

En los poemas de los años setenta lo autobiográfico parece imponerse gradualmente, sin violencia, como el medio más inmediato y quizá más astuto de lidiar con los demonios interiores. Koch fue siempre transparente y a la vez discreto, como si la transparencia fuera una maniobra de distracción, como si hablar libremente, con esa locuacidad marca de la casa que integra todos los registros, todas las voces, fuera el modo de mantener al «loco de la casa» bajo llave.

Koch estaba obsesionado con los procesos de escritura y con el origen y la naturaleza de la creatividad humana.

Junto a su segunda mujer, la pianista y educadora Karen Culler, Koch entró en una etapa final de enorme madurez y vitalidad signada, justamente, por esta atención puntillosa y entusiasta a todo lo que está vivo y abierto, a todo lo incipiente y preñado de posibilidades.

 

Los poemas de su último libro, A Possible World (2002), publicado poco después de su muerte, demuestran que su escritura seguía teniendo fuerza y margen de maniobra.

¡Perros que ladran en la nieve! ¡El buen tiempo está llegando! El buen tiempo está llegando para los perros que ladran en la nieve. Un hombre solo cambia despacio. Y el invierno aún no ha terminado. Ladrad, perros, y llenad los valles De blanco con vuestros horribles lamentos.

 

JORDI DOCE Madrid, 4 de octubre de 2016

 

 

 

La exposición de Franny en Franny y Zooey:

 

«No lo son –dijo Franny–. En parte eso es lo espantoso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No son más que personas que escriben poemas que se publican y aparecen en antologías por todas partes, pero no son poetas. […] Lo que yo sé es esto, nada más –dijo Franny–. Que si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo que sea.

Esos de los que tú hablas no dejan ni una sola cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que son ligeramente mejores, es meterse en tu cabeza y dejar algo allí, pero el que lo hagan, el que sepan dejar algo, no significa que sea un poema, ¡no, por Dios! Puede ser simplemente una especie de excrementos terriblemente fascinantes y sintácticos, y perdona la expresión». Invito al lector a releer la conversación entre Franny y su novio Lane en Franny y Zooey, traducción de Maribel de Juan, Alianza Editorial, Madrid, 2013 (1987), pp. 27-30.

 

 

 

 

 

 

 

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