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Se dice que los cuadros están hechos para contemplarse en lugares de meditación; de ahí, por ejemplo, los museos.

Pero más bien tendemos, porque la vida está en el movimiento, a ver o mirar los cuadros al paso, sin llegar, cabalmente,

a detenernos, sino sólo a aminorar la marcha ante cada uno de ellos —o, mejor, ante los que, por lo que sea, nos llaman

la atención—.

Por otra parte, nuestra visión es extremadamente veloz: tanto, que trabaja en pretérito perfecto: al ver, tenemos —ya— lo visto y seguimos viendo.

Para qué insistir entonces, si la repetición del acto visual no nos proporcionará más conocimiento de lo visto.

En suma, cuando estamos ante un cuadro se acumulan una serie de circunstancias que son desfavorables para que veamos lo que el artista ha pintado.  

Está, además, el fastidioso asunto de que no sabemos qué hay que obtener de un cuadro. Nos dicen: nada. Pero sabemos que no es cierto.

Y nos queda todavía un aspecto que no es menor, en relación con la pintura, y que suele ser mucho más patente ante las obras abstractas, no figurativas:

se trata de la arbitrariedad o de la gratuidad de los elementos, las figuras, los colores o la naturaleza de los entes que aparecen. Por qué son precisamente

los que hay y no otros cualesquiera, en cualquier otro orden, posición o distribución.

En todo caso, ante este espléndido óleo de José Hernández,

El sueño anclado, 2004, Óleo sobre lienzo, 130 x 130 cm.

Colección Familia José Hernández © José Hernández. VEGAP, Madrid 2015

01_El-sueño-anclado.-2004.-600

posiblemente vamos a encontrarnos con los condicionamientos de los que hemos hablado:

Qué es esto; qué me quiere decir con esta estructura que parece un arquitrave, un soporte, pero vivo

o —por lo menos— orgánico, tal vez con músculos o tendones o carne de algún tipo, y quizá con una

articulación, como una rodilla, que vendría a ser lo que le permite regular la fuerza. Se apoya en el suelo

con la pata de un elefante, con la precaución de haber puesto un rectángulo de madera que protege el

suelo o la pata o, sin más, sirve de calza para evitar deslizamientos.

Lo titula El sueño anclado: bien: el anclaje es patente. ¿Y el sueño?

Enseguida se abren más preguntas: esa pata,

¿está, en efecto, sosteniendo la casa que vemos o simplemente asoma por detrás de la esquina, pero

forma parte de un cuerpo que no vemos?

Naturalmente, de la pintura no puedo obtener nada útil, no puedo aprender nada.

¿Se trata, entonces, de un posible, más o menos siniestro, de un aviso de ciencia ficción?

O, en la misma línea,

¿quiere decirnos que, aunque no los veamos, existen habitualmente seres de esta calaña, que, de algún

modo, hacen funciones cotidianas?

01_El-sueño-anclado.-2004.-1000


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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